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martes, 28 de febrero de 2017

Todo el cuerpo de la Iglesia ha de estar purificado de cualquier tipo de corrupción

Carísimos: entre todos los días que la devoción cristiana celebra con especiales muestras de honor, ninguno tan excelente como la festividad pascual, que consagra en la Iglesia de Dios la dignidad de todas las demás solemnidades. En realidad, hasta la misma generación materna del Señor está orientada a este sacramento, y el Hijo de Dios no tuvo otra razón de nacer, que la de poder ser crucificado. En efecto, en el seno de la Virgen fue asumida una carne mortal; en esta carne mortal se llevó a cabo la economía de la pasión; y, por un designio inefable de la misericordia de Dios, se convirtió en sacrificio de redención, en abolición del pecado y en primicias de la resurrección para la vida eterna. Y si consideramos lo que el mundo entero ha recibido por la cruz del Señor, reconoceremos que para celebrar el día de la Pascua con razón nos preparamos con un ayuno de cuarenta días, a fin de poder participar dignamente en los divinos misterios.

Pues no sólo los supremos pastores o los sacerdotes de segundo rango, ni solos los ministros de los sacramentos, sino todo el cuerpo de la Iglesia y la universalidad de los fieles ha de estar purificada de cualquier tipo de corrupción, para que el templo de Dios –que tiene como cimiento al mismo fundador– sea magnífico en todas sus piedras y luminoso en todas sus partes. Porque si es razonable que se embellezcan con toda clase de adornos las mansiones de los reyes y los palacios de los supremos jerarcas, de suerte que posean moradas más suntuosas aquellos que están en posesión de mayores méritos, ¡con qué esmero no habrá de edificar y con cuánto primor no convendrá decorar la mansión de la misma Deidad! Mansión que aun cuando no pueda iniciarse ni consumarse sin el concurso de su autor, exige sin embargo la colaboración de quien la construye, participando con la propia fatiga en su edificación. El material utilizado en la construcción de este templo es un material vivo y racional, que el espíritu de gracia incita para que voluntariamente se coadune en un todo compacto. Este material es amado y es buscado, para que a su vez busque el que no buscaba y ame el que no amaba, de acuerdo con lo que dice el apóstol san Juan: Nosotros debemos amarnos unos a otros, porque Dios nos amó primero.

Formando, pues, los fieles, global y singularmente considerados, un único y mismo templo de Dios, éste debe ser perfecto en la singularidad de sus miembros como lo es en la' universalidad. Y si bien la belleza de los miembros no es idéntica, ni es posible la igualdad de los méritos, dada la variedad de las partes, sin embargo el aglutinante de la caridad consigue una armoniosa comunión. Pues los que están vinculados por un santo amor, aun cuando no todos participen de los mismos beneficios de la gracia, todos no obstante se alegran mutuamente de sus bienes, y no puede serles extraño nada de lo que aman, por cuanto redunda en propio enriquecimiento la alegría que experimentan en el progreso ajeno.

Tratado 48 (CCL 138A 279-280)

viernes, 25 de diciembre de 2015

Reconoce, cristiano, tu dignidad

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo: porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, como no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo.

San León Magno
Sermón 1 en la Navidad del Señor (13: PL 54,190193

jueves, 17 de diciembre de 2015

El misterio de nuestra reconciliación

De nada sirve reconocer a nuestro Señor como hijo de la bienaventurada Virgen María y como hombre verdadero y perfecto, si no se le cree descendiente de aquella estirpe que en el Evangelio se le atribuye. Pues dice Mateo: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; y a continuación viene el orden de su origen humano hasta llegar a José, con quien se hallaba desposada la madre del Señor.

Lucas, por su parte, retrocede por los grados de ascendencia y se remonta hasta el mismo origen del linaje humano, con el fin de poner de relieve que el primer Adán y el último Adán son de la misma naturaleza.

Para enseñar y justificar a los hombres, la omnipotencia del Hijo de Dios podía haber aparecido, por supuesto, del mismo modo que había aparecido ante los patriarcas y los profetas, es decir, bajo apariencia humana: por ejemplo, cuando trabó con ellos un combate o mantuvo una conversación, cuando no rehuyó la hospitalidad que se le ofrecía y comió los alimentos que le presentaban. Pero aquellas imágenes eran indicios de este hombre; y las significaciones místicas de estos indicios anunciaban que él había de pertenecer en realidad a la estirpe de los padres que le antecedieron.

Y, en consecuencia, ninguna de aquellas figuras era el cumplimiento del misterio de nuestra reconciliación, dispuesto desde la eternidad, porque el Espíritu Santo aún no había descendido a la Virgen ni la virtud del Altísimo la había cubierto con su sombra, para que la Palabra hubiera podido ya hacerse carne dentro de las virginales entrañas, de modo que la Sabiduría se construyera su propia casa; el Creador de los tiempos no había nacido aún en el tiempo, haciendo que la forma de Dios y la de siervo se encontraran en una sola persona; y aquel que había creado todas las cosas no había sido engendrado todavía en medio de ellas.

Pues de no haber sido porque el hombre nuevo, encarnado en una carne pecadora como la nuestra, aceptó nuestra antigua condición y, consustancial como era con el Padre, se dignó a su vez hacerse consustancial con su madre, y, siendo como era el único que se hallaba libre de pecado, unió consigo nuestra naturaleza, la humanidad hubiera seguido para siempre bajo la cautividad del demonio. Y no hubiésemos podido beneficiarnos de la victoria del triunfador, si su victoria se hubiera logrado al margen de nuestra naturaleza.

