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jueves, 4 de julio de 2013

La carga del gobierno

Brevemente hemos dicho todo esto, para poner de manifiesto cuán pesada sea la carga del gobierno y con el propósito de que quien no sea capaz de estos sagrados oficios no se atreva a profanarlos, ni, por el prurito de sobresalir, emprenda el camino de la perdición. Por eso, piadosamente lo prohíbe Santiago, diciendo: Hermanos míos, sois demasiados los que pretendéis ser maestros. Por eso, el mismo Mediador entre Dios y los hombres, que, superando en ciencia y prudencia a los mismos espíritus celestiales, reina en los cielos desde antes de los siglos, rehusó aceptar el reino de la tierra. Pues está escrito: Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Y ¿quién hubiera podido gobernar más acertadamente a los hombres que aquel que iba a regir a sus mismas criaturas? Pero como se había encarnado no sólo para redimirnos con su pasión, sino para enseñarnos con su conducta, proponiéndose a sí mismo como modelo a sus seguidores, no consintió que le hicieran rey, él que, en cambio, se dirigió espontáneamente al patíbulo de la cruz; rehuyó la dignidad que se le brindaba y apeteció la ignominiosa pena de muerte. Y esto precisamente para que sus miembros aprendieran a rehuir los favores del mundo y a no temer sus amenazas; a amar, en aras de la verdad, las cosas adversas y a declinar, temerosos, las prósperas, porque éstas mancillan con frecuencia el corazón con la hinchazón de la soberbia, mientras que aquéllas lo purifican mediante el dolor. En la prosperidad el ánimo se exalta, mientras que en la adversidad, aun cuando en ocasiones se exaltare, acaba humillándose. En la prosperidad el hombre se olvida de sí mismo, mientras que en la adversidad, aun en contra de su voluntad, es obligado a pensar en sí mismo. En la prosperidad, muchas veces, se echa a perder el bien previamente realizado, mientras que en la adversidad se expían incluso las culpas mucho tiempo antes cometidas.

Pues ocurre con frecuencia que, en la escuela del dolor, el corazón acaba aceptando la disciplina, mientras que si es sublimado al culmen del mando, se acostumbra rápidamente a los honores y termina víctima del orgullo. Es lo que le sucedió a Saúl, que, considerándose en un primer momento indigno, se había escondido; en cuanto empuñó las riendas del gobierno, se hinchó de soberbia; y deseoso de ser honrado ante el pueblo, al rechazar la corrección pública, apartó de sí al mismo que le había ungido rey. Lo mismo le ocurrió a David, quien, habiendo sido grato —a juicio del autor— en casi todos sus actos, en cuanto le faltó el peso de la tribulación, salió a la superficie el tumor de la naturaleza corrompida. Pues en un principio se opuso a la muerte de su perseguidor caído en sus manos, pero más tarde consintió en la muerte de un soldado adicto, aun con perjuicio del ejército que luchaba denodadamente. Y si los castigos no lo hubieran reconducido al perdón, ciertamente la culpa lo habría conducido muy lejos del número de los elegidos.

San Gregorio Magno, Regla pastoral (Parte 1, cap 3: PL '177,16-17)

lunes, 10 de junio de 2013

Paraos en el camino del Señor

Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que ,sigas sus caminos y lo ames, que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien. Concuerda perfectamente con estas palabras lo dicho por el profeta: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Aquí da a entender el salmista que los que temen al Señor son dichosos no en virtud de esa trepidación natural de la que normalmente procede nuestro temor, ni tampoco debido al terror de un Dios que es terrible, sino simplemente por el hecho de que siguen los caminos del Señor. El temor, efectivamente, no tiene como base el miedo, sino la obediencia: y la prueba del temor es la complacencia.

Muchos son, en efecto, los caminos del Señor, siendo así que él mismo es el camino. Pero, cuando habla de sí se denomina a sí mismo «camino», y muestra la razón de llamarse así cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí. Ahora bien, si hablamos de los profetas y de sus escritos que nos conducen a Cristo, entonces los caminos son muchos, aun cuando todos convergen en uno. Ambas cosas resultan evidentes en el profeta Jeremías, quien en un mismo pasaje se expresa de esta manera: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?», seguidlo.

Hay que interesarse, por tanto, e insistir en muchos caminos, para poder encontrar el único que es bueno, ya que, a través de la doctrina de muchos, hemos de hallar un solo camino de vida eterna. Pues hay caminos en la ley, en los profetas, en los evangelios, en los apóstoles, en las diversas obras de los mandamientos, y son dichosos los que andan por ellos, en el temor de Dios.

Pero el profeta no trata de las cosas terrenas y presentes: su preocupación se centra sobre la dicha de los que temen al Señor y siguen sus caminos. Pues los que siguen los caminos del Señor comerán del fruto de sus trabajos. Y no se trata de una manducación del cuerpo, toda vez que lo que ha de comerse no es corporal. Se trata de un manjar espiritual que alimenta la vida del alma: se trata de las buenas obras de la bondad, la castidad, la misericordia, la paciencia, la tranquilidad. Para ejercitarlas, debemos luchar contra las negativas tendencias de la carne. El fruto de estos trabajos madura en la eternidad: pero previamente hemos de comer aquí y ahora el trabajo de los frutos eternos, y de él ha de alimentarse en esta vida corporal nuestra alma, para conseguir mediante el manjar de tales trabajos el pan vivo, el pan celestial de aquel que dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 127 (2-3.6: CSEL 22, 629-632)