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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Su gloria llenará la tierra

Nuevo es el himno, o el cántico, como corresponde a la novedad de las cosas: El que es de Cristo es una criatura nueva. Pues está escrito: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Los israelitas fueron rescatados de la tiranía de los egipcios por la mano del sapientísimo Moisés: fueron liberados del trabajo de los ladrillos y de los vanos sudores de las preocupaciones terrenas, de la sevicia de los capataces y de la crueldad del faraón. Atravesaron por medio del mar, comieron el maná en el desierto, bebieron el agua de la roca, atravesaron el Jordán a pie enjuto, entraron en la tierra prometida.

Pues bien: todo esto se renueva en nosotros de un modo incomparablemente mejor que en la antigüedad. En efecto, nos hemos emancipado, no de la esclavitud carnal sino de la espiritual, y en vez de las preocupaciones terrenas, hemos sido liberados de toda mancha de codicia carnal; no nos hemos librado de los capataces egipcios ni de un tirano impío y despiadado, hombre al fin y al cabo como nosotros, sino más bien de los malvados y nefandos demonios que nos inducen al pecado, y del jefe de semejante grey, o sea, de Satanás.

Hemos atravesado, como un mar, el oleaje de la presente vida con su cortejo de innumerables y vanas agitaciones. Hemos comido el maná espiritual e intelectual, y el pan del cielo que da vida al mundo; hemos bebido el agua que brotaba de la roca, es decir, de las aguas cristalinas de Cristo, abundantes, deliciosas. Hemos atravesado el Jordán a través del inapreciable don del bautismo. Hemos entrado en la tierra prometida y digna de los santos, de la que el mismo Salvador hace mención cuando dice: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Era por tanto conveniente que por estos acontecimientos nuevos el reino de Cristo, esto es, todos los que sumisos le obedecen, cantaran un cántico nuevo. Y este himno o, lo que es lo mismo, esta digna glorificación, debe ser cantado no sólo por los judíos, sino desde el uno al otro confín de la tierra, es decir, por todos cuantos viven en la tierra entera. En otro tiempo Dios se manifestaba en Judá y en solo Israel era grande su fama. Pero una vez que hemos sido llamados por Cristo al conocimiento de la verdad, el cielo y la tierra están llenos de su gloria. Así lo afirma el salmista: Su gloria llenará la tierra.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 1: PG 70, 859-861)

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Dichosos los que derraman su sangre por causa de Dios

Todos cuantos ejecutan los mandatos del Salvador, en cada una de sus acciones son mártires, es decir, testigos, haciendo lo que él quiere, llamándolo consiguientemente Señor, y dando testimonio con los hechos de que están convencidos de que lo es de verdad; éstos han crucificado su carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. A los hombres débiles les parece violentísima la muerte con que se da testimonio cruento al Señor, ignorando que esta puerta de la muerte es el principio de la verdadera vida: no quieren comprender ni los honores que se rinden después de la muerte a los que vivieron santamente, ni los suplicios de quienes se condujeron injusta y licenciosamente, y no me refiero tan sólo al testimonio de nuestras Escrituras, pero es que ni siquiera a los discursos de los suyos quieren dar oídos. Pues Pitágoras escribe a Teano: «En realidad, la vida sería un suculento banquete para los malvados que mueren después de haber cometido toda clase de fechorías, si el alma no fuese inmortal: la muerte sería para ellos una ganancia».

Sabemos que Dios hace que todas las cosas contribuyan al bien de los que le aman, de los que han sido llamados según su voluntad. A los que de antemano conoció, a ésos los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que sea él el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. Fíjate cómo el martirio se nos enseña por conducto del amor. Y si quisieras ser mártir para obtener la remuneración de los buenos, nuevamente oirás: Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia. Y Pedro dice: Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia.

Así pues, el gnóstico jamás considerará la vida material como el fin de la vida, sino que tratará más bien de ser siempre feliz, bienaventurado y amigo regio de Dios, y aun cuando alguien quisiere tildarle de infamia, castigarlo con el destierro o con la confiscación de los bienes o, finalmente, condenarlo a muerte, nunca podrá privarle de la libertad y, sobre todo, nada podrá separarlo del amor de Dios: El amor todo lo aguanta, todo lo soporta, porque está convencido de que la divina providencia lo gobierna todo con justicia.

