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domingo, 27 de noviembre de 2016

Este tiempo nos recuerda las dos venidas del Señor

Debéis saber, carísimos hermanos, que este santo tiempo que llamamos Adviento del Señor, nos recuerda dos cosas: por eso nuestro gozo debe referirse a estos dos acontecimientos, porque doble es también la utilidad que deben reportarnos.

Este tiempo nos recuerda las dos venidas del Señor, a saber: aquella dulcísima venida por la que el más bello de los hombres y el deseado de todas las naciones, es decir, el Hijo de Dios, manifestó a este mundo su presencia visible en la carne, presencia largamente esperada y ardientemente deseada por todos los padres: es la venida por la que vino a salvar a los pecadores. La segunda venida –que hemos de esperar aún con inquebrantable esperanza y recordar frecuentemente con lágrimas— es aquella en la que nuestro Señor, que primero vino oculto en la carne, vendrá manifiesto en su gloria, como de él cantamos en el Salmo: Vendrá Dios abiertamente, esto es, el día del juicio, cuando aparecerá para juzgar.

De su primera venida se percataron sólo unos pocos justos; en la segunda se manifestará abiertamente a justos y réprobos, como claramente lo insinúa el Profeta cuando dice: Y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. Propiamente hablando, el día que dentro de poco celebraremos en memoria de su nacimiento nos lo presenta nacido, es decir, que nos recuerda más bien el día y la hora en que vino a este mundo; en cambio este tiempo que celebramos como preparación para la Navidad, nos recuerda al Deseado, esto es, el gran deseo de los santos padres que vivieron antes de su venida.

Con muy buen acuerdo ha dispuesto en consecuencia la Iglesia que en este tiempo se lean las palabras y se traigan a colación los deseos de quienes precedieron la primera venida del Señor. Y este su deseo no lo celebramos solamente un día, sino durante un tiempo más bien largo, pues es un hecho de experiencia que si sufre alguna dilación la consecución de lo que ardientemente deseamos, una vez conseguido nos resulta doblemente agradable.

A nosotros nos corresponde, carísimos hermanos, seguir los ejemplos de los santos padres y recordar sus deseos, para así inflamar nuestras almas en el amor y el deseo de Cristo. Pues debéis saber, hermanos, que la celebración de este tiempo fue establecida para hacernos reflexionar sobre el ferviente deseo de nuestros santos padres en relación con la primera venida de nuestro Señor, y para que aprendamos, a ejemplo suyo, a desear ardientemente su segunda venida.

Debemos considerar los innumerables beneficios que nuestro Señor nos hizo con su primera venida, y que está dispuesto a concedérnoslos aún mayores con su segunda venida. Dicha consideración ha de movernos a amar mucho su primera venida y a desear mucho la segunda. Y si no tenemos la conciencia tan tranquila como para atrevernos a desear su venida, debemos al menos temerla, y que este temor nos mueva a corregirnos de nuestros vicios: de modo que si aquí no podemos evitar el temor, al menos que, cuando venga, no tengamos miedo y nos encuentre tranquilos.

Sermón 1 sobre la venida del Señor (PL 195, 209-210)

jueves, 1 de octubre de 2015

En nuestra Pascua, Cristo es inmolado no en figura, sino en realidad

Ya sabéis, carísimos hermanos, que en esta vida mortal nos es imposible celebrar la Pascua sin verduras amargas, es decir, sin la amargura de la vida. Como muy bien sabe vuestra caridad, Pascua significa «paso». Si no me falla la memoria, en las sagradas Escrituras encontramos un triple paso, correspondiente a tres pascuas. En efecto, cuando Israel salió de Egipto, se celebró la Pascua, realizándose el paso de los judíos a través del Mar Rojo, de la esclavitud a la libertad, de las ollas de carne al maná de los ángeles.

