Mostrando entradas con la etiqueta Eusebio de Cesarea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eusebio de Cesarea. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de abril de 2014

Constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador y constantemente participamos de la sangre del Cordero

Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día catorce del primer mes, al atardecer. En cambio, nosotros, los hombres de la nueva Alianza, que todos los domingos celebramos nuestra Pascua, constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador, constantemente participamos de la sangre del Cordero; constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, constantemente están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio, constantemente tenemos el bastón en la mano y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé, constantemente nos vamos alejando de Egipto, constantemente vamos en busca de la soledad de la vida humana, constantemente caminamos al encuentro con Dios, constantemente celebramos la fiesta del «paso» (Pascua).

Y la palabra evangélica quiere que hagamos todo esto no sólo una vez al año, sino siempre, todos los días. Por eso, todas las semanas, el domingo, que es el día del Salvador, festejamos nuestra Pascua, celebramos los misterios del verdadero Cordero, por el cual fuimos liberados. No circuncidamos con cuchillo nuestro cuerpo, pero amputamos la malicia del alma con el agudo filo de la palabra evangélica. No tomamos ázimos materiales, sino únicamente los ázimos de la sinceridad y de la verdad. Pues la gracia que nos ha exonerado de los viejos usos, nos ha hecho entrega del hombre nuevo creado según Dios, de una ley nueva, de una nueva circuncisión, de una nueva Pascua, y de aquel judío que se es por dentro. De esta manera nos liberó del yugo de los tiempos antiguos.

Cristo, exactamente el quinto día de la semana, se sentó a la mesa con sus discípulos, y mientras cenaba, dijo: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer. En realidad, aquellas Pascuas antiguas o, mejor, anticuadas, que había comido con los judíos, no eran deseables; en cambio, el nuevo misterio de la nueva Alianza, de que hacía entrega a sus propios discípulos, con razón era deseable para él, ya que muchos antiguos profetas y justos anhelaron ver los misterios de la nueva Alianza. Más aún, el mismo Verbo, ansiando ardientemente la salvación universal, les entregaba el misterio Y, que todos los hombres iban a celebrar en lo sucesivo, y declaraba haberlo él mismo deseado.

La pascua mosaica no era realmente apta para todos los pueblos, desde el momento en que estaba mandado celebrarla en lugar único, es decir, en Jerusalén, razón por la cual no era deseable. Por el contrario, el misterio del Salvador, que en la nueva Alianza era apto para todos los hombres, con toda razón era deseable.

En consecuencia, también nosotros debemos comer con Cristo la Pascua, purificando nuestras mentes de todo fermento de malicia, saciándonos con los panes ázimos de la verdad y la simplicidad, incubando en el alma aquel judío que se es por dentro, y la verdadera circuncisión, rociando las jambas de nuestra alma con la sangre del Cordero inmolado por nosotros, con miras a ahuyentar a nuestro exterminador. Y esto no una sola vez al año, sino todas las semanas.

Nosotros celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, conmemorando con el ayuno la pasión del Salvador el Sábado precedente, como primero lo hicieron los apóstoles cuando se les llevaron el Esposo. Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de su Pascua de salvación, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre.

Tratado sobre la solemnidad de Pascua (7.9.10-12: PG 24, 702-706)

martes, 22 de abril de 2014

Con razón en estos días desbordamos de gozo, como si ya estuviéramos con el Esposo

Éstas son las nuevas enseñanzas, antiguamente envueltas en símbolos, pero sacadas recientemente a plena luz. Y también nosotros inauguramos cada año esta solemnidad con unos períodos cíclicos de preparación. Así, antes de la fiesta y como preparación para la misma, nos ejercitamos en las prácticas cuaresmales, a imitación de los santos Moisés y Elías, iterando luego la fiesta misma año tras año. Emprendido de este modo el camino hacia Dios, nos ceñimos cuidadosamente la cintura con el ceñidor de la templanza y, protegiendo cautamente los pasos de nuestra alma, iniciamos –bien calzados– la carrera de nuestra vocación celestial; y usando la vara de la palabra divina y no tan sólo el poder intercesor de la oración para repeler a los enemigos, con toda alegría y decisión nos aventuramos por la senda que nos lleva al cielo, haciéndonos pasar de las cosas de esta tierra a las celestiales, de la vida mortal a la inmortalidad.

