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domingo, 19 de octubre de 2014

Tanto amó Dios al mundo

Éste es el antídoto contra el mortífero veneno del pecado: una fe verdadera y viva en Cristo, una fe activa en la práctica del amor, del amor, sí, y de la caridad de Dios, ya que quien no tiene la caridad de Dios, no tiene a Dios: El que no ama permanece en la muerte.

Esta es la causa de la condenación, éste es el motivo por el que el mundo merece ser juzgado y condenado: que la luz vino al mundo, Dios se ha hecho hombre, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, la criatura al Creador, los errores, los vicios, los pecados, la muerte a la verdad, a las virtudes, a la gracia y a la vida eterna; prefirieron el mal al bien, llamando al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas.

Atención, pues, hermano, no sea que prefieras las tinieblas a la luz. Algo tienes que amar, pues al corazón le es tan connatural el amor como al fuego el calor y la luz al sol. Como objeto del amor se te proponen la luz y las tinieblas, Dios y el mundo, la virtud y el vicio, la vida y la muerte, el bien y el mal. Mira lo que vas a elegir: si prefieres las tinieblas a la luz, lo amargo a lo dulce, permaneces en la muerte. Dios es luz, el mundo, tiniebla; Dios es oro, el mundo, barro.

¡Ah, por favor, no seamos ingratos! Si Dios nos ama de todo corazón como un padre a sus muy amados hijos, más aún, como una madre amantísima —¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré—, amemos nosotros a Dios, como unos hijos buenos aman al mejor de los padres. Fíjate, oh hombre, cómo te amó Dios, que entregó a su Hijo único por ti, por tu salvación personal: Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí; Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Tanto amó Dios al mundo. Cuando el pueblo de Israel era gravemente oprimido en Egipto por la cruel tiranía del Faraón, Dios, movido a compasión, bajó del cielo y se apareció a Moisés. Se le apareció envuelto en las llamas de un fuego ardentísimo y en medio de las zarzas. ¿Qué significa todo esto? Cuando alguien quiere ponderar su gran amor por el amigo, dice: «¡Por ti me arrojaría al fuego!» Por eso Dios se apareció envuelto en llamas y en medio de las zarzas para demostrarnos el vehementísimo amor que siente por nosotros y que estaba dispuesto a padecer atroces tormentos por nosotros, como lo demuestra la pasión de Cristo.

Por esta razón, cuando bajó a entregarnos la ley, descendió también envuelto en llamas y en medio de tinieblas. Las llamas designan la pasión de las penas; las tinieblas, la muerte y la privación de todos los bienes; pues para dar al hombre la fuerza sobrenatural de observar la ley y así tener acceso a la vida eterna, para esto tenía que venir Dios a sufrir muchos tormentos y a morir. Así es de sabio, próvido, justo, fuerte, paciente, pío, leal el amor divino, adornado de toda clase de virtud.

Homilía 1 en el lunes después de Pentecostés (5-6: Opera omnia, t. 8, 1943, 85-87)

domingo, 21 de julio de 2013

Llora Cristo por la sinagoga, a la que tanto amaba

Lloró amargamente el patriarca Abrahán la muerte de Sara, su mujer, e Isaac la muerte de su madre. Lloró el pueblo de Israel la muerte del sumo sacerdote Aarón y Moisés, el gran profeta. Lloró David la muerte de Saúl y la de su hijo Absalón; deplora asimismo Cristo la suerte de Jerusalén. ¿Quién ignora que, en las Escrituras santas, la sinagoga es llamada esposa de Dios? Cristo es Dios; Jerusalén es la sinagoga.

Ve Cristo ya próxima la muerte de su esposa y, por eso, al ver la ciudad lloró por ella. De igual modo llora David a Absalón: ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío! Y Cristo le dice a Jerusalén: ¡Ojalá hubiera muerto yo en vez de ti, Jerusalén! Pues estoy dispuesto a morir por ti, con tal de que tú te salves. David amaba tiernamente a su hijo Absalón, a pesar de ser un impío y no obstante tramar la muerte de su padre para usurparle el reino: por eso lloraba, por eso deseaba morir en su lugar; lo mismo Cristo a Jerusalén: la amaba tiernamente y por eso llora por ella, porque, lo mismo que Absalón, estaba a punto de perecer. Llora por ella Cristo, y no solamente desea morir por su salvación, sino que de hecho muere. Pero el profundo dolor de Cristo estribaba en que ciertamente iba a morir en Jerusalén por su salvación, pero, por su culpa, la muerte de Cristo no había de ser para ella fuente de salvación, sino causa de una más grave condena.

Al ver la ciudad lloró por ella. En la pasión sobre la cruz, Cristo se dolía no tanto de las penas y de su propia muerte cuanto de saber que los hombres no habrían de valorar este beneficio: ¡Si al menos tú —dice— comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Nacemos todos hijos de la ira y enemigos de Dios; y Dios nos concede todo el tiempo de la presente vida para hacer las paces, para conseguir la gracia de Dios, para que, por fin, consigamos la gloria. Pero, por desgracia, es en lo que menos pensamos; al contrario, recayendo diariamente en el pecado nos vamos haciendo cada vez más enemigos de Dios. Y esto ocurre porque está escondido a nuestros ojos el fruto de la gracia y el fruto del pecado, que es la muerte eterna.

Sin embargo, ¡oh cristianos!, sabemos ciertamente esto: que el cielo y la tierra pueden ciertamente pasar, pero que las palabras de Cristo no pasarán. Conminó Cristo a Jerusalén con la total desolación y le predijo su destrucción a manos de los enemigos, y así sucedió. Nos predice a nosotros la condenación eterna, si no hacemos penitencia: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos; si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera, como en el diluvio y como perecieron en el fuego de la Pentápolis los hombres pecadores. Y ¿qué hacemos nosotros? ¿Penitencia por los pecados? ¿O más bien acumulamos pecados más graves a los ya cometidos? ¡Deplorable ceguera la nuestra!

Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad lloró porque no reconoció el momento de su venida. Por su entrañable misericordia nos visitó Dios para iluminarnos: anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados; nos visitó para salvarnos de nuestros pecados: para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Pero, por favor, hermanos, si queremos obrar de este modo, debemos tener siempre presente nuestro fin. De esta forma, teniendo presente la muerte, sabremos discernir las falacias del mundo y dirigiremos nuestra vida por caminos de santidad y justicia.

Homilía 2 en el domingo noveno de Pentecostés (6-7: Opera omnia, t. 8, 514-517)