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martes, 16 de abril de 2013

Destinados a salvarnos por la fe, ayudados por la gracia de Dios.

Si todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, ¿cómo no va a ser también un don de la diestra del Padre el conocimiento de Cristo? ¿Cómo no considerar la comprensión de la verdad superior a cualquier otra gracia? El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento.

De ahí que el santo profeta Isaías manda a quienes desean acercarse a Cristo que se purifiquen primero dedicándose a cualquier obra buena. Dice en efecto: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Fíjate cómo primero nos dice que hay que abandonar los viejos caminos y renunciar a los criminales proyectos, para así conseguir el perdón de los pecados, indudablemente por la fe en Cristo. Pues somos justificados, no por la observancia de la ley, sino por la gracia que nos viene de él y por la abolición de los pecados que nos viene de arriba.

-Pero quizá alguno objete: ¿Qué se oponía a relegar al olvido y conceder a los judíos y a Israel la remisión de los pecados lo mismo que a nosotros? Este parecería ser el comportamiento adecuado de quien es bueno a carta cabal.

-Pero se le puede responder: ¿Cómo entonces mostrarse veraz, cuando nos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia?

¿Qué objetar a esto? La gracia del Salvador estaba destinada primeramente a solos los israelitas: pues —como él mismo afirma— sólo fue enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel. Y ciertamente a los que quisieren aceptar la fe, les estaba igualmente permitido caminar decididos a la vida eterna. Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas.

Mas, habiéndose hecho —a causa de su perversidad—totalmente indignos de la vida eterna, no recibieron la iluminación que procede de Dios Padre. De esto tenemos un precedente en el antiguo Testamento. Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura.

San Juan Crisóstomo, Comentario sobre el evangelio san Juan (Lib 4: PG 73, 606-607)

viernes, 12 de abril de 2013

Preciosa y vivificante es la cruz de Cristo

¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! No contiene, como el árbol del paraíso, el bien y el mal entremezclados, sino que en él todo es hermoso y atractivo, tanto para la vista como para el paladar.

Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es el madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo.

Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza.

Si al principio un madero nos trajo la muerte, ahora otro madero nos da la vida: entonces fuimos seducidos por el árbol; ahora por el árbol ahuyentamos la antigua serpiente. Nuevos e inesperados cambios: en lugar de la muerte alcanzamos la vida; en lugar de la corrupción, la incorrupción; en lugar del deshonor, la gloria.

No le faltaba, pues, razón al Apóstol para exclamar: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana. El conjunto maravilloso de bienes que provienen de la cruz acabaron con los gérmenes de la malicia y del pecado.

Las figuras y profecías de este leño revelaron, ya desde el principio del mundo, las mayores maravillas. Mira, si no, si tienes deseos de saberlo. ¿Acaso no se salvó Noé de la muerte del diluvio, junto con sus hijos y mujeres y con los animales de toda especie, en un frágil madero?

¿Y qué significó la vara de Moisés? ¿Acaso no fue figura de la cruz? Una vez convirtió el agua en sangre; otra, devoró las serpientes ficticias de los magos; o bien dividió el mar con sus golpes y detuvo las olas, haciendo después que volvieran a su curso, sumergiendo así a los enemigos mientras hacía que se salvara el pueblo de Dios.

De la misma manera fue también figura de la cruz la vara de Aarón, florecida en un solo día para atestiguar quién debía ser el sacerdote legítimo.

Y a ella aludió también Abrahán cuando puso sobre el montón de maderos a su hijo maniatado. Con la cruz sucumbió la muerte, y Adán se vio restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, en ella se coronaron los mártires y se santificaron los santos. Con la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo; fue la cruz la que nos reunió en un solo rebaño, como ovejas de Cristo, y es la cruz la que nos lleva al aprisco celestial.

