sábado, 8 de marzo de 2014

La amistad de Dios

Nuestro Señor Jesucristo, Palabra de Dios, comenzó por atraer hacia Dios a los siervos, y luego liberó a los que se le habían sometido, como él mismo dijo a sus discípulos: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Pues la amistad de Dios otorga la inmortalidad a quienes la aceptan.

Al principio, y no porque necesitase del hombre, Dios plasmó a Adán, precisamente para tener en quien depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de Adán, sino antes también de cualquier creación, la Palabra glorificaba ya a su Padre, permaneciendo junto a él, y, a su vez, era glorificada por el Padre, como la misma Palabra dijo: Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese.

Ni nos mandó que lo siguiésemos porque necesitara de nuestro servicio, sino para salvarnos a nosotros. Porque seguir al Salvador equivale a participar de la salvación, y seguir a la luz es lo mismo que quedar iluminado.

Efectivamente, quienes se hallan en la luz no son los que iluminan a la luz, sino ésta la que los ilumina a ellos; ellos, por su parte, no dan nada a la luz, mientras que, en cambio, reciben su beneficio, pues se ven iluminados por ella.

Así sucede con el servir a Dios, que a Dios no le da nada, ya qué Dios no tiene necesidad de los servicios humanos; él, en cambio, otorga la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, con lo que beneficia a los que lo sirven por el hecho de servirlo, y a los que lo siguen por el de seguirlo, sin percibir beneficio ninguno de parte de ellos: pues Dios es rico, perfecto y sin indigencia alguna.

Por eso él requiere de los hombres que lo sirvan, para beneficiar a los que perseveran en su servicio, ya que Dios es bueno y misericordioso. Pues en la misma medida en que Dios no carece de nada, el hombre se halla indigente de la comunión con Dios.

En esto consiste precisamente la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios. Y por esta razón decía el Señor a sus discípulos: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido, dando a entender que no lo glorificaban al seguirlo, sino que, por seguir al Hijo de Dios, era éste quien los glorificaba a ellos. Y por esto también dijo: Este es mi deseo: que éstos estén donde yo estoy y contemplen mi gloria.

Tratado sobre las herejías (Lib 4, 13, 4-14, 1: SC 100, 534-540)

viernes, 7 de marzo de 2014

Una Meditación y una Bendición

La oración es luz del alma

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a untiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma.

Homilía 6 sobre la oración (PG 64, 462-466)

jueves, 6 de marzo de 2014

Una Meditación y una Bendición

Purificación espiritual por el ayuno y la misericordia

Siempre, hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y la misma creación natural es, para cada fiel, verdadero adoctrinamiento que lo lleva a la adoración de Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos hay manifiestan la bondad y omnipotencia de su autor, y la admirable belleza de todos los elementos que le sirven está pidiendo a la criatura inteligente una acción de gracias.

Pero cuando se avecinan estos días, consagrados más especialmente a los misterios de la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige, con más urgencia, una preparación y una purificación del espíritu.

Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que, desde hace tiempo, se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos.

Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo, como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la perfección, debemos esforzarnos para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos vicios el día de la redención.

Por ello, en estos días, hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos, esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios.

Y no hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que, bajo la única denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles.

Porque el amor, que debemos tanto a Dios como a los hombres, no se ve nunca impedido hasta tal punto que no pueda querer lo que es bueno. Pues, de acuerdo con lo que cantaron los ángeles: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, el que se compadece caritativamente de quienes sufren cualquier calamidad es bienaventurado no sólo en virtud de su benevolencia, sino por el bien de la paz.

Las realizaciones del amor pueden ser muy diversas y, así, en razón de esta misma diversidad, todos los buenos cristianos pueden ejercitarse en ellas, no sólo los ricos y pudientes, sino incluso los de posición media y aun los pobres; de este modo, quienes son desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que la hacen.

Sermón sobre la Cuaresma (1-2; PL 54, 285-287)

miércoles, 5 de marzo de 2014

Una Meditación y una Bendición

Todo el cuerpo de la Iglesia ha de estar purificado de cualquier tipo de corrupción

Carísimos: entre todos los días que la devoción cristiana celebra con especiales muestras de honor, ninguno tan excelente como la festividad pascual, que consagra en la Iglesia de Dios la dignidad de todas las demás solemnidades. En realidad, hasta la misma generación materna del Señor está orientada a este sacramento, y el Hijo de Dios no tuvo otra razón de nacer, que la de poder ser crucificado. En efecto, en el seno de la Virgen fue asumida una carne mortal; en esta carne mortal se llevó a cabo la economía de la pasión; y, por un designio inefable de la misericordia de Dios, se convirtió en sacrificio de redención, en abolición del pecado y en primicias de la resurrección para la vida eterna. Y si consideramos lo que el mundo entero ha recibido por la cruz del Señor, reconoceremos que para celebrar el día de la Pascua con razón nos preparamos con un ayuno de cuarenta días, a fin de poder participar dignamente en los divinos misterios.

Pues no sólo los supremos pastores o los sacerdotes de segundo rango, ni solos los ministros de los sacramentos, sino todo el cuerpo de la Iglesia y la universalidad de los fieles ha de estar purificada de cualquier tipo de corrupción, para que el templo de Dios –que tiene como cimiento al mismo fundador– sea magnífico en todas sus piedras y luminoso en todas sus partes. Porque si es razonable que se embellezcan con toda clase de adornos las mansiones de los reyes y los palacios de los supremos jerarcas, de suerte que posean moradas más suntuosas aquellos que están en posesión de mayores méritos, ¡con qué esmero no habrá de edificar y con cuánto primor no convendrá decorar la mansión de la misma Deidad! Mansión que aun cuando no pueda iniciarse ni consumarse sin el concurso de su autor, exige sin embargo la colaboración de quien la construye, participando con la propia fatiga en su edificación. El material utilizado en la construcción de este templo es un material vivo y racional, que el espíritu de gracia incita para que voluntariamente se coadune en un todo compacto. Este material es amado y es buscado, para que a su vez busque el que no buscaba y ame el que no amaba, de acuerdo con lo que dice el apóstol san Juan: Nosotros debemos amarnos unos a otros, porque Dios nos amó primero.

Formando, pues, los fieles, global y singularmente considerados, un único y mismo templo de Dios, éste debe ser perfecto en la singularidad de sus miembros como lo es en la' universalidad. Y si bien la belleza de los miembros no es idéntica, ni es posible la igualdad de los méritos, dada la variedad de las partes, sin embargo el aglutinante de la caridad consigue una armoniosa comunión. Pues los que están vinculados por un santo amor, aun cuando no todos participen de los mismos beneficios de la gracia, todos no obstante se alegran mutuamente de sus bienes, y no puede serles extraño nada de lo que aman, por cuanto redunda en propio enriquecimiento la alegría que experimentan en el progreso ajeno.

Tratado 48 (CCL 138A 279-280)