domingo, 4 de mayo de 2014

Una Meditación y una Bendición

Cantemos al Señor el cántico del amor

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos ha exhortado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. Cantar es expresión de alegría y, si nos fijamos más detenidamente, cantar es expresión de amor. De modo que quien ha aprendido a amar la vida nueva sabe cantar el cántico nuevo. De modo que el cántico nuevo nos hace pensar en lo que es la vida nueva. El hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo: todo pertenece al mismo y único reino. Por esto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo, porque pertenece al Testamento nuevo.

Todo hombre ama; nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero, cómo vamos a elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman primero? Oíd al apóstol Juan: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Trata de averiguar de dónde le viene al hombre poder amar a Dios, y no encuentra otra razón sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le amáramos y con ello nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios —dice— ha sido derramado en nuestros corazones. Y, ¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertamente no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién? Del Espíritu Santo que se nos ha dado.

Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del mismo don que Dios nos ha dado. Oíd a Juan que dice más claramente aún: Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. No basta con decir: El amor es de Dios. ¿Quién de vosotros sería capaz de decir: Dios es amor? Y lo dijo quien sabía lo que se traía entre manos.

Dios se nos ofrece como objeto total y nos dice: «Amadme, y me poseeréis, porque no os será posible amarme si antes no me poseéis».

¡Oh, hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa del reino eterno, los regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. «Ya estamos cantando», decís. Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta.

Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué es lo que vais a cantar de aquel a quién amáis? Porque sin duda queréis cantar en honor de aquel a quien amáis: preguntáis qué alabanzas vais a cantar de él. Ya lo habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor.

¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente.

Sermón 34 (13.56: CCL 41, 424426)

sábado, 3 de mayo de 2014

Una Meditación y una Bendición

Los que son compañeros de Cristo en el sufrir también lo son en el buen ánimo

Si hemos pasado de la muerte a la vida, al pasar de la infidelidad a la fe, no nos extrañemos de que el mundo nos odie. Pues quien no ha pasado aún de la muerte a la vida, sino que permanece en la muerte, no puede amar a quienes salieron de las tinieblas y han entrado, por así decirlo, en esta mansión de la luz edificada con piedras vivas.

Jesús dio su vida por nosotros; demos también nuestra vida, no digo por él, sino por nosotros mismos y, me atrevería a decirlo, por aquellos que van a sentirse alentados por nuestro martirio.

Nos ha llegado, oh cristiano, el tiempo de gloriarnos. Pues dice la Escritura: Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo; aceptemos, pues, con gran gozo los padecimientos de Cristo, y que se multipliquen en nosotros, si realmente apetecemos un abundante consuelo, como lo obtendrán todos aquellos que lloran. Pero este consuelo seguramente superará a los sufrimientos, ya que, si hubiera una exacta proporción, no estaría escrito: Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, rebosa en proporción nuestro ánimo.

Los que se hacen solidarios de Cristo en sus padecimientos participarán también, de acuerdo con su grado de participación, en sus consuelos. Tal es el pensamiento de Pablo, que afirma con toda confianza: Si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el buen ánimo.

Dice también Dios por el Profeta: En el tiempo de gracia te he respondido, en el día de salvación te he auxiliado. ¿Qué tiempo puede ofrecerse más aceptable que el momento en el que, por nuestra fe en Dios por Cristo, somos escoltados solemnemente al martirio, pero como triunfadores, no como vencidos?

Los mártires de Cristo, con su poder, derrotan a los principados y potestades y triunfan sobre ellos, para que, al ser solidarios de sus sufrimientos, tengan también parte en lo que él consiguió por medio de su fortaleza en los sufrimientos.

Por tanto, el día de salvación no es otro que aquel en que de este modo salís de este mundo.

Pero, os lo ruego: Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca deis a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente dad prueba de que sois ministros de Dios con lo mucho que pasáis, diciendo: Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? Tú eres mi confianza.