San Teodoro de Studion, Sermón sobre la adoración de la cruz (PG 99, 691-694.695)

viernes, 29 de marzo de 2013

La cruz de Cristo, fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias


Entregado el Señor a la voluntad de sus enemigos, se le obligó a llevar el instrumento de su suplicio para burlarse de su dignidad real. Así se cumplió lo predicho por el profeta Isaías, cuando dice: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado. Pues que el Señor saliera llevando el leño de la cruz —ese leño que había de convertirse en cetro de su soberanía—, era a los ojos de los impíos ciertamente objeto de enorme humillación, pero que aparecía a los ojos de los fieles como un gran misterio. Pues este gloriosísimo vencedor del diablo y potentísimo debelador de los poderes adversos, llevaba muy significativamente el trofeo de su triunfo, y cargaba sobre los hombros de su invicta paciencia el símbolo de la salvación, digno de ser adorado por todos los reinos; se diría que en aquel momento, con el espectáculo de su comportamiento, quería confirmar y decir a todos sus imitadores: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Cuando, acompañado de la multitud, se dirigía Jesús al lugar del suplicio, encontraron a un cierto Simón de Cirene, a quien cargaron con la cruz del Señor, para que también en este gesto quedase prefigurada la fe de los paganos, a quienes la cruz de Cristo no iba a serles objeto de confusión, sino de gloria. Por este traspaso de la cruz, la expiación operada por el cordero inmaculado y la plenitud de todos los sacramentos pasará de la circuncisión a la incircuncisión, de los hijos carnales a los hijos espirituales. Pues la verdad es que —como dice el Apóstol— ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo; el cual ofreciéndose al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado, no en el templo cuya misión sacral había tocado a su fin, ni dentro del recinto de la ciudad, destinada a la destrucción en mérito a su crimen, sino fuera de las murallas, para que habiendo cesado el misterio de las antiguas víctimas, una nueva víctima fuera presentada sobre el nuevo altar, y la cruz de Cristo fuera el ara no del templo, sino del mundo.

Amadísimos: habiendo sido levantado Cristo en la cruz, no debe nuestra alma contemplar tan sólo aquella imagen que impresionó vivamente la vista de los impíos a quienes se dirigía Moisés con estas palabras: Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, temblarás día y noche, y ni de tu vida te sentirás seguro. Estos hombres no fueron capaces de ver en el Señor crucificado otra cosa que su acción culpable, llenos de temor, y no del temor con que se justifica la fe verdadera, sino el temor que atormenta la mala conciencia.

Que nuestra alma, iluminada por el Espíritu de verdad; reciba con puro y libre corazón la gloria de la cruz, que irradia por cielo y tierra, y trate de penetrar interiormente lo que el Señor quiso significar cuando, hablandode la pasión cercana, dijo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Y más adelante: Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica a tu Hijo. Y como oyera la voz del Padre, que decía desde el cielo: Le he glorificado y volveré a glorificarlo, dijo Jesús a los que lo rodeaban: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

San León Magno, Tratado 59 sobre la Pasión del Señor (4-6: CCL 138A, 354-359)

martes, 26 de marzo de 2013

Cristo, quiso morir para darnos vida


Nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, que, siendo justo, llevó a cabo todos los misterios de la humana salvación y al que los profetas vieron representado en David, tuvo un interés particular en realizar una cosa: que el hombre, instruido en la ciencia divina, se convirtiera en digna morada de Dios. Y que el hombre está destinado a convertirse en morada de Dios, lo sabemos por el mismo Dios, quien dice por boca del profeta: Habitaré y caminaré con ellos, y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo; y de nuevo: Que se alegren con júbilo eterno y habitarás en medio de ellos.

Más tarde, el Señor dice en el evangelio: El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Y también el Apóstol dice: Sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros.

Dios viene a habitar en el alma de los creyentes no a través de una pasarela corporal, ni siquiera abriéndose una brecha en la espesura de la naturaleza humana, como si, saliendo de un lugar, se encerrase allí donde ha entrado; no, penetra en los corazones purificados de las pasiones terrenas, en virtud de una energía espiritual y se introduce como luz en las almas abiertas a la inocencia, para iluminarlas.

Por tanto, el Hijo unigénito de Dios, asumido con el cuerpo, jura que no entrará bajo el techo de su casa es decir, no retornará a su morada celestial, hasta que el corazón del hombre se haya convertido en sede del Señor. De igual modo hace voto de no subir al lecho de su descanso. El lecho significa el descanso de las fatigas humanas. Y como quiera que en el cielo está en continuo reposo, y la naturaleza divina es incapaz de experimentar el cansancio, Dios está siempre en el lecho, o sea, en actitud de descanso.

Nuestro Señor Jesucristo, permaneciendo Dios, asumió la condición de esclavo y se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. ¡Ignoro si hubiera podido soportar un sufrimiento superior a la muerte! Y se sometió incluso a la muerte de cruz, sólo por esto: para ofrecernos la posibilidad de convertirnos en morada de Dios. El que es la vida, quiso no obstante morir y no dudó en asumir, con inagotable fuerza de amor, la precaria habitación del cuerpo para hacer suya, aun permaneciendo Dios, la condición de esclavo.