Se celebró otra Pascua cuando, no sólo los judíos, sino todo el género humano pasó de la muerte a la vida, del yugo del diablo al yugo de Cristo, de la esclavitud de las tinieblas a la libertad de la gloria de los hijos de Dios, del alimento inmundo de los vicios a aquel pan verdadero, verdadero pan de los ángeles, que dice de sí mismo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Se celebrará gozosamente una tercera Pascua, cuando demos el paso de la mortalidad a la inmortalidad, de la corrupción a la incorrupción, de la miseria a la felicidad, de la fatiga al descanso, del temor a la seguridad. La primera es la pascua de los judíos, la segunda la de los cristianos, la tercera la de los santos y perfectos. En la pascua de los judíos se inmoló un cordero, en nuestra pascua es inmolado Cristo, finalmente, en la pascua de los santos y de los perfectos Cristo es glorificado. Considerad los grados y diferencias de estas solemnidades, considerad cómo Cristo opera nuestra salvación, él que alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto.

Pues en la pascua judía se inmoló un cordero, pero según un lenguaje figurativo y arcano, en ese cordero es inmolado Cristo. En nuestra Pascua, Cristo es inmolado no en figura, sino en realidad. En la pascua de los santos y de los perfectos, Cristo ya no es inmolado, sino que más bien será manifestado. En aquella primera pascua estaba prefigurada la pasión de Cristo, en la segunda se lleva a cabo la pasión, en la tercera se pone de manifiesto el fruto de dicha pasión en la potencia de la resurrección. De esta forma, la sabiduría vence a la malicia.

En efecto, mi Señor Jesús, fuerza de Dios y sabiduría de Dios, venció con sabiduría, suavidad y vigor la malicia de aquella antigua serpiente. Porque la malicia es una taimada astucia, que genera y comprende dos vicios: la soberbia y la envidia. La soberbia es el origen de todo pecado y por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo. Pues bien, a esta malicia que echó a perder todo el género humano, Cristo Jesús, mi Señor, sabiamente la venció por completo y de modo no menos fuerte que suave.

Beato Elredo de Rievaulx
Sermón en el día de Pascua (Edit. C.H. Talbot, SSOC, vol 1, 94-95)

sábado, 19 de septiembre de 2015

La tierra estaba llena de la gloria del Señor

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la tierra estaba llena de su gloria. ¡Oh tiempo deseable, tiempo favorable, tiempo que anhelan todos los santos, pidiendo cada día en la oración: Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo! La tierra estaba llena de su gloria. Veo esta tierra que piso, siento esta tierra que soy yo: en ambas fatiga, en ambas gemidos, en ambas veo más bien la ira de Dios que su gloria. Todavía reina el príncipe de este mundo sobre los rebeldes. Diariamente se yergue contra los creyentes y a duras penas hallarás un santo que se vea libre de sus acometidas. Y sin embargo, la tierra está llena de su gloria.

Sé muy bien que esta tierra que piso se verá libre de la esclavitud de la corrupción y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, y dirá el que está sentado en el trono: Ahora hago el universo nuevo. Incluso esta misma tierra que soy yo se llenará de la gloria del Señor. De momento esta tierra, maldita por culpa de Adán, me produce cardos y espinas. Es débil y enferma, indolente y perezosa, juguete de multitud de pasiones, aquejada por múltiples enfermedades. Mas, ¿por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? La tierra estará llena de su gloria.

Y ¿cuándo será esto? Ciertamente cuando se siente sobre un trono alto y elevado, cuando transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, cuando aquella gloria, que apareció en el cuerpo del Señor al transfigurarse en la montaña, apareciere también en nuestra tierra, recibiendo asimismo, después de la resurrección, la eterna inmortalidad. Entonces se cantará un cántico nuevo, y se oirán cantos de victoria en las tiendas de los justos. Ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega.

Y para que podamos conocer cómo será aquella transmutación, ahora nuestra carne es mortal, más aún, está muerta. El cuerpo —como dice el Apóstol— está muerto por el pecado. Así pues, nuestra carne está muerta, inmunda, enferma, es innoble, temporal. Pero estará llena de la gloria del Señor que, muerta, la resucitará; inmunda,la purificará; enferma, la sanará; innoble, la glorificará; temporal, la eternizará. Y si tan grande ha de ser la futura felicidad del cuerpo, me pregunto: ¡cuál no será la felicidad del alma!

