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domingo, 14 de diciembre de 2014

En medio de vosotros hay uno que no conocéis

El bautismo de Juan es el bautismo del siervo; el bautismo de Cristo es el bautismo del Señor. El bautismo de Juan es un bautismo de conversión; el bautismo de Cristo es un bautismo para el perdón de los pecados. Mediante el bautismo de Juan, Cristo fue manifestado; mediante su propio bautismo, es decir, mediante su pasión, Cristo fue glorificado. Juan habla así de su bautismo: Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Por lo que a Cristo se refiere, una vez recibido el bautismo de Juan, habla así de su bautismo: Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! Finalmente, mediante el bautismo de Juan el pueblo se preparaba para el bautismo de Cristo; mediante el bautismo de Cristo el pueblo se capacita para el reino de Dios.

No cabe duda de que los que fueron bautizados con el bautismo de Juan –de Juan que decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después–, y salieron de esta vida antes de la pasión de Cristo, una vez que Cristo fue bautizado en su pasión, fueron absueltos de sus pecados por graves que fueran, entraron con él en el paraíso y con él vieron el reino de Dios. En cambio, los que despreciaron el plan de Dios para con ellos y, sin haber recibido el bautismo de Juan, abandonaron la luz de esta vida antes del susodicho bautismo de la pasión de Cristo, de nada les sirvió el antiguo remedio de la circuncisión; como tampoco les aprovechó la pasión de Cristo ni fueron sacados del infierno, porque no pertenecían al número de aquellos de quienes decía Cristo: Y por ellos me consagro yo.

Por otra parte, tampoco conviene olvidar que quienes recibieron el bautismo de Juan y sobrevivieron al momento en que, glorificado Jesús, fue predicado el evangelio de su bautismo, si no lo recibieron, si no juzgaron necesario ser bautizados con su bautismo, de nada les valió el haber recibido el bautismo de Juan. Consciente de ello el apóstol Pablo, habiendo encontrado unos discípulos, les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Y de nuevo: Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? –se sobreentiende: si ni siquiera habéis oído hablar de un Espíritu Santo—, respondiendo ellos: El bautismo de Juan, les dijo: El bautismo de Juan era signo de conversión, y él decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después, es decir, en Jesús. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

¡Qué enorme diferencia entre el bautismo del siervo, en el que ni mención se hacía del Espíritu Santo, y el bautismo del Señor que no se confiere sino en el nombre del Espíritu Santo, a la vez que en el nombre del Padre y del Hijo, y en el que se otorga el Espíritu Santo para el perdón de los pecados! Luego bajo un nombre común, ambas realidades son denominadas bautismo; mas a pesar de la identidad de nombre el sentido profundo es muy diferente.

Ruperto de Deutz
Tratado sobre las obras del Espíritu Santo (Lib III, cap 3: SC 165, 26-28)

martes, 20 de agosto de 2013

La gracia del perdón es una e idéntica para todos

El bautismo de Cristo es una unción real y sacerdotal, por la que el mismo ungido, con preferencia a sus compañeros, es llamado Cristo, nombre que en hebreo se traduce por Mesías, en griego es Cristo, en latín se dice Ungido. Unción con la que él es el único en ser ungido tan cumplidamente, que es capaz de ungir individualmente a los demás y hacer hijos de adopción ungidos por él, que es el Ungido por excelencia, es decir, hace que se les llame con un nombre derivado de Cristo. Es lo que indica esta expresión: Ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo.

Y este bautismo no posee solamente una virtualidad, sino una doble operación. Pues Cristo bautiza con Espíritu Santo, otorgando en primer lugar el perdón de los pecados; pero bautiza confiriendo, en un segundo momento, el ornato de las diversas gracias. Del perdón de los pecados dice, efectivamente, el mismo día de la resurrección, exhalando su aliento sobre los discípulos, a quienes ciertamente ya había lavado de sus pecados en su propia sangre: Recibid el Espíritu Santo. Que iba a enviarles el Espíritu para el perdón de los pecados, lo atestigua él mismo al añadir inmediatamente: A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

De aquella profusión de dones, mediante la cual reparte el ornato de las diversas gracias, dice el mismo Lucas al escribir en los Hechos de los apóstoles: Juan bautizó con agua, dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo. Así pues, nos bautiza con Espíritu Santo cuando, al bajar a la fuente bautismal y descender de una manera invisible la gracia del mismo Espíritu Santo, perdona todos los pecados de los que se bautizan. En la remisión de los pecados no existe naturalmente diferencia alguna,sino que, de modo uniforme e igualitario, la gracia del perdón es una e idéntica para todos, extinguiendo todas nuestras culpas y arrojando a lo hondo del mar todos nuestros delitos.

En cambio, en lo tocante a los dones de la gracia, no a todos se les da en la misma medida, pues a uno se le da el don de la fe, a otro hablar con inteligencia o sabiduría, a otro el don de lenguas, a otro el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

En los santos del nuevo Testamento vemos estos dones del que bautiza, estas insignes muestras del glorioso bautismo, dones que —según se lee— nadie de ellos recibió antes de aceptar el bautismo para el perdón de los pecados, excepto Cornelio y los que con él estaban, sobre los cuales, mientras Pedro estaba todavía hablando, cayó el Espíritu Santo, y hablaban lenguas extrañas y proclamaban la grandeza de Dios.

Por lo que a los padres del antiguo Testamento se refiere, algunos de ellos recibieron el don de curar, y, muchos, el don de profecía, aunque no habían recibido el bautismo que conlleva el perdón de los pecados. Pues es cosa averiguada que todos fueron bautizados cuando Cristo murió en la cruz, y de su costado, atravesado por la lanza, brotó un río de sangre y agua para la purificación de toda la Iglesia: de aquella que había comenzado a existir desde el principio del mundo hasta el momento mismo de su muerte; desde el primer justo, es decir, desde Abel hasta el ladrón, que, en la cruz, cuando aún no había brotado del costado de Cristo el río que provocó aquella tan enorme y tan salutífera inundación, confesó al Señor y, mediante la fe, compró su reino futuro con aquella repentina confesión.

Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2: CCL CM 9, 60-62)