Se levantó, pues, del lecho de su eterna beatitud cuando, por obedecer la voluntad del Padre-Dios, se hizo hombre; de poderoso, débil, muerto. ¡El que da la vida, eterno juez de los tiempos, juzgado reo de cruz!

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 131 (6-7: CSEL 22, 666-667)

lunes, 25 de marzo de 2013

Los frutos de la muerte de Cristo


Veamos qué es lo que el Salvador dice por boca del profeta: Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: «Metamos un leño en su pan, arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más». También Isaías dice que Cristo fue como cordero llevado al matadero y que como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Si en este pasaje habla el profeta de Cristo, en aquel es el mismo Cristo el que habla de sí: Yo —dice—, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía. No conocía el mal ni el bien, no conocía el pecado o la injusticia; en una palabra: No conocía. Te ha dejado el encargo de que investigues qué es lo que desconocía. Lee el Apóstol: Al que no conocía el pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados.

Ellos tramaban contra mí, diciendo: Metamos un leño en su pan. El pan de Jesús, del que nosotros nos alimentamos, es su palabra. Y como, cuando enseñaba, algunos intentaron poner obstáculos a su enseñanza, crucificándolo dijeron: Venid, metamos un leño en su pan. A la palabra y a la enseñanza de Jesús le hicieron seguir la crucifixión del Maestro: éste es el leño metido en su pan. Ellos, es verdad, dijeron insidiosamente: Venid, metamos un leño en su pan, pero yo voy a decir algo realmente maravilloso: el leño metido en su pan mejoró el pan.

Tenemos de ello un precedente en la ley de Moisés: lo mismo que el leño metido en el agua amarga la volvió dulce, así el leño de la pasión de Cristo, hizo más dulce su pan. En efecto, antes de meter el leño en su pan, cuando era solamente pan y no leño, su voz no había resonado por toda la tierra; en cambio, cuando recibió fortaleza del leño, el relato de su pasión se conoció en todo el universo. El agua del antiguo Testamento se convirtió en dulce al contacto con el leño, en virtud de la cruz que en él estaba prefigurada.

Arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más. Lo mataron con la intención de erradicar totalmente su nombre. Pero Jesús sabe por qué y cómo morir. Por eso dice: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Por tanto, la muerte de Jesucristo, cual espiga de trigo, produjo siete veces y mucho más de lo que se había sembrado.

Pensemos por un momento en la eventualidad de que no hubiera sido crucificado ni, después de la muerte, descendido a los infiernos: el grano de trigo hubiera quedado solo y de él no habrían nacido otros. Presta mucha atención a las palabras divinas, para ver qué es lo que quieren darnos a entender: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. La muerte de Jesús dio como fruto todos éstos. Por tanto, si la muerte ha producido una cosecha tan abundante, ¿de qué abundancia no será portadora la resurrección?

Orígenes, Homilía 10 sobre el libro del profeta Jeremías (1-3: PG 13, 358-362)

domingo, 24 de marzo de 2013

La pasión de Cristo es seguridad y fortaleza para quien cree en él


Cristo, a pesar de su naturaleza divina y siendo por derecho igual a Dios Padre, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Realmente su pasión saludable abatió a los principados y triunfó sobre los dominadores del mundo y de este siglo, liberó a todos de la tiranía del diablo y nos recondujo a Dios. Sus cicatrices nos curaron y, cargado con nuestros pecados, subió al leño; y de este modo, mientras él muere, a nosotros se nos mantiene en la vida, y su pasión se ha convertido en nuestra seguridad y muro de defensa. El que nos ha rescatado de la condena de la ley, nos socorre cuando somos tentados. Y para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de la ciudad.

Por eso, repito, la pasión de Cristo, su preciosa cruz y sus manos taladradas se traducen en seguridad, en muro inaccesible e indestructible para quienes creen en él. Por lo cual dice justamente: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y también: Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Y esto porque precisamente viven a la sombra del Omnipotente, protegidas por la ayuda divina como en una torre fortificada.