Motivo de nuestra alegría será la contemplación del Creador en la criatura, el amor del Creador en sí mismo, la alabanza del Creador en sí mismo y en su criatura. La orla de su manto —dice— llenaba el templo. ¿Qué templo? El templo del Señor —dice— es santo: ese templo sois vosotros. Y a pesar de que nuestros cuerpos son templos de Dios, como lo son mediante el alma, el alma es en realidad el templo especial de Dios. Este es el templo en que, mientras vivimos en este mundo, ofrecemos a Dios el sacrificio que él no desprecia: un corazón quebrantado y humillado. Este es el templo en que, terminada la corrupción de esta carne y trasladados al reino de la claridad eterna, cuando Dios haya enjugado las lágrimas de nuestros ojos, ofreceremos a Dios el sacrificio de alabanza, como dice él mismo por el profeta: El que me ofrece acción de gracias, ése me honra. Mientras tanto, Señor, que te aplaque el sacrificio de nuestra contrición, para que cuando te sientes sobre el trono alto y excelso, te honre el sacrificio de alabanza.

Beato Elredo de Rievaulx
Sermón sobre la venida del Señor (Edit. C.H. Talbot, SSOC, vol 1, Roma 1952, 32-33)

martes, 7 de julio de 2015

La amistad verdadera es perfecta y constante

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo. Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores.

Y habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida —le dice—, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre! Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor,, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia. Tú —dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo.

Beato Elredo de Rievaulx
Tratado sobre la amistad espiritual (Lib 3, 92.93.94.96: CCL CM 1.337-338)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Este tiempo nos recuerda las dos venidas del Señor

Debéis saber, carísimos hermanos, que este santo tiempo que llamamos Adviento del Señor, nos recuerda dos cosas: por eso nuestro gozo debe referirse a estos dos acontecimientos, porque doble es también la utilidad que deben reportarnos.

Este tiempo nos recuerda las dos venidas del Señor, a saber: aquella dulcísima venida por la que el más bello de los hombres y el deseado de todas las naciones, es decir, el Hijo de Dios, manifestó a este mundo su presencia visible en la carne, presencia largamente esperada y ardientemente deseada por todos los padres: es la venida por la que vino a salvar a los pecadores. La segunda venida –que hemos de esperar aún con inquebrantable esperanza y recordar frecuentemente con lágrimas— es aquella en la que nuestro Señor, que primero vino oculto en la carne, vendrá manifiesto en su gloria, como de él cantamos en el Salmo: Vendrá Dios abiertamente, esto es, el día del juicio, cuando aparecerá para juzgar.

De su primera venida se percataron sólo unos pocos justos; en la segunda se manifestará abiertamente a justos y réprobos, como claramente lo insinúa el Profeta cuando dice: Y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios. Propiamente hablando, el día que dentro de poco celebraremos en memoria de su nacimiento nos lo presenta nacido, es decir, que nos recuerda más bien el día y la hora en que vino a este mundo; en cambio este tiempo que celebramos como preparación para la Navidad, nos recuerda al Deseado, esto es, el gran deseo de los santos padres que vivieron antes de su venida.

Con muy buen acuerdo ha dispuesto en consecuencia la Iglesia que en este tiempo se lean las palabras y se traigan a colación los deseos de quienes precedieron la primera venida del Señor. Y este su deseo no lo celebramos solamente un día, sino durante un tiempo más bien largo, pues es un hecho de experiencia que si sufre alguna dilación la consecución de lo que ardientemente deseamos, una vez conseguido nos resulta doblemente agradable.