Por esta admirable participación ha brillado para nosotros el misterio de la regeneración, de tal manera que, gracias al mismo Espíritu por cuya virtud Cristo fue concebido y nació, hemos nacido de nuevo de un origen espiritual. Por lo cual, el evangelista dice de los creyentes: Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

San León Magno
Carta 31 (2-3: PL 54, 791-793)

viernes, 27 de noviembre de 2015

Mucha paz tienen los que aman tu nombre, Señor

Gran felicidad es ésta, amadísimos hermanos, para la que se prepara un premio tan grande. Pues, ¿qué significa tener limpio el corazón, sino desear las virtudes de que antes hemos hablado? ¿Qué inteligencia puede llegar a concebir, o qué palabras lograrán explicar la grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios? Y es esto precisamente lo que se realizará cuando la naturaleza humana se transforme, y podamos contemplar la divinidad no confusamente en un espejo, sino cara a cara, viendo tal como es a aquel a quien ningún hombre jamás contempló; entonces lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar, lo alcanzaremos en el gozo inefable de una contemplación eterna.

Con toda razón se promete a los limpios de corazón la bienaventuranza de la vida divina. Nunca una vida manchada podrá contemplar el esplendor de la luz verdadera, pues aquello mismo que constituirá el gozo de las almas limpias será el castigo de las que están manchadas. Que huyan, pues, las tinieblas de la vanidad terrena y que los ojos del alma se purifiquen de las inmundicias del pecado, para que así puedan saciarse gozando en paz de la magnífica visión de Dios.

Pero para merecer este don es necesario lo que a continuación sigue: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Esta bienaventuranza, amadísimos, no puede referirse a cualquier clase de concordia o armonía humana, sino que debe entenderse precisamente de aquella a la que alude el Apóstol cuando dice: Estad en paz con Dios, o a la que se refiere el salmista al afirmar: Mucha paz tienen los que aman tu nombre, nada les hace tropezar.

Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Una amistad fundada en deseos pecaminosos, en pactos que arrancan de la injusticia y en el acuerdo que parte de los vicios nada tiene que ver con el logro de esta paz. El amor del mundo y el amor de Dios no concuerdan entre sí, ni puede uno tener su parte entre los hijos de Dios si no se ha separado antes del consorcio de los que viven según la carne. Mas los que sin cesar se esfuerzan por mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz jamás se apartan de la ley divina, diciendo por ello fielmente en la oración: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

Estos son los que obran la paz, éstos los que viven santamente unánimes y concordes, y por ello merecen ser llamados con el nombre eterno de hijos de Dios y coherederos con Cristo; todo ello lo realiza el amor de Dios y el amor del prójimo, y de tal manera lo realiza que ya no sienten ninguna adversidad ni temen ningún tropiezo, sino que, superando el combate de todas las tentaciones, descansan tranquilamente en la paz de Dios, por nuestro Señor Jesucristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

San León Magno
Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (8-9: CCL 138 A, 588-590)

jueves, 26 de noviembre de 2015

Feliz el alma que ambiciona este manjar

Después de esto, el Señor prosiguió, diciendo: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Esta hambre no desea nada corporal, esta sed no apetece nada terreno; el bien de que anhela saciarse consiste en la justicia, y el objeto por el que suspira es penetrar en el conocimiento de los misterios ocultos, hasta saciarse del mismo Dios.

Feliz el alma que ambiciona este manjar y anhela esta bebida; ciertamente no la desearía si no hubiese gustado ya antes de su suavidad. De esta dulzura, el alma recibió ya una pregustación, al oír al profeta que le decía: Gustad y ved qué bueno es el Señor; con esta pregustación, tanto se inflamó en el amor de los placeres castos que, abandonando todas las cosas temporales, sólo puso ya su afecto en comer y beber la justicia, adhiriéndose a aquel primer mandamiento que dice: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Porque amar la justicia no es otra cosa sino amar a Dios.

Y como este amor de Dios va siempre unido al amor que se interesa por el bien del prójimo, el hambre de la justicia se ve acompañada de la virtud de la misericordia; por ello, se añade a continuación: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de aquello que es el objeto de tu amor.

Y porque todo será limpio para ti, a causa de la limosna, llegarás también a gozar de aquella otra bienaventuranza que te promete el Señor, como consecuencia de lo que hasta aquí se te ha dicho: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.

San León Magno
Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (6-7: CCL 138A, 587-588)

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La dicha del reino de Cristo

Después de hablar de la pobreza, que tanta felicidad proporciona, siguió el Señor diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Queridísimos hermanos, el llanto al que está vinculado un consuelo eterno es distinto de la aflicción de este mundo. Los lamentos que se escuchan en este mundo no hacen dichoso a nadie. Es muy distinta la razón de ser de los gemidos de los santos, la causa que produce lágrimas dichosas. La santa tristeza deplora el pecado, el ajeno y el propio. Y la amargura no es motivada por la manera de actuar de la justicia divina, sino por la maldad humana. Y, en este sentido, más hay que deplorar la actitud del que obra mal que la situación del que tiene que sufrir por causa del malvado, porque al injusto su malicia le hunde en el castigo; en cambio, al justo su paciencia lo lleva a la gloria.