Desde el momento, pues, en que Dios Padre nos sostiene casi con sus manos, custodiándonos junto a él, sin permitir que seamos inducidos al mal o que sucumbamos a la malicia de los malvados, ni ser presa de la violencia diabólica, nada nos impide comprender que las murallas de Sión designadas por sus manos, signifiquen a los expertos en el arte espiritual que, poseídos por la gracia, se dan a conocer en el testimonio de la virtud.

En consecuencia, podríamos decir que las murallas de Sión construidas por Dios, son los santos apóstoles y evangelistas, aprobados por su propia palabra, que nunca se equivoca ni se devalúa. Sus nombres están escritos en el cielo y figuran en el libro de la vida. No hemos de maravillarnos si dice que los santos son los baluartes y las murallas de la Iglesia. El mismo es el muro y el baluarte, como una fortaleza.

De igual modo que él es la luz verdadera y, no obstante, dice que ellos son la luz del mundo, así también, siendo él el muro y la seguridad de quienes creen en él, confirió a sus santos esta estupenda dignidad de ser llamados murallas de la Iglesia.

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 4: PG 70, 1066-1067)

sábado, 23 de marzo de 2013

Carguemos con su cruz, siendo extraños al mundo


De la figura tomó el Apóstol la idea de sacrificio, y la comparó con el modelo primitivo, diciendo: Los cadáveres de los animales, cuya sangre lleva el sumo sacerdote al santuario para el rito de la expiación, que se queman fuera del campamento; y por eso Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas. Los sacrificios antiguos eran figura del nuevo; por eso Cristo cumplió plenamente las profecías muriendo fuera de las murallas. Da a entender asimismo, que Cristo padeció voluntariamente, demostrando que aquellos sacrificios no se instituyeron porque sí, sino que tenían el valor de figura y su economía no estaba al margen de la pasión, pues la sangre clama al cielo.

Ya ves que somos partícipes de la sangre que era introducida en el santuario, en el santuario verdadero; partícipes del sacrificio del que sólo participaba el sacerdote. Participamos pues, de la realidad. Por tanto, somos partícipes, no del oprobio, sino de la santidad: el oprobio era causa de la santidad; sin embargo, lo mismo que él soportó ser infamado, hemos de hacer nosotros; si salimos con él fuera de las murallas, tendremos parte con él.

Y ¿qué significa: Salgamos a encontrarlo? Significa compartir sus sufrimientos, soportar con él los ultrajes.. pues no sin motivo murió fuera de las murallas, sino para que también nosotros carguemos con su cruz, siendo extraños al mundo y esforzándonos por permanecer así. Y lo mismo que él fue escarnecido como un condenado, así lo seamos también nosotros.

Por su medio, ofrezcamos a Dios un sacrificio. ¿Qué sacrificio? Nos lo aclara él mismo: el fruto de unos labios que profesan su nombre, esto es, preces, himnos, acciones de gracias; este es el fruto de los labios. En el antiguo Testamento se ofrecían ovejas, bueyes y terneros, y los daban al sacerdote. No ofrezcamos nada de esto nosotros, sino acción de gracias y, en la medida de lo posible, la imitación de Cristo en todo. Brote esto de nuestros labios. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios. Démosle este sacrificio, para que lo ofrezca al Padre. Por lo demás, no se ofrecen sino por el Hijo, o mejor, por un corazón quebrantado.

Siendo la acción de gracias por todo cuanto por nosotros padeció el fruto de unos labios que profesan su nombre, soportémoslo todo de buen grado, sea la pobreza, la enfermedad o cualquiera otra cosa, pues sólo él sabe el bien que nos reporta. Porque nosotros –dice– no sabemos pedir lo que nos conviene. Por consiguiente, si no sabemos pedir lo que nos conviene de no sugerírnoslo el Espíritu Santo, ¿cómo podremos saber el bien que nos reporta? Procuremos, pues, ofrecer acciones de gracias por todos los beneficios, y soportémoslo todo con ánimo esforzado.

San Juan Crisóstomo, Homilía 33 sobre la carta a los Hebreos (3-4: PG 63, 229-230)

jueves, 21 de marzo de 2013

Que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.


Padre, cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste. Ahora voy a ti. Guarda en tu nombre a los que me has dado. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. El contenido de esta oración, como lo indica el texto que hemos leído, se resume en tres puntos, que constituyen la suma de la salvación e incluso de la perfección, de suerte que nada se pueda añadir: a saber, que sean los discípulos guardados del mal, consagrados en la verdad y con él glorificados. Padre -dice-, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria.

