sábado, 7 de junio de 2014
La ascensión de Cristo es el triunfo del vencedor
Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Floreció, pues, nuevamente el Señor resucitando del sepulcro; fructifica cuando sube al cielo. Es flor cuando es engendrado en lo profundo de la tierra; es fruto cuando es instalado en su sublime sitial. Es grano –como él mismo dice– cuando, solo, padece la cruz; es fruto cuando se ve rodeado de la copiosa fe de los apóstoles.
En efecto, durante aquellos cuarenta días en que, después de la resurrección, convivió con sus discípulos, les instruyó en toda la madurez de sabiduría y los preparó para una cosecha abundante con toda la fecundidad de su doctrina. Después subió al cielo, es decir, al Padre, llevando el fruto de la carne y dejando en sus discípulos las semillas de la justicia.
Subió, pues el Señor al Padre. Recordará sin duda vuestra santidad que comparé al Salvador con aquella águila del salmista, de la que leemos que renueva su juventud. Existe en efecto una semejanza y no pequeña. Pues así como el águila abandonando los valles se eleva a las alturas y penetra rauda en los cielos, así también el Salvador abandonando las profundidades del abismo se elevó a las serenas cimas del paraíso, y penetró en las más elevadas regiones del cielo. Y lo mismo que el águila, abandonando la sordidez de la tierra, y volando hacia las alturas, goza de la salubridad de un aire más puro, así también el Señor, abandonando la hez de los pecados terrenales y revolando en sus santos, se alegra en la simplicidad de una vida más pura.
De suerte que la comparación con el águila le cuadra perfectamente al Salvador. Pero, entonces, ¿cómo explicar el hecho de que frecuentemente el águila destroza su presa, y arrebata frecuentemente la presa ajena? Y, sin embargo, tampoco en esto es desemejante el Salvador. En cierto modo arrambló con la presa cuando al hombre que había asumido, arrancado de las fauces del infierno, lo condujo al cielo, y al que era esclavo de una dominación ajena, esto es, de la potestad diabólica, liberado de la cautividad, cautivo lo condujo a las regiones más elevadas, como escribe el profeta: Subió a lo alto llevando cautiva a la cautividad y dio dones a los hombres. Esta frase significa ciertamente que se llevó a lo alto de los cielos a la cautividad cautivada. Una y otra cautividad son designadas con idéntica palabra, pero ambas con un significado bien distinto, pues la cautividad del diablo reduce al hombre a la esclavitud, mientras que la cautividad de Cristo restituye a la libertad.
Subió –dice– a lo alto llevando cautiva a la cautividad. ¡Qué bien describe el profeta el triunfo de Cristo! Pues, según dicen, la pompa de la carroza de los vencidos solía preceder al rey vencedor. Pero he aquí que la cautividad gloriosa no precede al Señor en su ascensión a los cielos, sino que lo acompaña; no es conducida ante la carroza, sino que es ella la que lleva al Salvador. Por un inefable misterio, mientras el Hijo de Dios eleva al cielo al Hijo del hombre, la misma cautividad es a la vez portadora y portada. Lo que añade: dio dones a los hombres, es el gesto típico del vencedor.
Sermón 56 (1-3: CCL 23, 224-225)
viernes, 6 de junio de 2014
El Don del Padre en Cristo
El Señor mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, esto es, en la profesión de fe en el Creador, en el Hijo único y en el que es llamado Don.
Uno solo es el Creador de todo, ya que uno solo es Dios Padre, de quien procede todo; y uno solo el Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, por quien ha sido hecho todo; y uno solo el Espíritu, que a todos nos ha sido dado.
Todo, pues, se halla ordenado según la propia virtud y operación: un Poder del cual procede todo, un Hijo por quien existe todo, un Don que es garantía de nuestra esperanza consumada. Ninguna falta se halla en semejante perfección; dentro de ella, en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, se halla lo infinito en lo eterno, la figura en la imagen, la fruición en el don.
Escuchemos las palabras del Señor en persona, que nos describe cuál es la acción específica del Espíritu en nosotros; dice, en efecto: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Os conviene, por tanto, que yo me vaya, porque, si me voy, os enviaré al Defensor.
Y también: Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Él os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí.
Esta pluralidad de afirmaciones tiene por objeto darnos una mayor comprensión, ya que en ellas se nos explica cuál sea la voluntad del que nos otorga su Don, y cuál la naturaleza de este mismo Don: pues, ya que la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades.
Al recibirlo, pues, se nos da un conocimiento más profundo. Porque, del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos, privados de luz, los oídos, cuando falta el sonido, y el olfato, cuando no hay ningún olor, no ejercen su función propia, no porque dejen de existir por la falta de estímulo, sino porque necesitan este estímulo para actuar), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento. El Don de Cristo está todo entero a nuestra disposición y se halla en todas partes, pero se da a proporción del deseo y de los méritos de cada uno. Este Don está con nosotros hasta el fin del mundo; él es nuestro solaz en este tiempo de expectación.
Tratado sobre la Trinidad (Lib 2, 1, 33.35: PL 10, 50-51.73.75)
jueves, 5 de junio de 2014
Si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor
Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad.
Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo.
Ahora bien, el tiempo más oportuno para la misión del Espíritu y su irrupción en nosotros fue aquel que siguió a la marcha de nuestro Salvador Jesucristo.
Pues mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial, continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza: «Abba, Padre», y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu.
Este mismo Espíritu transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en que habita y tiene su morada. Esto puede ponerse fácilmente de manifiesto con testimonios tanto del antiguo como del nuevo Testamento.
Así el piadoso Samuel a Saúl: Te invadirá el Espíritu del Señor, y te convertirás en otro hombre. Y san Pablo: Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu.
No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu. Sin duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo.
Se trata exactamente de lo que había dicho el Salvador: Os conviene que yo me vaya al cielo. En ese tiempo, en efecto, descendería el Espíritu Santo.
Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 434)
miércoles, 4 de junio de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)