Sigue el Señor: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y sencillos y a los que están dispuestos a tolerar toda clase de injusticias. No se ha de mirar esta herencia como vil y deleznable, como si estuviera separada de la patria celestial; de lo contrario no se entiende quién podría entrar en el reino de los cielos. Porque la tierra prometida a los sufridos, en cuya posesión han de entrar los mansos, es la carne de los santos. Esta carne vivió en humillación, por eso mereció una resurrección que la transforma y la reviste de inmortalidad gloriosa, sin temer nada que pueda contrariar al espíritu, sabiendo que van a estar siempre de común acuerdo.

Porque entonces el hombre exterior será la posesión pacífica e inadmisible del hombre interior. Y así, los sufridos heredarán en perpetua paz y sin mengua alguna la tierra prometida, cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Entonces, lo que fue riesgo será premio, y lo que fue gravoso se convertirá en honroso.

San León Magno
Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (4-5: CCL 138A, 585-587)

martes, 24 de noviembre de 2015

Dichosos los pobres en el espíritu

No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud.

Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así, aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (2-3: CCL 138A, 584-585)

lunes, 23 de noviembre de 2015

Meteré mi ley en su pecho

Amadísimos hermanos: Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora, hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor, pudieran reconocer que su doctrina era salvadora.

Queriendo, pues, el Señor convenir las curaciones externas en remedios internos y llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles, buscó la soledad de un monte próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia; ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las palabras de Jeremías: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días —oráculo del Señor—meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.

Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera, como en otro tiempo, densos nubarrones que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo, impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor.

Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma Verdad, si, al decir: Dichosos los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse esa pobreza; porque podría parecer que para merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero, al decir: Dichosos los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por la carencia de bienes.

Sermón 95 sobre las bienaventuranzas (1-2: CCL 138A, 582-584)

domingo, 24 de mayo de 2015

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena

Que la presente solemnidad, amadísimos, ha de ser venerada entre las principales fiestas, es algo que intuye cualquier corazón católico: pues no es posible dudar de la gran reverencia que nos merece este día, que fue consagrado por el Espíritu Santo con el estupendo milagro de su don. Este día es, en efecto, el décimo a partir de aquel en que el Señor subió a la cúspide de los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y el quincuagésimo a partir del día de su resurrección, día que brilló para nosotros en aquel en quien tuvo su origen y que contiene en sí grandes misterios tanto de la antigua como de la nueva economía. En ellos se pone de manifiesto clarísimamente que la gracia fue preanunciada por la ley y que la ley ha recibido su plenitud por la gracia. En efecto, así como cincuenta días después de la inmolación del cordero le fue entregada en otro tiempo la ley, en el monte Sinaí, al pueblo hebreo, liberado de los egipcios, del mismo modo, después de la pasión de Cristo en la que fue degollado el verdadero Cordero de Dios, cincuenta días después de su resurrección, descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre el grupo de los creyentes, a fin de que fácilmente conozca el cristiano atento que los comienzos del antiguo Testamento sirvieron de base a la primera andadura del evangelio, y que la segunda Alianza fue pactada por el mismo Espíritu que había instituido la primera.

Pues, como nos asegura la historia apostólica, todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. ¡Oh, qué veloz es la palabra de la sabiduría, y, cuando el maestro es Dios, qué pronto se aprende lo que se enseña! No fue necesario intérprete para entender, ni aprendizaje para poder utilizarlas ni tiempo para estudiarlas, sino que, soplando donde quiere el Espíritu de verdad, los diferentes idiomas de cada nación se convirtieron en lenguas comunes en boca de la Iglesia. Pues a partir de este día resonó la trompeta de la predicación evangélica; a partir de este día la lluvia de carismas y los ríos de bendiciones regaron todo lugar desierto y toda la árida tierra: porque para repoblar la faz de la tierra, el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas, y para ahuyentar las antiguas tinieblas, destellaban los fulgores de una nueva luz, cuando al reclamo del esplendor de unas lenguas centelleantes, nació la norma del Señor que ilumina y la palabra inflamada, a las que, para iluminar las inteligencias y aniquilar el pecado, se les confirió la capacidad de iluminar y la fuerza de abrasar.

Ahora bien, aun cuando la forma misma, amadísimos, en que se desarrollaron los acontecimientos fuera realmente admirable, ni quepa la menor duda de que, en aquella exultante armonía de todos los lenguajes humanos, estuvo presente la majestad del Espíritu Santo, sin embargo nadie debe caer en el error de creer que en aquellos fenómenos que los ojos humanos contemplaron se hizo presente su propia sustancia. No, la naturaleza invisible, que posee en común con el Padre y el Hijo, mostró el carácter de su don y de su obra mediante los signos que ella misma se escogió, pero retuvo en la intimidad de su deidad lo que es propio de su esencia: pues lo mismo que el Padre y el Hijo no pueden ser vistos por ojos humanos, lo mismo ocurre con el Espíritu Santo. En efecto, en la Trinidad divina nada hay diferente, nada desigual; y cuantos atributos pueden pensarse de aquella sustancia, no se distinguen ni en el poder, ni en la gloria, ni en la eternidad. Y aun cuando en la propiedad de las personas uno es el Padre, otro el Hijo y otro distinto el Espíritu Santo, no obstante, no es diversa ni la deidad ni la naturaleza. Y si es cierto que el Hijo unigénito nace del Padre y que el Espíritu Santo es espíritu del Padre y del Hijo, sin embargo, no lo es como una criatura cualquiera que fuera propiedad conjunta del Padre y del Hijo, sino como quien comparte la vida y el poder con ambos, y lo comparte desde toda la eternidad puesto que es subsistente lo mismo que el Padre y el Hijo.