¡Dichosos los que tienen por abogado al mismo juez! ¡Dichosos aquellos por quienes ora el que es digno de la misma adoración que aquel a quien ora! El Padre no va a negarle lo que piden sus labios, ya que ambos no poseen más que una sola voluntad y un mismo poder, pues son un solo Dios. Es de absoluta necesidad que todo lo que pide Cristo se realice, porque su palabra es poderosa y su voluntad, eficaz. En el momento de la creación, él lo dijo, y existió, él lo mandó y surgió. Éste es –dice– mi deseo: que estén conmigo donde yo estoy. ¡Qué seguridad para los fieles! ¡Qué confianza para los creyentes! Con tal de que no minusvaloren la gracia que recibieron. Pues esta seguridad no se promete a solos los apóstoles o a sus compañeros, sino a todos los que crean en Dios por la palabra de ellos. Dice en efecto: No sólo ruego por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos.

Porque a vosotros, hermanos, se os ha concedido la gracia no sólo de creer en él, sino de sufrir por él, como dice el Apóstol. A vosotros, esto es, a los que la fe en la promesa de Cristo, lejos de hacerlos más negligentes en la seguridad, los torna más fervientes en la alegría, y embarcados en una lucha sin cuartel contra los vicios, los corona con un martirio asiduo. Asiduo, pero fácil; fácil, pero sublime. Fácil, porque nada nos manda que supere nuestras posibilidades; sublime, porque la victoria es sobre todo el poderío de aquel fuerte bien armado. ¿O es que no es fácil llevar el suave yugo de Cristo? ¿Y acaso no es sublime ser coronado en su reino? Os ruego que me contestéis: ¿Puede haber algo más fácil que llevar las alas que llevan al que las lleva? ¿Y algo más sublime que planear sobre los cielos, donde Cristo ascendió?

Pero pensemos, hermanos; ¿podrá de repente alzar el vuelo a los cielos quien ahora no aprendiere a volar en el constante adiestramiento de cada día? Algunos vuelan contemplando; vuela tú al menos amando. Pablo fue, en éxtasis, arrebatado hasta el tercer cielo; Juan hasta la Palabra que existía en el principio; tú al menos no consientas en arrastrar por el polvo tu alma degenerada, ni soportes que tu corazón sumergido en la indolencia, se pudra en el cieno. Y si en alguna ocasión buscaste no los bienes de arriba, sino los de la tierra, repróchatelo a ti mismo y di al Señor con el profeta: ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? ¡Miserable de mí! ¡Cómo me equivocaba! Tan grandes como son los bienes que me están reservados en el cielo y yo los despreciaba. Tan nada los que hay en la tierra, y con qué avidez los deseaba. Cristo, tu tesoro, ha subido al cielo: esté allí también tu corazón. De allí procedes, allí está tu Padre y'allí está tu heredad; de allí esperas al Salvador. Amén.

Beato Guerrico de Igny, Sermón en la Ascensión del Señor (2-3.4.5: SC 202, 274-280)

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo?


Nuestro Dios y Salvador realizó su plan de salvar al hombre levantándolo de su caída y haciendo que pasara del estado de alejamiento, al que le había llevado su desobediencia, al estado de familiaridad con Dios. Este fue el motivo de la venida de Cristo en la carne, de sus ejemplos de vida evangélica, de sus sufrimientos, de su cruz, de su sepultura y de su resurrección: que el hombre, una vez salvado, recobrara, por la imitación de Cristo, su antigua condición de hijo adoptivo.

Y así, para llegar a una vida perfecta, es necesario imitar a Cristo, no sólo en los ejemplos que nos dio durante su vida, ejemplos de mansedumbre, de humildad y de paciencia, sino también en su muerte, como dice Pablo, el imitador de Cristo: Muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

Mas, ¿de qué manera podremos reproducir en nosotros su muerte? Sepultándonos con él por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de qué nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes.

¿Cómo podremos, pues, imitar a Cristo en su descenso a la región de los muertos? Imitando su sepultura mediante el bautismo. En efecto, los cuerpos de los que son bautizados quedan, en cierto modo, sepultados bajo las aguas. Por esto el bautismo significa, de un modo misterioso, el despojo de las obras de la carne, según aquellas palabras del Apóstol: Fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha por hombres, cuando os despojaron de los bajos instintos de la carne, por la circuncisión de Cristo. Por el bautismo fuisteis sepultados con él, ya que el bautismo en cierto modo purifica el alma de las manchas ocasionadas en ella por el influjo de esta vida en carne mortal, según está escrito: Lávame: quedaré más blanco que la nieve. Por esto reconocemos un solo bautismo salvador, ya que es una sola la muerte en favor del mundo y una sola la resurrección de entre los muertos, y de ambas es figura el bautismo.