Aunque somos hombres y procedemos como tales, no militamos con miras humanas; las armas de nuestro servicio no son humanas, es Dios quien les da potencia para derribar fortalezas: derribamos sofismas y cualquier torreón que se yerga contra el conocimiento de Dios. Pertrechado con estas armas el gnóstico dice: ¡Oh Señor, bríndame la ocasión y acepta mi actuación; que me suceda cualquier cosa grave y terrible: yo desprecio los peligros porque tengo mi amor puesto en ti!

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Y, por encima de todo, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos vosotros los que todavía moráis en el cuerpo, como los antiguos justos, tomando posesión de la tranquilidad del alma y de la inmunidad de las pasiones.

Los tapices (Lib 4, 7: PG 8, 1255.1259.1263.1266.1267)

viernes, 17 de octubre de 2014

El hombre inmortal es un magnífico himno de Dios

Buscad a Dios, y vivirá vuestro corazón. Quien busca a Dios, negocia activamente su propia salvación. ¿Encontraste a Dios? Posees la vida. Busquemos, pues, a fin de seguir viviendo. La recompensa de la búsqueda es la vida junto a Dios. Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan; y digan siempre: «Dios es grande».

El hombre inmortal es un magnífico himno de Dios: está cimentado sobre la justicia y en él se hallan esculpidas las sentencias de la verdad. En efecto, ¿dónde inscribir la justicia sino en el alma prudente?, ¿dónde la caridad?, y el pudor, ¿dónde?, y la mansedumbre, ¿dónde? Tales son, a mi juicio, los divinos caracteres que los hombres han de imprimir en su alma, deben seguidamente considerar la sabiduría como un buen punto de partida para cualquier etapa sobre los caminos de la vida; ver en esta misma sabiduría un puerto de salvación, al abrigo de tempestades; por ella son buenos padres para con sus hijos los que se refugiaron junto al Padre, son buenos hijos para con sus padres los que han conocido al Hijo, son buenos maridos para con sus mujeres los que se acuerdan del Esposo, son buenos amos para con sus criados los que han sido liberados de la peor de las esclavitudes.

Y vosotros que habéis malversado tantos años viviendo en la impiedad, ¿no se os acabará cayendo la cara de vergüenza por haberos comportado más irracionalmente que los animales carentes de razón? Habéis sido primeramente niños, luego adolescentes, después jóvenes, y más tarde hombres, pero jamás virtuosos. Respetad al menos la ancianidad; cuando habéis llegado ya al ocaso de la vida entrad en razón; conoced a Dios aunque no sea más que al final de la existencia, para que este final de vuestra vida ceda el paso al comienzo de vuestra salvación.

Así pues, ¡cuánto mejor es para el hombre no querer apetecer desde un principio lo que está prohibido, que obtener el objeto de sus deseos! Vosotros, por el contrario, no soportáis lo que la salud comporta de austeridad. Y sin embargo, lo mismo que, de entre los alimentos, nos deleitan los que son dulces y los preferimos atraídos por lo agradable de su gusto, y no obstante son los amargos, que hieren e irritan el paladar, los que nos curan y restituyen la salud, e incluso lo amargo de la medicación fortalece y robustece a las personas delicadas de estómago, así también la costumbre nos resulta agradable y nos cosquillea, pero acaba empujándonos al abismo, mientras que la verdad nos eleva al cielo. La verdad es, de entrada, más ruda, pero después es «una excelente nodriza para los jóvenes»; la verdad es un grave y honesto gineceo y un prudente senado. No es de difícil acceso, ni imposible de conseguir; al contrario, está cerquísima y habita en nosotros como en una casa, y, como insinúa simbólicamente aquel hombre adornado de toda clase de sabiduría que fue Moisés, reside en estos tres miembros nuestros: en las manos, en la boca y en el corazón. Aquí tenemos un auténtico símbolo de la verdad, para cuya consecución se necesitan insobornablemente estos tres requisitos: la voluntad, la acción y la palabra.

Exhortación a los paganos (Cap 10: PG 8, 223-228)

martes, 1 de julio de 2014

Yo soy vuestro preceptor

Con razón el Logos es llamado pedagogo, pues a nosotros, niños, nos conduce a la salvación. Por eso ha dicho clarísimamente de sí mismo por boca del profeta Oseas: Yo soy vuestro preceptor. Pedagogía es, el culto divino, comprensivo de una educación en el servicio de Dios, de una introducción al conocimiento de la verdad y de una buena formación que conduce al cielo.