Exhortación al martirio (41-42: PG 11, 618-619)

viernes, 2 de mayo de 2014

Una Meditación y una Bendición

La inefable benignidad de Cristo colmó a su Iglesia de innumerables dones

Aquella inefable benignidad de Cristo para con nosotros colmó a su Iglesia de innumerables dones. Cristo, magnífico en su sabiduría y poderoso en sus obras, nos rescató de la antigua ceguera de la ley y eximió a nuestra naturaleza del protocolo que nos condenaba con sus cláusulas. En la cruz, triunfó sobre la serpiente, origen de todos los males. Embotó el aguijón de la formidable muerte y renovó con el agua, no con el fuego, a los que se encontraban extenuados por la vetustez del pecado. Franqueó las puertas de la resurrección. A los que estaban excluidos de la ciudadanía de Israel, los convirtió en ciudadanos y familiares de los santos. A los que eran ajenos a las promesas de la alianza, les confió los misterios celestiales. A los que carecían de esperanza, les otorgó a raudales el Espíritu, como prenda de salvación.

A los impíos y sin-Dios de este mundo los convirtió en templos sagrados de la Trinidad. A los que en otro tiempo estaban lejos por la conducta que no por el lugar, por la mentalidad que no por la distancia, por la religión que no por la región, los ha acercado mediante el salutífero leño, abrazando a los que eran dignos de repulsa.

Con razón dijo el profeta: ¿Quién ha oído tal cosa o quién ha visto algo semejante? Misterio éste que llena de estupor a todos los ángeles. Prodigio tal que los poderes supracelestes veneran poseídos de temor. Su trono no ha quedado vacío, y el mundo ha sido rehecho; en otro tiempo fue creado, pero ahora ha sido restaurado. Tú que acabas de ser iluminado por el bautismo, considera, por favor, de qué misterios has sido hecho digno. Reconoce la eficacia. Has sido ya liberado de manos del salteador: no te constituyas nuevamente prisionero. Has renunciado: no vuelvas otra vez, seducido o desilusionado, a la anterior situación. Has suscrito un pacto: mantén con valentía los compromisos adquiridos. Se te ha confiado el talento de tu fe: trata de hacerlo producir intereses. Has celebrado efectivamente unas bodas: no cometas el adulterio de los blasfemos. Has sido inscrito en el catálogo de los hijos: no trates injuriosamente a tu libertador, como si fuera un esclavo. Te has vestido un traje espléndido: luzca esplendorosa tu conciencia. Te despojaste del vestido viejo: no contristes al Espíritu.

En efecto, recomendando ya hace tiempo el profeta este misterio del bautismo y la inmensa gracia del Crucificado, en un célebre oráculo decía con sonora voz: Él se complace en la misericordia. ¿Quién, oh profeta? Aquel que por misericordia se hizo hombre, Cristo. Aquel que, al nacer, no menoscabó la integridad de la Virgen. El mismo volverá y tendrá piedad de nosotros.

Cuando te haya sacado del error, te redimirá y tendrá compasión de ti. En efecto, en la cruz consiguió el triunfo sobre los pecados de todos nosotros, sepultó en las místicas aguas del bautismo nuestras vestiduras de injusticia y arrojó en lo profundo del mar todos nuestros pecados. Piensa en la fuente del santo bautismo y pregona la gracia, pues el bautismo es la suma de todos los bienes, la expiación del mundo, la instauración de la naturaleza, una rectificación acelerada, una medicina siempre a punto, una esponja que limpia las conciencias, un vestido que no envejece con el tiempo, unas entrañas que conciben virginalmente, un sepulcro que devuelve la vida a los sepultados, una sima que engulle los pecados, un elemento que es el mausoleo del diablo, es sello y baluarte de los sellados, fuente que extingue la gehena, invitación a la mesa del Señor, gracia de los misterios antiguos y nuevos vislumbrada ya en Moisés, gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía en la solemnidad pascual (SC 187, 275-277)