San Basilio Magno, Libro sobre el Espíritu Santo (Cap 15, 35: PG 32 127-130)

martes, 19 de marzo de 2013

Cristo, anuncio anticipado del nacimiento que supera nuestra naturaleza


Su generación, ¿quién la explicará? No voy a hablaros ahora de la divina generación, sino de la de aquí abajo, de la que tuvo lugar en la tierra, de la que tenemos infinidad de testimonios. Y aun de ésta sólo os hablaré en la medida en que me lo permita la gracia del Espíritu Santo. Y no penséis que es cuestión de poca monta oír hablar de la generación temporal; levantad más bien vuestras almas y estremeceos cuando oís decir que Dios ha venido a la tierra. Es este un acontecimiento tan maravilloso y sorprendente, que los mismos coros angélicos dieron testimonio de ello haciendo resonar por toda la tierra un himno de gloria, y los antiguos profetas quedaron estupefactos al ver que Dios apareció en el mundo y vivió entre los hombre.

Verdaderamente es algo inaudito que un Dios inefable, inexplicable, incomprensible e igual al Padre se dignara descender a unas entrañas virginales, nacer de una mujer y tener en su árbol genealógico a David y a Abrahán. Al oír esto, levantad el ánimo y, desechando ruines pensamientos, maravillaos más bien de que, siendo Hijo e Hijo natural del Dios eterno, se dignó ser llamado asimismo Hijo de David para haceros a vosotros Hijos de Dios; se dignó tener un padre esclavo, para daros a vosotros, que erais esclavos, al Señor por Padre.

¿Ves cómo desde el principio se nos presentan los evangelios? Si dudas de lo que a ti te concierne, cree lo tuyo por lo que a él se refiere. Pues desde el punto de vista humano, es más difícil comprender a un Dios hecho hombre, que a un hombre hecho hijo de Dios. Cuando oigas, pues, que el Hijo de Dios se ha hecho hijo de David y de Abrahán, no te quepa la menor duda de que tú, hijo de Adán como eres, puedes llegar a ser hijo de Dios. En efecto, no sin motivo se humilló él hasta tal extremo, si no hubiera querido exaltarnos a nosotros. Nace él según la carne para que tú nazcas según el espíritu; nació de mujer, para que tú dejes de ser meramente hijo de mujer.

Hay, pues, dos generaciones en Cristo: la humana igual que la nuestra y la divina superior a la nuestra. Nacer de mujer es algo que compartió con nosotros; pero no haber nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino del Espíritu Santo, era un anuncio anticipado del nacimiento que supera nuestra naturaleza y que él nos ha de dar por la gracia del Espíritu Santo.

San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre el evangelio de san Mateo, (2: PG 57, 25-26)

lunes, 18 de marzo de 2013

Cristo se hizo obediente, hasta la muerte, por nuestra salvación


Esta es la historia de todo lo ocurrido que, consignada en los Libros sagrados, describe, como en un cuadro, el misterio del Salvador, consumado hasta en sus más ínfimos detalles. Es incumbencia nuestra adaptar la luz espléndida de la verdad a los acontecimientos que sucedieron en figura, y explicar con mayor claridad y uno por uno todos los sucesos que hemos propuesto. De esta forma, les resultará más fácil a los creyentes captar claramente el abstruso y recóndito misterio del amor.

Tomó, pues, el bienaventurado Abrahán al muchacho y se fue de prisa al lugar que Dios le había indicado. El muchacho era conducido al sacrificio por su padre, como símbolo y confirmación de que no debe atribuirse al poder humano o a la maldad de los enemigos el hecho de que Jesucristo, nuestro Señor, fuera conducido a la cruz, sino a la voluntad del Padre, el cual permitió, de acuerdo con una decisión previamente pactada, que él sufriese la muerte en beneficio de todos. Es lo que en un momento dado el mismo Jesús dio a entender a Pilato: No tendrías, dijo, ninguna autoridad sobre mí, si no te lo hubieran dado de lo alto; y en otro momento, dirigiéndose a su Padre del cielo, se expresó así: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, y se lo cargó a su hijo Isaac. Igualmente los judíos, sin vencer ni coaccionar el poder de la naturaleza divina que eventualmente les fuera contrario, sino permitiéndolo así el eterno Padre en cumplimiento de un acuerdo anteriormente tomado y al que en cierto modo ellos servían sin saberlo, cargaron la cruz sobre los hombros del Salvador. Como testigo de ello, un testigo ajeno a cualquier sospecha de mentira, podemos aducir al profeta Isaías, que se expresa de este modo: Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él nuestra iniquidad.