A nosotros nos corresponde, carísimos hermanos, seguir los ejemplos de los santos padres y recordar sus deseos, para así inflamar nuestras almas en el amor y el deseo de Cristo. Pues debéis saber, hermanos, que la celebración de este tiempo fue establecida para hacernos reflexionar sobre el ferviente deseo de nuestros santos padres en relación con la primera venida de nuestro Señor, y para que aprendamos, a ejemplo suyo, a desear ardientemente su segunda venida.

Debemos considerar los innumerables beneficios que nuestro Señor nos hizo con su primera venida, y que está dispuesto a concedérnoslos aún mayores con su segunda venida. Dicha consideración ha de movernos a amar mucho su primera venida y a desear mucho la segunda. Y si no tenemos la conciencia tan tranquila como para atrevernos a desear su venida, debemos al menos temerla, y que este temor nos mueva a corregirnos de nuestros vicios: de modo que si aquí no podemos evitar el temor, al menos que, cuando venga, no tengamos miedo y nos encuentre tranquilos.

Sermón 1 sobre la venida del Señor (PL 195, 209-210)

viernes, 10 de octubre de 2014

Un amigo fiel es un talismán

Entre los valores humanos nada Se apetece más santamente, nada se busca con mayor utilidad, nada es más difícil de encontrar, ninguna experiencia es más dulce, ni se retiene con mayor índice de rentalibilidad que la amistad, pues tiene un fruto para esta vida presente y para la futura. Porque la amistad sazona con su suavidad todas las demás virtudes, anula con su fuerza los vicios, hace más llevadera la adversidad, administra bien la prosperidad, hasta el punto de que, sin amigos, apenas si es posible la felicidad entre los mortales. Puede parangonarse con una bestia el hombre que no tiene con quién congratularse en los días de prosperidad ni compartir sus tristezas en los momentos difíciles; a quién descubrir sus negros pensamientos, a quién comunicar las ideas sublimes o luminosas que se le ocurrieren y que se sitúan al margen de lo ordinario. ¡Pobre del solo si cae: no tiene quien lo levante! Y solo absolutamente está quien sin un amigo está.

Y, por el contrario, ¡qué felicidad, qué seguridad, qué dicha tener alguien con quien puedas hablar como contigo mismo!, ¡a quien no temas confesar tus eventuales fallos!, ¡ a quien puedas revelar sin rubor tus posibles progresos en la vida espiritual!, ¡a quien puedas confiar todos los secretos de tu corazón y comunicarle tus proyectos!

¿Puede haber cosa más agradable que unir así un alma a otra alma y hacer de dos un solo ser, sin temer jactancia alguna, sin recelar ninguna sospecha, sin que uno se sienta dolido de ser por el otro corregido, sin que deba notar o censurar adulación ninguna en las alabanzas del otro? Un amigo fiel —dice el Sabio— es un talismán. ¡Muy bien dicho! No hay efectivamente revulsivo más enérgico, ni más eficaz, ni más cualificado para nuestras heridas en todas las temporales eventualidades, que tener alguien que sepa venir a nuestro encuentro, sufriendo con nosotros, en toda desgracia, y congratulándose con nosotros en los sucesos prósperos, de modo que —como dice el Apóstol—, arrimando los dos el hombro, se ayuden mutuamente a llevar sus cargas. Con una salvedad: que cada uno siente más llevadera la injuria propia que la del amigo.

Así pues, la amistad hace más espléndidos los momentos de prosperidad y, al comunicarlas y compartirlas, más llevaderas las adversidades. El amigo fiel es, pues, un magnífico talismán. Porque —y en esto compartimos la opinión con los paganos— el amigo nos es mucho más útil que el agua y el fuego. En todo trabajo, en cualquier empresa, en las cosas ciertas como en las dudosas, en un acontecimiento cualquiera, en cualquier condición, en público y en privado, en toda decisión, en casa o en la calle, en todas partes es grata la amistad, necesario el amigo, útil la gracia.

