miércoles, 7 de agosto de 2013

Una Meditación y una Bendición

Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía

Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mí. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que coma de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.

Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.

Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían —dice el Apóstol— de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.

San Ambrosio de Milán
Tratado sobre los misterios (43. 47-49: SC 25bis, 178-180.182)

martes, 6 de agosto de 2013

Una Meditación y una Bendición

El Señor iluminó el corazón de los pueblos paganos

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus leyes. El Señor ilumina a sus santos y brilla en el corazón de los justos. Por eso, cuando vieres un sabio, has de saber que sobre él ha descendido la gloria de Dios, ha iluminado su mente con el fulgor de la ciencia y del divino conocimiento.

Iluminó hasta corporalmente la cara de Moisés y se transfiguró la gloria de su rostro, tanto que, al verla los judíos, se llenaron de temor; lo cual motivó que Moisés se echase un velo por la cara, para que no lo vieran los hijos de Israel y se llenaran de espanto.

El rostro de Moisés es el fulgor de la ley; el fulgor de la ley no radica en la letra, sino en la inteligencia de su contenido espiritual. Por eso, mientras Moisés vivió, cuando hablaba al pueblo judío se echaba un velo sobre la cara;mas después de la muerte de Moisés, Josué, hijo de Nun, ya no hablaba a los ancianos y al puebla a través del velo ,sino con la cara descubierta, y nadie se echaba a temblar. De hecho, Dios le había prometido que estaría con él como había estado con Moisés, y que igualmente lo glorificaría, pero no con la gloria del rostro, sino con el éxito en sus empresas. Con esto quería el Espíritu Santo dar a entender que había de venir el verdadero Jesús: si alguno se convirtiera a él y quisiera escucharle, se le quitaría el velo del corazón, y podría ver a cara descubierta al verdadero Salvador.

Así pues, Dios, Padre todopoderoso, iluminó el corazón de los pueblos paganos con la gloria reflejada en Cristo, mediante su venida. Es lo que declara evidentemente el apóstol, cuando escribe: El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla», ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo Jesús.

Por eso David dice al Señor Jesús: Haz brillar tu rostro sobre tu siervo. Deseaba ver el rostro de Cristo, para que su alma pudiera ser iluminada: lo cual puede entenderse de la encarnación. De hecho, muchos profetas y justos desearon ver, como señaló el mismo Señor. No que buscase lo que le fue negado a Moisés, esto es, ver corporalmente el rostro del Dios incorpóreo; si es que el mismo Moisés, tan sabio y erudito, llegó realmente a solicitar esto sin más y no en el misterio; no obstante es muy humano desear sobre nuestras posibilidades. Y no sin razón deseaba ver el rostro del que había de venir por mediación de la Virgen, para ser iluminado en su corazón, como eran también iluminados los que se decían: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?

San Ambrosio de Milán
Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 17, 26-29; PL 15, 1524-1525)

lunes, 5 de agosto de 2013

Una Meditación y una Bendición

El agua no purifica sin la acción del Espíritu Santo

Antes se te ha advertido que no te limites a creer lo qúe ves, para que no seas tú también de estos que dicen: «¿Este es aquel gran misterio que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar? Veo la misma agua de siempre, ¿esta es la que me ha de purificar, si es la misma en la que tantas veces me he sumergido sin haber quedado nunca puro?» De ahí has de deducir que el agua no purifica sin la acción del Espíritu.

Por esto, has leído que en el bautismo los tres testigos se reducen a uno solo: el agua, la sangre y el Espíritu, porque, si prescindes de uno de ellos, ya no hay sacramento del bautismo. ¿Qué es, en efecto, el agua sin la cruz de Cristo, sino un elemento común, sin ninguna eficacia sacramental? Pero tampoco hay misterio de regeneración sin el agua, porque el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. También el catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la que ha sido marcado, pero si no fuere bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir el perdón de los pecados ni el don de la gracia espiritual.

Por eso, el sirio Naamán, en la ley antigua, se bañó siete veces, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has profesado —no lo olvides— tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. Por esta fe has muerto para el mundo y has resucitado para Dios y, al ser como sepultado en aquel elemento del mundo, has muerto al pecado y has sido resucitado a la vida eterna. Cree, por tanto, en la eficacia de estas aguas.

Finalmente, aquel paralítico (el de la piscina Probática) esperaba un hombre que lo ayudase. ¿A qué hombre, sino al Señor Jesús, nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno,por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? El era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y Juan dio testimonio de él, diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Y si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella palma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento.

¿Te queda aún lugar a duda? Recuerda cómo en el Evangelio el Padre te proclama con toda claridad: Este es mi Hijo, mi predilecto; cómo proclama lo mismo el Hijo, sobre el cual se mostró el Espíritu Santo como una paloma; cómo lo proclama el Espíritu Santo, que descendió como una paloma; cómo lo proclama el salmista: La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales; cómo la Escritura te atestigua que, a ruegos de Yerubaal, bajó fuego del cielo, y cómo también, por la oración de Elías, fue enviado un fuego que consagró el sacrificio.

En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio. Y si quieres atender a los méritos, considéralos como a Elías, considera también en ellos los méritos de Pedro y Pablo, que nos han confiado este misterio que ellos recibieron del Señor Jesús. Aquel fuego visible era enviado para que creyesen; en nosotros, que ya creemos, actúa un fuego invisible; para ellos, era una figura, para nosotros, una advertencia. Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también. Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios.

Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús.

San Ambrosio de Milán
Tratado sobre los misterios (19-21.24.26-38: SC 25bis, 164-170)