Por eso, el Señor, la víspera de su pasión, al prometer a los discípulos la venida del Espíritu Santo, les dijo: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará. De donde se deduce que el Padre, el Hijo y el Espíritu no viven en régimen de separación de bienes, sino que todo lo que tiene el Padre, lo tiene el Hijo y lo tiene el Espíritu Santo; ni hubo momento alguno en que en la Trinidad no se diera esta comunión, pues en la Trinidad poseerlo todo y existir siempre son conceptos sinónimos. Tratándose de la Trinidad debemos excluir las categorías de tiempo, de procedencia o diferenciales; y si nadie puede explicar lo que Dios es, que no se atreva tampoco a afirmar lo que no es. Más excusable es, en efecto, no expresarse dignamente sobre esta inefable naturaleza, que definir lo que le es contrario.

Así pues, todo cuanto un corazón piadoso es capaz de concebir referente a la sempiterna e inconmutable gloria del Padre, debe entenderlo inseparable e indiferentemente a la vez del Hijo y del Espíritu Santo. En consecuencia, confesamos que esta Trinidad es un solo Dios, puesto que en estas tres personas no se da diversidad alguna ni en la sustancia, ni en el poder, ni en la voluntad ni en la operación.

Tratado 75 (1-3: CCL 138A, 465-468)

miércoles, 15 de abril de 2015

Cristo vive en su Iglesia

Es indudable, queridos hermanos, que la naturaleza humana fue asumida tan íntimamente por el Hijo de Dios, que no sólo en él, que es el primogénito de toda criatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo Cristo; pues, del mismo modo que la cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros de la cabeza.

Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ya ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes.

Por obra del Espíritu Santo nació él de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios, de quienes está escrito: Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

El es aquel vástago en quien fue bendecida la descendencia de Abrahán y por quien la adopción filial se extendió a todos los pueblos, llegando por ello Abrahán a ser el padre de todos los hijos nacidos, no de la carne, sino de la fe en la promesa.

El es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Porque, si bien fue a Pedro a quien dijo principalmente: Apacienta mis ovejas, sólo el Señor es quien controla el cuidado de todos los pastores, y alimenta a los que acuden a la roca de su Iglesia con tan abundantes y regados pastos, que son innumerables las ovejas que, fortalecidas con la suculencia de su amor, no dudan en morir por el nombre del pastor, como el buen Pastor se dignó ofrecer su vida por sus ovejas.

Es él también aquel en cuya pasión participa no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo.

Por este motivo la Pascua del Señor se celebra legítimamente con ázimo de sinceridad y de verdad si, desechado el fermento de la antigua malicia, la nueva criatura se embriaga y nutre del mismo Señor. Porque la participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino convertirnos en lo que recibimos: y seamos portadores, en nuestro espíritu y en nuestra carne, de aquel en quien y con quien hemos sido muertos, sepultados y resucitados.

San León Magno
Sermón 12 sobre la pasión del Señor (3.6.7: CCL 138A, 383-384.386-388)

sábado, 4 de abril de 2015

Si sufrimos con él, también con él seremos glorificados

En Cristo nos fue otorgado este don singular: que en la naturaleza pasible no subsistiera la condición mortal, que la esencia impasible había asumido, de suerte que en razón de lo que no podía morir, resucitase lo que estaba muerto.

Hemos de esforzarnos, carísimos, con la máxima intensidad de nuestro cuerpo y de nuestra alma, por sintonizar perfectamente con este sacramento. Pues si descuidar las fiestas pascuales es ya un gravísimo sacrilegio, es todavía más peligroso sumarse, sí, a las asambleas litúrgicas, pero sin participar en la pasión del Señor. Pues si el Señor dice: El que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí; y el Apóstol: Si sufrimos con él, también con él seremos glorificados ¿quién honra verdaderamente a Cristo paciente, muerto y resucitado, sino el que con él padece, muere y resucita? Estas realidades comenzaron ya, en todos los hijos de la Iglesia, con el mismo misterio de la regeneración, en el que la muerte del pecado es la vida del renacido, y en el que la trina inmersión recuerda los tres días de la muerte del Señor. De modo que, eliminado un cierto comportamiento típico de la sepultura, los que el seno de la fuente recibió viejos, los da a luz, rejuvenecidos, el agua del bautismo. Sin embargo, hay que llevar a cabo en la vida lo que se ha celebrado en el sacramento, y los renacidos del Espíritu Santo no conseguirán mantener a raya lo que en ellos queda de tendencias mundanas si rehúsan aceptar la cruz.

Por tanto, cuando alguien se dé cuenta de que rebasa los límites de la disciplina cristiana y que sus pasiones le arrastran hacia lo que le obligaría a desviarse del recto camino, recurra a la cruz del Señor y clave en el leño de la vida los impulsos de su mala voluntad. Invoque al Señor con las palabras del profeta, diciendo: Traspasa mi carne con los clavos de tu temor; yo respeto tus mandamientos.