De esta forma, realizado felizmente este «paso», nos espera otra solemnidad aún mayor –solemnidad que los hebreos llaman Pentecostés– y que es imagen del reino de los cielos. Dice, en efecto, Moisés: A partir del día en que metas la hoz en la mies, contarás siete semanas y de la nueva cosecha presentarás al Señor panes nuevos. Con esta figura profética se simbolizaba: por la mies, la vocación de los gentiles, y por los panes nuevos, las almas ofrecidas a Dios por los méritos de Cristo, así como las Iglesias integradas por paganos, por cuyo motivo se organizan los máximos festejos ante el acatamiento de Dios, rico en misericordia. Pues recolectados por las racionales hoces de los apóstoles, congregadas todas las Iglesias de la tierra como gavillas en la era, formando un solo cuerpo por el concorde sentir de la fe, sazonados con la sal de las doctrinas y mandatos divinos, regenerados por el agua y el fuego del Espíritu Santo, somos ofrecidos por Cristo como panes festivos, apetitosos y gratos a Dios.

Así pues, confrontados los proféticos símbolos de Moisés con la autenticidad de una realidad de más santos efectos, hemos aprendido a celebrar una solemnidad más gozosa que la que se nos transmitió, cual si ya estuviéramos reunidos con nuestro Salvador, como si gozáramos ya de su reino. Por ese motivo, durante estas fiestas no se nos permite ninguna práctica ascética, sino que se nos estimula a presentar la imagen del descanso que esperamos disfrutar en el cielo. Por cuya razón ni nos arrodillamos en la oración ni nos afligimos con el ayuno. Pues a quienes fue concedida la gracia de resucitar en Dios, no parece oportuno que sigan postrándose en tierra; ni que los que han sido liberados de las pasiones, sufran lo mismo que quienes todavía son esclavos de sus apetitos.

Por eso, tras la Pascua y al término de siete íntegras semanas, celebramos la fiesta de Pentecostés; de la misma manera que, previamente a la fiesta de Pascua y durante un período de seis semanas, aguantamos varonilmente las prácticas cuaresmales. Pues el número seis es, por así decirlo, un número que se traduce en actividad y eficacia. Por esta razón se dice que Dios creó en seis días todas las cosas. Con razón, pues, a las fatigas que supusieron la preparación de la primera solemnidad les siguen las siete semanas preparatorias de la segunda solemnidad, en que se nos concede un largo período de descanso, simbolizado por el número siete.

Considerando, pues, los santos días de Pentecostés como una imagen del futuro descanso, no sin razón nuestras almas desbordan de gozo, e incluso condescendemos con nuestro cuerpo, concediéndole un respiro, como si ya estuviéramos con el Esposo. Por lo cual no nos está permitido ayunar.

Tratado sobre la solemnidad de la Pascua (4-5: PG 24, 698-699)

domingo, 30 de marzo de 2014

Y tal convenía que fuese nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha

Reflexionemos sobre aquellas palabras: Tú eres sacerdote eterno. Pues no dice: Serás lo que antes no eras; ni tampoco: lo que antes eras, pero ahora no eres; sino que dice: eres y seguirás siendo sacerdote eterno únicamente por voluntad de aquel que dijo: Yo soy el que soy. Y precisamente porque su sacerdocio no comenzó en el tiempo, ni Cristo procede de la tribu de Leví, ni fue ungido con un óleo material preparado por especialistas, su sacerdocio no tendrá fin ni será establecido para solos los judíos, sino para todos los pueblos. Por todas estas razones, lo desvincula del sacerdocio aaronítico que tenía valor de figura, y lo proclama sacerdote según el rito de Melquisedec. Y ciertamente que es maravillosa la realidad del símbolo para quien observe cómo nuestro Salvador Jesús –que es el Ungido de Dios–, cumple, según el rito del propio Melquisedec y a través de sus ministros, todo lo que hace referencia al sacerdocio que se ejerce entre los hombres.

Como Melquisedec —que era sacerdote de los paganos– y a quien jamás le vemos ofreciendo sacrificios de animales, sino tan sólo pan y vino incluso en el momento de bendecir a Abrahán, así también hizo en primer lugar nuestro Señor y Salvador en persona; y posteriormente sus sucesores —sacerdotes para todos los pueblos—, con la ofrenda espiritual del pan y del vino según las normas de la Iglesia, nos hacen presente el misterio de aquel cuerpo y de aquella sangre salutífera; aquel misterio que, tantos siglos antes, había Melquisedec aprendido por obra del Espíritu de Dios, y había prefigurado sirviéndose de imágenes de la realidad futura, como lo atestigua el mismo Moisés, cuando dice: Melquisedec, rey de Salén, sacerdote de Dios Altísimo, le sacó pan y vino, y bendijo a Abrahán.

Con razón, pues, y con la interposición de un juramento, se le prometieron tales cosas a aquel de quien ahora tratamos: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec».

Y ahora escucha lo que dice el apóstol Pablo a este respecto: De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, agarrándonos a la esperanza que se nos ha ofrecido. Y añade: De aquellos ha habido multitud de sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, dura para siempre, tiene un sacerdocio exclusivo. De aquí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor.

Y tal convenía que fuese nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.

Demostración evangélica (Lib 5,3: PG 22, 366-367)