La palabra pedagogía es polivalente: está la pedagogía del que es conducido y enseñado y la del que conduce y enseña; pedagogía es, en tercer lugar, la misma formación recibida y, en cuarto lugar, las materias objeto del aprendizaje, por ejemplo, los mandamientos. Existe la pedagogía según Dios, que es la señalización del recto camino hacia la verdad, en orden a la contemplación de Dios, así como la indicación de una conducta santa que tiene como meta la eterna perseverancia. Como el general conduce a su ejército velando por la seguridad de sus soldados, y como el piloto maneja el timón de la nave atento a la salvación de los pasajeros, así también el pedagogo conduce a los niños a un tenor de vida saludable, en aras de su solicitud por nosotros. Y, en general, todo cuanto razonablemente pudiéramos pedir a Dios, lo obtendremos si obedecemos al pedagogo.

Ahora bien, así como no siempre el piloto se deja llevar por la marea, sino que a veces, poniendo proa a la tempestad, resiste a todas las borrascas, así tampoco el pedagogo expone al pequeño a los vientos que soplan en nuestro mundo, ni menos le abandona a merced de ellos, cual bajel, para que se estrelle entregándose a una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo cuando el ánimo del muchacho es impulsado a lo alto por el espíritu de verdad, empuña fuertemente el timón del niño —me estoy refiriendo a sus oídos—, y no lo suelta hasta haberle conducido, sano y salvo, al puerto celestial. Porque si lo que los hombres califican de costumbres patrias es de escasa duración, la formación recibida de Dios es una adquisición que permanece para siempre.

Nuestro pedagogo es el Dios santo, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera; el mismo Dios, que ama a los hombres, es el pedagogo. De él habla el Espíritu Santo en un pasaje del Cántico: Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos; lo rodeó cuidando de él; lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada, revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él. Aquí la Escritura nos presenta, según creo, al pedagogo, indicándonos cuál es su misión. Nuevamente se presenta a sí mismo como pedagogo, cuando se expresa así hablando en primera persona: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.

El pedagogo (Lib 1, cap 7: PG 8, 315-318)

lunes, 5 de mayo de 2014

En seguir a Cristo está nuestra salvación

Bautizados, somos iluminados; iluminados, recibimos la adopción filial; adoptados, se nos conduce a la perfección; perfeccionados, se nos da el don de la inmortalidad. Dice la Escritura: Yo declaro: Sois dioses e hijos del Altísimo todos. Esta operación recibe nombres diversos: gracia, iluminación, perfección, baño. Baño, porque en él nos purificamos de nuestros pecados; gracia, porque se nos condonan las penas debidas por el pecado; iluminación, que nos facilita la visión de aquella santa y salvífica luz, esto es, que nos posibilita la contemplación de Dios; y llamamos perfecto a lo que no carece de nada. Sería realmente absurdo llamar gracia de Dios a una gracia que no sea perfecta y completa en todos los sentidos: el que es perfecto, distribuirá normalmente dones perfectos.

Si en el plano de la palabra, nada más ordenarlo todo vino a la existencia, en el plano de la gracia, bastará que él quiera otorgarla para que esa gracia sea plena. Lo que ha de suceder en un futuro, es anticipado gracias al poder de su voluntad. Añádase a esto que la liberación de los males es ya el comienzo de la salvación. No bien hemos pisado los umbrales de la vida, ya somos perfectos: y comenzamos a vivir en el instante mismo en que se nos separa de la muerte. Por tanto, en seguir a Cristo está nuestra salvación. Lo que ha sido hecho en él, es vida. Os lo aseguro —dice—: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado de la muerte a la vida. Así pues, el solo hecho de creer y de ser regenerado es la perfección en la vida, pues Dios jamás es deficiente.

Del mismo modo que su querer es ya una realidad y una realidad que llamamos mundo, de igual modo su proyecto es la salvación de los hombres, una salvación que lleva el nombre de Iglesia. Conoce, pues, a los que él llamó y salvó: porque a un mismo tiempo los llamó y los salvó. Vosotros mismos —dice el Apóstol— habéis sido instruidos por Dios. Sería, en efecto, blasfemo considerar imperfecta la enseñanza del mismo Dios. Y lo que de él aprendemos es la eterna salvación del Salvador eterno: a él la gracia por los siglos de los siglos. Amén.