Cuando finalmente el patriarca llegó al sitio que le había dicho Dios, con mucha destreza y arte construyó un altar; sin duda para darnos con esto a entender, que la cruz impuesta a nuestro Salvador y que los hombres tenían por un simple leño, a los ojos del Padre común de la humanidad era considerada como un grandioso y excelso altar, erigido para la salvación del mundo e impregnado del incienso de una víctima santa y purísima.

Por eso Cristo, mientras su cuerpo era flagelado y al mismo tiempo escupido por los atrevidísimos judíos, decía, por el profeta Isaías, estas palabras: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. Pues el Padre es un solo Dios, y Jesucristo, un solo Señor: ¡bendito él por siempre! El cual, desdeñando la ignominia por nuestra salvación, y hecho obediente al Padre, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, para que habiendo el Salvador dado su vida por nosotros y en nuestro lugar, pudiera a su vez resucitarnos de entre los muertos, vivificados por el Espíritu Santo; situarnos en el domicilio celestial, abiertas de par en par las puertas del cielo y colocar en la presencia del Padre y ante sus ojos, aquella naturaleza humana, que desde tiempo inmemorial se le había sustraído huyendo de él por el pecado.

Amados hermanos, que por estas egregias hazañas de nuestro Salvador, prorrumpan las bocas de todos en alabanza, y que todas las lenguas se afanen en componer cantos de alabanza en su honor, haciendo suyo aquel dulcísimo cántico: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Asciende una vez consumada la obra de la salvación humana. Y no sólo sube, sino que: subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombres.

San Cirilo de Alejandría, Homilía pascual 5 (7: PG 77, 495-498)

domingo, 17 de marzo de 2013

Os hace falta constancia para cumplir la voluntad de Dios


Dice el Apóstol: Os hace falta constancia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la recompensa. Por eso, necesitáis una sola cosa: esperar todavía un poquito, sin combatir aún. Habéis llegado ya a la corona; habéis soportado luchas, cadenas, tribulaciones; os han confiscado los bienes. ¿Qué más podéis hacer? Sólo os resta perseverar con valentía, para ser coronados. Sólo os queda esto por soportar: la prolongada espera de la futura corona. ¡Qué gran consuelo!

¿Qué pensaríais de un atleta que, después de haber vencido y superado a todos sus adversarios y no teniendo ya nadie con quien combatir, finalmente, cuando debiera ser coronado, no supiera esperar la llegada de quien debe imponerle la corona, y no teniendo paciencia para esperar, quisiera salir y marcharse como quien es incapaz de soportar la sed y el calor estival? ¿Qué es lo que el mismo Apóstol nos dice apuntando a esta posibilidad? «Un poquito de tiempo todavía, y el que viene llegará sin retraso».

Y para que no digan: «¿Cuándo llegará?», les conforta con la Escritura, para la cual este compás de espera es una no pequeña merced. Dice en efecto: «Mi justo vivirá de fe, pero, si se arredra, le retiraré mi favor».

Este es un gran consuelo: mostrar que incluso los que siempre han obrado rectamente pueden echarlo todo a perder por indolencia: Pero nosotros no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma. Estas palabras fueron escritas para los Hebreos, pero es una exhortación que vale también para muchos hombres de hoy. Y ¿para quiénes concretamente? Para aquellos de ánimo débil y mezquino. Porque, cuando ven que los malos saben conducir bien sus propios negocios y ellos no, se afligen, se dejan invadir por la tristeza y lo soportan mal. Les desearían más bien penas y castigos, esperando para ellos el premio por las propias fatigas. Un poquito de tiempo todavía –decía hace un momento Pablo–, y el que viene llegará sin retraso.