Y, lo que excede a toda ponderación, la amistad es un grado cercano a la perfección, que consiste en el amor y conocimiento de Dios: de esta forma el hombre, de amigo del hombre, se convierte en amigo de Dios, según lo que el Salvador dice en el evangelio: Ya no os llamo siervos, sino amigos míos.

Tratado sobre la amistad espiritual (Lib 2: Edit J. Dubois, 53-57)

viernes, 14 de marzo de 2014

Debemos practicar la caridad fraterna según el ejemplo de Cristo

Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de aquella admirable paciencia con la que aquel que era el más bello de los hombres entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos, y con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

¿Habrá alguien que, al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos, no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos? Padre –dijo–, perdónalos. ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición?

Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder por los enemigos; quiso también excusarlos. «Padre —dijo—, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Son, desde luego, grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto, Padre, perdónalos. Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo. Pero yo les había escondido mi rostro, y no pudieron conocer mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Y para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor. Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor.

Y para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador.

Espejo de caridad (Lib 3, 5: PL 195, 582)

sábado, 17 de agosto de 2013

Surgió un hombre enviado por Dios

En el antiguo Testamento, Elías fue un modelo de vida eremítica; en el nuevo lo fue aquel que vino con el espíritu y poder de Elías, es decir, san Juan Bautista. A mí me parece que, así como Juan vino con el espíritu y el poder de Elías, así también Elías procedió con el espíritu y poder de Juan. En efecto, lo que literalmente leemos de Elías, según el espíritu lo entendemos dicho de Juan.

Sabéis bien, hermanos, cómo, siendo ya inminente el tiempo del hambre, la Escritura introduce a Elías en conversación con Ajab y diciendo: Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab. Sin decirnos previamente nada ni de su genealogía, ni de su género de vida, ni de su religión, la Escritura lo introduce de modo imprevisto e inspirado como si no procediera de hombre o no viniera por conducto humano, sino como se escribió de nuestro Elías: Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Y ¿cuándo ocurrió esto? Ciertamente en el reinado de Ajab y de su impía esposa Jezabel. Con razón, durante su reinado, se abatió el hambre sobre la tierra, dejó de llover, no cayó rocío, se agostó todo. Por eso dijo Elías: ¡Vive el Señor, a quien sirvo! En estos años no caerá rocío ni lluvia si yo no lo mando.

No ignoréis, hermanos, cómo, siendo ya inminente la venida del Salvador, hasta tal punto la soberbia y la lujuria reinaban en el mundo, que nadie parecía exento del ansia de poder, casi no había ninguno libre de la corrupción de la lujuria. Con razón reinó el hambre, faltó el pan, escaseaba el agua. ¿Cuándo? Precisamente al hacer su aparición nuestro Elías. Pues la ley y los profetas duraron hasta que vino Juan.

La ley, el pan; la doctrina profética, el agua. Efectivamente, hasta la llegada de Juan estaban en vigor ambas cosas: se observaba la ley y se escuchaba la doctrina de los profetas. Pero he aquí que irrumpe el hambre y la sed: no el hambre de pan ni la sed de agua, sino de escuchar la palabra de Dios. Huye Elías de la presencia de Ajab. Y Juan emigró lejos y habitó en el desierto, como dice el evangelista: Juan vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Y era necesario que así ocurriera, ya que el profeta que había de ser establecido sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir, edificar y plantar; que tenía la misión de corregir a los reyes y de degollar a los profetas de Baal; por medio del cual habría de enviarse sobre la tierra el rocío y la lluvia, primero debía retirarse a los lugares más recónditos y ser allí instruido en las realidades del espíritu.

Sermón sobre la interrelación Elías y Juan Bautista (Edit. C.H. Talbot, SSOC vol 1, p. 118)

martes, 9 de julio de 2013

La amistad verdadera es perfecta y constante

Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo. Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores.

Y habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida —le dice—, ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre! Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.

¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor,, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia. Tú —dice— serás el rey, y yo seré tu segundo.

Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo.

Tratado sobre la amistad espiritual (Lib 3, 92.93.94.96: CCL CM 1.337-338)