Apenas uno es regenerado cuando —como su mismo nombre lo indica— queda iluminado, es inmediatamente liberado de las tinieblas y es gratificado automáticamente con la luz. Somos totalmente lavados de nuestros pecados y, de pronto, dejamos de ser malos. Esta es la gracia singular de la iluminación: nuestra conducta no es la misma que antes de descender a las aguas bautismales. Pero dado que el conocimiento se origina a la vez que la iluminación, ilustrando la mente, y los que éramos rudos e ignorantes inmediatamente nos oímos llamar discípulos, ¿es esto debido a que la iniciación susodicha se nos dio previamente? Imposible precisar el momento. Lo cierto es que la catequesis conduce a la fe y que la fe nos la enseña el Espíritu Santo juntamente con el bautismo. Ahora bien, que la fe es el único y universal camino de salvación de la naturaleza humana y que la ecuanimidad y comunión del Dios justo y filántropo es la misma para con todos, lo expuso clarísimamente Pablo, diciendo: Antes de que llegara la fe, estábamos prisioneros, custodiados por la ley, esperando que la fe se revelase. Así, la ley fue nuestro pedagogo, hasta que llegara Cristo y Dios nos aceptara por la fe Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedago. ¿No acabáis de oír que ya no estamos bajo la ley del temor, sino bajo el Logos, que es el pedagogo del libre albedrío? A continuación añade Pablo una expresión libre de cualquier tipo de parcialidad: Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.

El Pedagogo (Lib 1, cap. 6, 2627.3031: SC 70, 159161.167)

domingo, 8 de septiembre de 2013

Adorar a Dios mediante la verdadera santidad de las obras y del conocimiento

¿No es verdad que quien peregrina hacia Dios por el amor —aunque su tienda se vea todavía visible en la tierra—, no se desentiende ciertamente de la vida, pero sí que aparta a su alma de las pasiones, vive incluso en la mortificación de sus apetitos y no dispone ya del propio cuerpo, al que sólo le permite lo estrictamente necesario, para no ofrecerle en bandeja motivos de disolución?

¿Cómo va a necesitar aún de fortaleza quien está libre de todo mal, como si ya no viviera en este mundo y todo su ser estuviera con aquel a quien ama? ¿Qué uso va a hacer de la templanza, quien no la necesita? Tener apetencias tales que sea preciso recurrir a la templanza para reprimirlas, no es propio de quien está ya limpio, sino de aquel que todavía está bajo el dominio de las pasiones. La fortaleza tiene como misión vencer el miedo y la timidez. Es efectivamente indecoroso que el amigo de Dios, a quien Dios predestinó antes de crear el mundo a formar en las filas de los hijos adoptivos, sea juguete de las pasiones y temores y haya de emplearse en mantener a raya las perturbaciones del alma.

Más me atrevería a decir: así como uno es predestinado en base a sus obras futuras y a las consecuencias que de ellas se derivarán, así también él tiene por predestinado a aquel a quien ama por aquel a quien conoce: pues él no conoce el futuro a base de conjeturas más o menos ciertas como la mayor parte de los hombres que viven de conjeturas, sino que por conocimiento de fe recibe como cosa cierta lo que para los demás es incierto y oscuro. Y por la caridad le está ya presente el futuro.

En efecto, él ha creído —por profecía y por presencia—al Dios que no miente; por eso posee lo que ha creído y obtiene la promesa, pues es la verdad la que ha prometido; y como quiera que el que ha prometido es digno de fe, recibe con plena seguridad, mediante el conocimiento, el fin de la promesa.

Y el que conoce que el estado en que se encuentra le confiere la segura comprensión de las cosas futuras, va al encuentro del futuro por caridad. En consecuencia, no ansiará ciertamente conseguir los bienes de aquí abajo, persuadido como está de conseguir los que en realidad son los bienes verdaderos; deseará más bien poseer aquella fe que colme plenamente sus deseos: deseará, además, que cuantos más mejor lleguen a ser semejantes a él, para gloria de Dios, que alcanza su perfección mediante el conocimiento. Porque aquel que se asemeja al Salvador, se convierte él mismo en instrumento de salvación, por cuanto a la naturaleza humana le asiste la posibilidad de reproducir su imagen obedeciendo en todo sus mandamientos. Esto es adorar a Dios, mediante la verdadera santidad de las obras y del conocimiento.