Por eso, diremos a los desidiosos y negligentes: de seguro que nos llegará el castigo, vendrá ciertamente; la resurrección está ya a las puertas. Y ¿cómo lo sabemos?, preguntará alguno. No diré que por los profetas, pues mis palabras no van dirigidas a solos los cristianos. Son muchas las cosas que ha predicado Cristo: si no se hubieran acreditado de verdaderas, no deberíais creer tampoco éstas; mas si, por el contrario, las cosas que él anunció de antemano han tenido cumplimiento, ¿a qué dudas de las otras? Sería más difícil creer si nada hubiera sucedido, que no creer cuando todo se ha verificado. Lo aclararé más todavía con un ejemplo: Cristo predijo que Jerusalén sería objeto de una destrucción tal, como no la había habido igual hasta el momento, y que jamás sería reconstruida en su primitivo esplendor: y la profecía realmente se cumplió. Predijo que vendría una gran tribulación, y así sucedió.

Predijo que la predicación habría de difundirse como un grano de mostaza y nosotros comprobamos que día a día esa semilla invade todo el universo. Predijo: En el mundo tendréis luchas: pero tened valor: Yo he vencido al mundo, es decir, ninguno os vencerá; y vemos que también esto se ha cumplido. Predijo que el poder del infierno no prevalecería contra la Iglesia, aunque fuera perseguida, y que nadie sería capaz de neutralizar la predicación, y la experiencia da testimonio de que así ha sucedido.

San Juan Crisóstomo, Homilía 21 sobre la carta a los Hebreos (2-3: PG 63, 150-152)

viernes, 15 de marzo de 2013

Cristo otorgó a todos la salud y cargó con el pecado de todos.


El médico bueno, que cargó con nuestras enfermedades, sanó nuestras dolencias, y sin embargo, no se arrogó la dignidad de sumo sacerdote; pero el Padre, dirigiéndose a él, le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Y en otro lugar le dice también: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Y como había de ser el tipo de todos los sacerdotes, asumió una carne mortal, para, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentar oraciones y súplicas a Dios Padre. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer, para enseñarnos a ser obedientes y así convertirse para nosotros en autor de salvación. Y de este modo, consumada la pasión y, llevado él mismo a la consumación, otorgó a todos la salud y cargó con el pecado de todos.

Por eso se eligió a Aarón como sacerdote, para que en la elección sacerdotal no prevaleciera la ambición humana, sino la gracia de Dios; no el ofrecimiento espontáneo ni la propia usurpación, sino la vocación celestial, de modo que ofrezca sacrificios por los pecados, el que pueda comprender a los pecadores, por estar él mismo –dice–envuelto en debilidades. Nadie debe arrogarse este honor; Dios es quien llama, como en el caso de Aarón; por eso Cristo no se arrogó el sacerdocio: lo aceptó.

Finalmente, como la sucesión aaronítica efectuada de acuerdo con la estirpe, tuviera más herederos de la sangre, que partícipes de la justicia, apareció –según el tipo de aquel Melquisedec de que nos habla el antiguo Testamento– el verdadero Melquisedec, el verdadero rey de la paz, el verdadero rey de la justicia, pues esto es lo que significa el nombre: sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. Esto puede decirse igualmente del Hijo de Dios, que no conoció madre en aquella divina generación, ni tuvo padre en el nacimiento de la virgen María; nacido antes de los siglos únicamente de Padre, nacido de sola la Virgen en este siglo, ni sus días pudieron tener comienzo, él que existía desde el principio. Y ¿cómo podría tener fin la vida de quien es el autor de la vida de todos? El es el principio y el fin de todas las cosas. Pero es que, además, esto lo aduce como ejemplo. Pues el sacerdote debe ser como quien no tiene ni padre ni madre: en él no debe mirarse la nobleza de su cuna, sino la honradez de sus costumbres y la prerrogativa de las virtudes.

Debe haber en él fe y madurez de costumbres: no lo uno sin lo otro, sino que ambas cosas coincidan en la misma persona juntamente con las buenas obras y acciones. Por eso el apóstol Pablo nos quiere imitadores de aquellos que, por la fe y la paciencia, poseen en herencia las promesas hechas a Abrahán, quien, por la paciencia, mereció recibir y poseer la gracia de bendición que se le había prometido. El profeta David nos advierte que debemos ser imitadores del santo Aarón, a quien para nuestra imitación, colocó entre los santos del Señor, diciendo: Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre.

San Ambrosio de Milán, Carta 67 (47-50: PL 16,1253-1254)