¿Qué significa tener la carne traspasada con los clavos del temor de Dios, sino mantener los sentidos corporales alejados del atractivo de los deseos ilícitos por miedo al juicio de Dios? De suerte que quien resiste al pecado y da muerte a sus concupiscencias para que no hagan nada digno de muerte, tenga la osadía de repetir con el Apóstol: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Así pues, que el cristiano se establezca allí donde Cristo lo llevó consigo, y oriente sus pasos hacia allí donde sabe que fue salvada la naturaleza humana. La pasión del Señor se prolonga hasta el fin del mundo. Y del mismo modo que Cristo es honrado y amado en sus santos, es alimentado y vestido en sus pobres, igualmente él está compadeciéndose en todos los que sufren persecución a causa de la justicia. A menos que debamos pensar que, difundida la fe por todo el mundo y disminuido el número de los impíos, se hayan acabado todas las persecuciones y todos los combates a que anteriormente fueron sometidos los santos mártires, como si la necesidad de llevar la cruz sólo incumbiera a los que fueron sometidos a atrocísimos suplicios en un intento por separarlos del amor a Cristo.

Por tanto, las almas sabias, que han aprendido a temer a un solo Señor, a amar y a esperar en un único Dios, después de haber mortificado sus pasiones y crucificado sus sentidos corporales, no se doblegan ante el temor de enemigo alguno ni se dejan sobornar por ningún regalo. Colocaron incluso la voluntad de Dios por encima de cualquier preferencia personal, y se aman tanto más cuanto, por amor de Dios, menos se aman.

Carísimos, en tales miembros del cuerpo de Cristo se celebra legítimamente la santa Pascua y no carecen de ninguno de los triunfos adquiridos por la pasión del Salvador. Creo, amadísimos, que por hoy ya os he hablado bastante de lo concerniente a la participación de la cruz, de modo que el sacramento pascual pueda celebrarse dignamente también en los miembros del cuerpo de Cristo.

San León Magno
Sermón 70, sobre la Pasión del Señor (3-5: CCL 138A, 428-432)

viernes, 3 de abril de 2015

La cruz de Cristo, fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias

Entregado el Señor a la voluntad de sus enemigos, se le obligó a llevar el instrumento de su suplicio para burlarse de su dignidad real. Así se cumplió lo predicho por el profeta Isaías, cuando dice: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado. Pues que el Señor saliera llevando el leño de la cruz —ese leño que había de convertirse en cetro de su soberanía—, era a los ojos de los impíos ciertamente objeto de enorme humillación, pero que aparecía a los ojos de los fieles como un gran misterio. Pues este gloriosísimo vencedor del diablo y potentísimo debelador de los poderes adversos, llevaba muy significativamente el trofeo de su triunfo, y cargaba sobre los hombros de su invicta paciencia el símbolo de la salvación, digno de ser adorado por todos los reinos; se diría que en aquel momento, con el espectáculo de su comportamiento, quería confirmar y decir a todos sus imitadores: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Cuando, acompañado de la multitud, se dirigía Jesús al lugar del suplicio, encontraron a un cierto Simón de Cirene, a quien cargaron con la cruz del Señor, para que también en este gesto quedase prefigurada la fe de los paganos, a quienes la cruz de Cristo no iba a serles objeto de confusión, sino de gloria. Por este traspaso de la cruz, la expiación operada por el cordero inmaculado y la plenitud de todos los sacramentos pasará de la circuncisión a la incircuncisión, de los hijos carnales a los hijos espirituales. Pues la verdad es que —como dice el Apóstol— ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo; el cual ofreciéndose al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado, no en el templo cuya misión sacral había tocado a su fin, ni dentro del recinto de la ciudad, destinada a la destrucción en mérito a su crimen, sino fuera de las murallas, para que habiendo cesado el misterio de las antiguas víctimas, una nueva víctima fuera presentada sobre el nuevo altar, y la cruz de Cristo fuera el ara no del templo, sino del mundo.

Amadísimos: habiendo sido levantado Cristo en la cruz, no debe nuestra alma contemplar tan sólo aquella imagen que impresionó vivamente la vista de los impíos a quienes se dirigía Moisés con estas palabras: Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, temblarás día y noche, y ni de tu vida te sentirás seguro. Estos hombres no fueron capaces de ver en el Señor crucificado otra cosa que su acción culpable, llenos de temor, y no del temor con que se justifica la fe verdadera, sino el temor que atormenta la mala conciencia.

Que nuestra alma, iluminada por el Espíritu de verdad; reciba con puro y libre corazón la gloria de la cruz, que irradia por cielo y tierra, y trate de penetrar interiormente lo que el Señor quiso significar cuando, hablandode la pasión cercana, dijo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Y más adelante: Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica a tu Hijo. Y como oyera la voz del Padre, que decía desde el cielo: Le he glorificado y volveré a glorificarlo, dijo Jesús a los que lo rodeaban: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

San León Magno
Tratado 59 sobre la Pasión del Señor (4-6: CCL 138A, 354-359)

martes, 17 de marzo de 2015

En la inmolación de Cristo está la verdadera Pascua y el único sacrificio

Amadísimos: El sacramento de la pasión del Señor, decretado desde tiempo inmemorial para la salvación del género humano y anunciado de muchas maneras a todo lo largo de los siglos precedentes, no esperamos ya que se manifieste, sino que lo adoramos cumplido. Para informarnos de ello concurren tanto los nuevos como los antiguos testimonios, pues lo que cantó la trompeta profética, nos lo hace patente la historia evangélica, y como está escrito: Una sima grita a otra sima con voz de cascadas; pues a la hora de entonar un himno a la gloriosa generosidad de Dios sintonizan perfectamente las voces de ambos Testamentos, y lo que estaba oculto bajo el velo de las figuras, resulta evidente a la luz de la revelación divina. Y aunque en los milagros que el Salvador hacía en presencia de las multitudes, pocos advertían la presencia de la Verdad, y los mismos discípulos, turbados por la voluntaria pasión del Señor, no se evadieron al escándalo de la cruz sin afrontar la tentación del miedo, ¿cómo podría nuestra fe comprender y nuestra conciencia recabar la energía necesaria, si lo que sabemos consumado, no lo leyéramos preanunciado?