Los tapices (Lib 6: PG 9, 295-298)

viernes, 30 de agosto de 2013

Revistámonos con las armas de la paz

Es la Verdad la que clama: Brille la luz del seno de las tinieblas. Sí, que brille la luz en la zona más oculta del hombre, es decir, en su corazón, e irradien los rayos de la ciencia que, con su esplendor, revelen al hombre interior, al discípulo de la luz, al familiar y coheredero de Cristo; sobre todo cuando el hijo bueno y piadoso haya llegado al conocimiento del augusto y venerable nombre del Padre bueno, que manda cosas fáciles y salutíferas a su hijo.

El que le obedece es superior con mucho a todas las cosas, sigue a Dios, obedece al Padre, llegó a conocerle por el camino del error, amó a Dios, amó al prójimo, cumplió lo mandado, espera el premio, exige lo prometido. El plan de Dios fue siempre el de salvar la grey de los hombres: por eso el Dios bueno envió al buen Pastor. En cuanto al Verbo, después de haber explicado la verdad, mostró a los hombres la grandeza de la salvación, para que, o bien movidos a penitencia consiguieran la salvación, o bien, si se negasen a obedecer, se hicieran reos de condenación. Esta es la predicación de la justicia, que es una buena noticia para quienes obedecen; en cambio, para los demás, para los que no quisieran obedecer, es motivo de condenación.

Ahora bien: una trompeta guerrera puede legítimamente congregar con su toque a los soldados y anunciar el comienzo de la batalla; ¿y no le va a estar permitido a Cristo, que hace oír su dulce himno de paz hasta los confines de la tierra, reunir a sus pacíficos guerreros? Sí, hombre; congregó con su sangre y su palabra un ejército incruento, al que ha hecho entrega del reino de los cielos.

La trompeta de Cristo es su evangelio. El mismo tocó la trompeta, y nosotros la hemos oído. Revistámonos con las armas de la paz: por coraza poneos la justicia, tened embrazado el escudo de la fe y puesto el casco de la salvación, y desenvainemos además la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios. Con este atuendo de paz nos pertrecha el Apóstol. Estas son nuestras armas, armas que nos hacen invulnerables a todo evento. Pertrechados con estas armas, estemos firmes en el combate contra el adversario, apaguemos las flechas incendiarias del malo, intercambiando los beneficios recibidos con himnos de alabanza y honrando a Dios por medio del Verbo divino. Entonces clamarás al Señor —dice— y te dirá: «Aquí estoy».

¡Oh santo y dichoso poder, por el que Dios mora con los hombres! ¡Bien vale la pena que el hombre se convierta en imitador y adorador de una naturaleza tan sumamente buena y excelente! No es lícito, en efecto, imitar a Dios de otro modo que honrándolo santamente; ni honrarlo y venerarlo sino imitándolo. Porque sólo entonces el celestial y verdaderamente divino amor se granjea la voluntad de los hombres, cuando resplandeciere en la misma alma la verdadera belleza suscitada por el Verbo. Lo cual se realiza en grado superlativo, cuando la salvación corre a la par de una sincera voluntad; y la vida pende, por decirlo así, libremente del mismo yugo.

En conclusión: esta exhortación de la verdad es la única que permanece con nosotros hasta el último aliento, como el más fiel amigo; y si alguien se dirige hacia el cielo, ella es el mejor guía para el espíritu íntegro y perfecto del alma. ¿Que para qué te exhorto? Ni más ni menos que para que te salves. Esto es lo que Cristo quiere: y, para decirlo todo en una sola palabra, él es quien te comunica la vida. Y ¿quién es él? Te lo diré en pocas palabras: la Palabra de verdad, la Palabra que preserva de la muerte, que regenera al hombre reduciéndolo a la verdad; es el estímulo de la salvación, que ahuyenta la ruina, expulsa la muerte, edifica un templo en los hombres para establecer en ellos la morada de Dios. Procura que este templo sea puro, y abandona al viento y al fuego, como flores caducas, los placeres y la molicie. Cultiva, en cambio, con prudencia los frutos de la templanza, y consagra tu ser a Dios como primicia, para que suya sea no sólo la obra, sino también la gracia de la obra. Ambas cosas se requieren del discípulo de Cristo: que se muestre digno del reino y que sea juzgado digno del reino.

Exhortación a los paganos (Cap 11; PG 8, 235-238)