Ahora bien: después que con la asunción de la debilidad humana la potencia de Cristo ha sido glorificada, las solemnidades pascuales no deben ser deslucidas por la aflicción indebida de los fieles; ni debemos con tristeza recordar el orden de los acontecimientos, ya que de tal manera el Señor se sirvió de la malicia de los judíos, que supo hacer de sus intenciones criminales, el cumplimiento de su voluntad de misericordia.

Y si cuando Israel salió de Egipto, la sangre del cordero les valió la recuperación de la libertad, y aquella fiesta se convirtió en algo sagrado, por haber alejado, mediante la inmolación de un animal, la ira del exterminador, ¿cuánto mayor gozo no debe inundar a los pueblos cristianos, por los que el Padre todopoderoso no perdonó a su Hijo unigénito, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, de modo que, en la inmolación de Cristo, la Pascua pasara a ser el verdadero y único sacrificio, mediante el cual fue liberado, no un solo pueblo de la dominación del Faraón, sino todo el mundo de la cautividad del diablo?

San León Magno
Sermón 60 sobre la Pasión del Señor (1-2: CCL 138A, 363-365)

martes, 17 de febrero de 2015

El momento es apremiante

Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida y nadie podría poner el pie en él ni avanzar un solo paso si Cristo, haciéndose él mismo camino, no hubiera facilitado el acceso; de modo que el autor del camino se ha hecho posibilidad para el caminante, pues él es al mismo tiempo el que introduce a la tarea y conduce al descanso. En efecto, en él se fundamenta nuestra esperanza de la vida eterna y en él tenemos un modelo de paciencia. Pues si padecemos con él, reinaremos con él, porque, como dice el Apóstol: Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él. De otra suerte presentamos una imagen falseada de la fe si no seguimos los preceptos de aquel de cuyo nombre nos gloriamos, preceptos que no nos serían onerosos y nos librarían de todo peligro, si no amáramos más que lo que se nos manda amar.

Dos son en efecto los tipos de amor que condicionan todo el universo volitivo, tan diversificados como lo son los núcleos de que proceden. Pues es un hecho de experiencia que el animal racional, que no puede vivir sin amar, o ama a Dios o ama al mundo. En el amor a Dios no caben excesos; en el amor al mundo, en cambio, todo es nocivo. En consecuencia, hemos de adherirnos inseparablemente a los bienes eternos y utilizar eventualmente los temporales, de modo que al peregrinar por la tierra con los ojos puestos en la patria, todo cuanto de próspero pudiera salirle al paso, lo considere como viático para el camino y no como invitación a instalarse. A esto nos exhorta el Apóstol cuando dice: El momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Pero quien se mece en la abundancia, en la belleza y variedad de las cosas, difícilmente logrará superar su atractivo a no ser que en la belleza de las cosas visibles ame más al Creador que a la criatura. Cuando él nos dice: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, quiere que por nada del mundo aflojemos los lazos de amor que nos unen a él. Y cuando a este mandamiento une estrechamente el amor al prójimo, nos ordena que imitemos su propia bondad, amando lo que él ama y haciendo lo que él hace.

Y aunque seamos campo de Dios y edificio de Dios; y si bien el que planta no significa nada ni el que riega tampoco, sino el que hace crecer, o sea, Dios, no obstante en todas las cosas exige la colaboración de nuestro ministerio y nos quiere dispensadores de sus bienes, a fin de que quien lleva la imagen de Dios, haga la voluntad de Dios. Por eso, en la oración dominical decimos con la máxima dedicación: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. ¿Qué es lo que pedimos con estas palabras, sino que Dios se someta al que todavía no le está sometido, y haga en la tierra a los hombres ejecutores de su voluntad, como los ángeles lo son en el cielo? Pidiendo esto, estamos amando a Dios, amamos también al prójimo, no con dos tipos de amor, sino con una misma dilección que nos hace desear que el siervo sirva y que el Señor impere.

San León Magno
Tratado 90 (2-3: CCL 138A, 558-561)

martes, 6 de enero de 2015

Dios ha manifestado su salvación en todo el mundo

La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo.

De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste.

Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel.

Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso, quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.

Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.

También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.

Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

San León Magno
Sermón 3 en la Epifanía del Señor (1-3.5: PL 54, 240-244)

miércoles, 31 de diciembre de 2014

El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz

Aunque aquella infancia, que la majestad del Hijo de Dios se dignó hacer suya, tuvo como continuación la plenitud de una edad adulta, y, después del triunfo de su pasión y resurrección, todas las acciones de su estado de humildad, que el Señor asumió por nosotros, pertenecen ya al pasado, la festividad de hoy renueva ante nosotros los sagrados comienzos de Jesús, nacido de la Virgen María; de modo que, mientras adoramos el nacimiento de nuestro Salvador, resulta que estamos celebrando nuestro propio comienzo.

Efectivamente, la generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y el nacimiento de la cabeza lo es al mismo tiempo del cuerpo,

Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión.

Cualquier hombre que cree –en cualquier parte del mundo–, y se regenera en Cristo, una vez interrumpido el camino de su vieja condición original, pasa a ser un nuevo hombre al renacer; y ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios.

Pues si él no hubiera descendido hasta nosotros revestido de esta humilde condición, nadie hubiera logrado llegar hasta él por sus propios méritos.

Por eso, la misma magnitud del beneficio otorgado exige de nosotros una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva. Y, como el bienaventurado Apóstol nos enseña, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, a fin de que conozcamos lo que Dios nos ha otorgado; y el mismo Dios sólo acepta como culto piadoso el ofrecimiento de lo que él nos ha concedido.

¿Y qué podremos encontrar en el tesoro de la divina largueza tan adecuado al honor de la presente festividad como la paz, lo primero que los ángeles pregonaron en el nacimiento del Señor?

La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad. El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo.

Que los que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios, ofrezcan, por tanto, al Padre la concordia que es propia de hijos pacíficos, y que todos los miembros de la adopción converjan hacia el Primogénito de la nueva creación, que vino a cumplir la voluntad del que le enviaba y no la suya: puesto que la gracia del Padre no adoptó como herederos a quienes se hallaban en discordia e incompatibilidad, sino a quienes amaban y sentían lo mismo. Los que han sido reformados de acuerdo con una sola imagen deben ser concordes en el espíritu.

El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz: y así dice el Apóstol: El es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, ya que, tanto los judíos como los gentiles, por su medio podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

San León Magno
Sermón 6 en la Natividad del Señor (2-3: PL 54, 213-216)

sábado, 31 de mayo de 2014

Por el camino del amor, también nosotros podemos ascender hasta Cristo

Exultemos, amadísimos, con gozo espiritual y, alegrándonos ante Dios con una digna acción de gracias, elevemos libremente los ojos del corazón hacia aquellas alturas donde se encuentra Cristo. Que los deseos terrenos no consigan deprimir a quienes tienen vocación de excelsitud, ni las cosas perecederas atraigan a quienes están predestinados a las eternas; que los falaces incentivos no retrasen a los que han emprendido el camino de la verdad. Pues de tal modo los fieles han de pasar por estas cosas temporales, que se consideren como peregrinos en el valle de este mundo. En el cual, aunque les halaguen ciertas comodidades, no han de entregarse a ellas desenfrenadamente, sino superarlas con valentía.

A una tal devoción nos incita efectivamente el bienaventurado apóstol Pedro. El, situado en la línea de aquella dilección que sintió renacer en su corazón al socaire de la trina profesión de amor al Señor, que le capacitaba para apacentar el rebaño de Cristo, nos hace esta recomendación: Queridos hermanos, os recomiendo que os apartéis de los deseos carnales, que os hacen la guerra. ¿A las órdenes de quién, sino a las del diablo, hacen la guerra los deseos carnales? El se empeña en uncir a los deleites de los bienes corruptibles a las almas que tienden a los bienes del cielo, tratando de alejarlas de las sedes de que él fue arrojado. Contra cuyas insidias debe todo fiel vigilar sabiamente, para que consiga rechazar a su enemigo sirviéndose de su misma tentación.

Queridos hermanos, nada hay más eficaz contra los engaños del diablo que la benignidad de la misericordia y la generosidad de la caridad, por la que se evita o vence cualquier pecado. Pero la sublimidad de esta virtud no se consigue sin antes eliminar lo que le es contrario. ¿Y hay algo más opuesto a la misericordia y a las obras de caridad que la avaricia, de cuya raíz procede el germen de todos los males? Por lo que si no se sofoca la avaricia en sus mismos incentivos, es inevitable que en el campo del corazón de aquel en quien la planta de este mal crece con toda pujanza, nazcan más bien las espinas y abrojos de los vicios, que semilla alguna de una verdadera virtud.

Resistamos, pues, amadísimos, a este pestífero mal y cultivemos la caridad, sin la que ninguna virtud puede resplandecer. De suerte que por este camino del amor, que Cristo recorrió para bajar a nosotros, podamos también nosotros subir hasta él. A él el honor y la gloria, juntamente con Dios Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Tratado 74 (5: CCL 138 A, 459-461)

viernes, 30 de mayo de 2014

Te reservo para cosas más sublimes, te preparo cosas mayores

Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han luchado, en todo el mundo, por esta fe, hasta derramar su sangre. Esta fe ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.

Por esto, los mismos apóstoles que, a pesar de los milagros que habían contemplado y de las enseñanzas que habían recibido, se acobardaron ante las atrocidades de la pasión del Señor y se mostraron reacios en admitir el hecho de la resurrección, recibieron un progreso espiritual tan grande de la ascensión del Señor, que todo lo que antes les era motivo de temor se les convirtió en motivo de gozo. Es que su espíritu estaba ahora totalmente elevado por la contemplación de la divinidad, sentada a la derecha del Padre; y al no ver el cuerpo del Señor podían comprender con mayor claridad que aquél no había dejado al Padre, al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo.

Entonces, amadísimos, el Hijo del hombre se mostró, de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre, y, al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad.

Entonces nuestra fe comenzó a adquirir un mayor y progresivo conocimiento de la igualdad del Hijo con el Padre, y a no necesitar de la presencia palpable de la sustancia corpórea de Cristo, según la cual es inferior al Padre; pues, subsistiendo la naturaleza del cuerpo glorificado de Cristo, la fe de los creyentes es llamada allí donde podrá tocar al Hijo único, igual al Padre, no ya con la mano, sino mediante el conocimiento espiritual.

He aquí la razón por la que el Señor, después de su resurrección, le dice a María Magdalena que —representando a la Iglesia— corría presurosa a tocarlo: Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Expresión cuyo sentido es éste: No quiero que vengas a mí corporalmente ni que me reconozcas a la sensibilidad del tacto: te reservo para cosas más sublimes, te preparo cosas mayores. Cuando haya subido al Padre, entonces me palparás con más perfección y mayor verismo, pues asirás lo que no tocas y creerás lo que no ves. Por eso, mientras los ojos de los discípulos seguían la trayectoria del Señor subiendo al cielo y lo contemplaban con intensa admiración, se les presentaron dos ángeles, resplandecientes en la admirable blancura de sus vestidos, que les dijeron: Galileos, ¿qué hacéis aquí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse.

Con estas palabras todos los hijos de la Iglesia eran invitados a creer que Jesucristo vendría visiblemente en la misma carne con que le habían visto subir; ni es posible poner en tela de juicio que todo le esté sometido, desde el momento en que el ministerio de los ángeles se puso enteramente a su servicio desde los albores de su nacimiento corpóreo. Y como fue un ángel quien anunció a la bienaventurada Virgen que iba a concebir por obra del Espíritu Santo, así también la voz de los espíritus celestes anunció a los pastores al recién nacido de la Virgen. Y lo mismo que los primeros testimonios de la resurrección de entre los muertos fueron comunicados por los nuncios celestes, de igual modo, por ministerio de los ángeles, fue anunciado que Cristo vendrá en la carne a juzgar al mundo. Todo esto tiene la misión de hacernos comprender cuán numeroso ha de ser el séquito de Cristo cuando venga a juzgar, si fueron tantos los que le sirvieron cuando vino para ser juzgado.

Tratado 74 (3-4: CCL 138 A, 458-459)

miércoles, 28 de mayo de 2014

La ascensión de Cristo es nuestra propia exaltación

Amadísimos: durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte.

Por esto, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la evidencia de la verdad que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo.

Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona de su Hijo.

Ahora bien, como quiera que la ascensión de Cristo es nuestra propia exaltación y adonde ha precedido la gloria de la cabeza, allí es estimulada la esperanza del cuerpo, alegrémonos, amadísimos, con dignos sentimientos de júbilo y deshagámosnos en sentidas acciones de gracias. Pues en el día de hoy no sólo se nos ha confirmado la posesión del paraíso, sino que, en Cristo, hemos penetrado en lo más alto del cielo, consiguiendo, por la inefable gracia de Cristo, mucho más de lo que habíamos perdido por la envidia del diablo. En efecto, a los que el virulento enemigo había arrojado de la felicidad de la primera morada, a ésos, incorporados ya a Cristo, el Hijo de Dios los ha colocado a la derecha del Padre: con el cual vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Tratado 73 (4-5: CCL A, 452-454)

martes, 27 de mayo de 2014

Demos gracias por la divina economía

Desde la feliz y gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo, con que el verdadero templo de Dios, destruido por la impiedad judaica, fue reconstruido en tres días por el divino poder, hoy se cumple, amadísimos, la sagrada cuarentena dispuesta por la divina economía y previsoramente utilizada para nuestra instrucción: de modo que al prolongar durante este tiempo su presencia corporal, dé el Señor la necesaria solidez a la fe en la resurrección con la aportación de las oportunas pruebas.

La muerte de Cristo había, en efecto, turbado profundamente el corazón de los discípulos y, viendo el suplicio de la cruz, la exhalación del último aliento, y la sepultura del cuerpo exánime, un cierto abatimiento difidente se había insinuado en los corazones apesadumbrados por la tristeza. Tanto que, cuando las santas mujeres anunciaron —como nos narra la historia evangélica— que la piedra del sepulcro estaba corrida, que la tumba estaba vacía y que habían visto ángeles que atestiguaban que el Señor vivía, estas palabras les parecieron a los apóstoles y demás discípulos afirmaciones rayanas con el delirio. Nunca el Espíritu de verdad hubiera permitido que una tal hesitación, tributo de la humana debilidad, prendiese en el corazón de sus predicadores, si aquella titubeante solicitud y aquella curiosa circunspección no hubiera servido para echar los cimientos de nuestra fe. En los apóstoles eran anticipadamente curadas nuestras turbaciones y nuestros peligros: en aquellos hombres éramos nosotros entrenados contra las calumnias de los impíos y contra las argucias de la humana sabiduría. Su visión nos instruyó, su audición nos adoctrinó, su tacto nos confirmó. Demos gracias por la divina economía y por la necesaria torpeza de los santos padres. Dudaron ellos, para que no dudáramos nosotros.

Por tanto, amadísimos, aquellos días que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no se perdieron ociosamente, sino que durante ellos se confirmaron grandes sacramentos, se revelaron grandes misterios.

En aquellos días se abolió el temor de la horrible muerte, y no sólo se declaró la inmortalidad del alma, sino también la de la carne. Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia en creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada, inmensamente mayor que la que tuvieron nuestros primogenitores, confusos por la propia prevaricación.

Tratado 73 (1-2: CCL 138 A, 450-452)