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sábado, 21 de noviembre de 2015

Cristo se hizo carne para hacernos a nosotros espirituales

Es bueno considerar quiénes somos los que reflexionamos sobre estos temas. No hay duda de que venimos de la gentilidad, y no es menos cierto que nuestros antepasados adoraron al leño y a la piedra. ¿De dónde, pues, nos viene a nosotros la posibilidad de explorar aquellos misterios del profeta Ezequiel, tan profundos que ni siquiera los hebreos han conseguido hasta la fecha explicar? Demos, pues, gracias al único que llevó a la práctica todo cuanto de él estaba escrito en la sagrada Escritura, de modo que lo que no era posible entender con la simple escucha, quedase patente a los testigos oculares.

Allí, efectivamente, se contiene la encarnación, allí la pasión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Pero, ¿quién de nosotros hubiera dado fe a estas cosas por el simple testimonio del oído, si no le constase de su realización? El león de la tribu de Judá abrió, pues, el rollo sellado, como leemos en el Apocalipsis de Juan, rollo que nadie podía abrir y ver su contenido, porque en su pasión y resurrección nos reveló todos sus misterios. Y al tomar sobre sí los males de nuestra debilidad, nos mostró los bienes de su poder y claridad.

En efecto, él se hizo carne para hacernos a nosotros espirituales, en su bondad se rebajó para enaltecernos, salió para hacernos entrar, apareció visible para mostrarnos lo invisible, aguantó la flagelación para sanarnos, soportó los ultrajes y las burlas para liberarnos del eterno oprobio, murió para darnos la vida. Demos, pues, gracias al muerto y dador de vida, y tanto más dador de vida cuanto que fue muerto. Por eso, Isaías, que había contemplado claramente nuestra salvación y su pasión, dice: El Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita.

Ahora bien, la obra de Dios es reunir las almas que él creó y conducirlas a los goces de la luz eterna. En cambio, ser flagelado, cubierto de salivazos, crucificado, muerto y sepultado, esto no es en absoluto obra de Dios, sino obra del hombre pecador, quien mereció todo esto por el pecado. Jesús, cargado de nuestros pecados, subió al leño. Y el que en su naturaleza permanece incomprensible, en nuestra naturaleza se ha dignado ser comprendido y flagelado, pues de no haber asumido lo que es propio de nuestra debilidad, jamás nos habría sublimado a la fortaleza de su poder.

Así pues, el Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita, pues Dios se encarnó para cobijarnos al amparo de su justicia; por nosotros quiso ser azotado como un hombre pecador. Ejecutó la obra ajena, para realizar la propia, ya que al asumir nuestra debilidad y soportar nuestra taras, nos condujo, a nosotros, que somos criaturas suyas, a la gloria de su fortaleza, en la que vive y reina con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 4, 19-20: CCL 142, 271-273)

martes, 29 de septiembre de 2015

El nombre de «ángel» designa la función, no el ser

Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.

Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.

Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, Miguel significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel significa: «Fortaleza de Dios», y Rafael significa: «Medicina de Dios».

Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.

A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.

Rafael significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».

San Gregorio Magno
Homilía 34 sobre los evangelios (8-9 PL 76, 1250-1251)

lunes, 21 de septiembre de 2015

Ataques por fuera y temores por dentro

Los santos varones, al hallarse involucrados en el combate de las tribulaciones, teniendo que soportar al mismo tiempo a los que atacan y a los que intentan seducirlos, se defienden de los primeros con el escudo de su paciencia, atacan a los segundos arrojándoles los dardos de su doctrina, y se ejercitan en una y otra clase de lucha con admirable fortaleza de espíritu, en cuanto que por dentro oponen una sabia enseñanza a las doctrinas desviadas, y por fuera desdeñan sin temor las cosas adversas; a unos corrigen con su doctrina, a otros superan con su paciencia. Padeciendo, superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles; a aquéllos les oponen resistencia, para que no arrastren a los demás; a éstos les ofrecen su solicitud, para que no pierdan del todo el camino de la rectitud.

Veamos cómo lucha contra unos y otros el soldado de la milicia de Dios. Dice san Pablo: Ataques por fuera y temores por dentro. Y enumera estas dificultades exteriores, diciendo: Con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Y añade cuáles son los dardos que asesta contra el adversario en semejante batalla: Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Pero, en medio de tan fuertes batallas, nos dice también cuánta es la vigilancia con que protege el campamento, ya que añade a continuación: Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. Además de la fuerte batalla que él ha de sostener, se dedica compasivamente a la defensa del prójimo. Después de explicarnos los males que ha de sufrir, añade los bienes que comunica a los otros.

Pensemos lo gravoso que ha de ser tolerar las adversidades por fuera, y proteger a los débiles por dentro, todo ello al mismo tiempo. Por fuera sufre ataques, porque es azotado, atado con cadenas; por dentro sufre por el temor de que sus padecimientos sean un obstáculo no para él, sino para sus discípulos. Por esto, les escribe también: Nadie vacile a causa de estas tribulaciones. Ya sabéis que éste es nuestro destino. El temía que sus propios padecimientos fueran ocasión de caída para los demás, que los discípulos, sabiendo que él había sido azotado por causa de la fe, se hicieran atrás en la profesión de su fe.

¡Oh inmenso y entrañable amor! Desdeñando lo que él padece, se preocupa de que los discípulos no padezcan en su interior desviación alguna. Menospreciando las heridas de su cuerpo, cura las heridas internas de los demás. Es éste un distintivo del hombre justo, que, aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones, sin abandonar por ello la instrucción que prevé necesaria para los demás, obrando así como el médico magnánimo cuando está él mismo enfermo. Mientras sufre las desgarraduras de su propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable.

San Gregorio Magno
Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 3, 39-40: PL 75, 619-620)

jueves, 2 de julio de 2015

La carga del gobierno

Brevemente hemos dicho todo esto, para poner de manifiesto cuán pesada sea la carga del gobierno y con el propósito de que quien no sea capaz de estos sagrados oficios no se atreva a profanarlos, ni, por el prurito de sobresalir, emprenda el camino de la perdición. Por eso, piadosamente lo prohíbe Santiago, diciendo: Hermanos míos, sois demasiados los que pretendéis ser maestros. Por eso, el mismo Mediador entre Dios y los hombres, que, superando en ciencia y prudencia a los mismos espíritus celestiales, reina en los cielos desde antes de los siglos, rehusó aceptar el reino de la tierra. Pues está escrito: Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Y ¿quién hubiera podido gobernar más acertadamente a los hombres que aquel que iba a regir a sus mismas criaturas? Pero como se había encarnado no sólo para redimirnos con su pasión, sino para enseñarnos con su conducta, proponiéndose a sí mismo como modelo a sus seguidores, no consintió que le hicieran rey, él que, en cambio, se dirigió espontáneamente al patíbulo de la cruz; rehuyó la dignidad que se le brindaba y apeteció la ignominiosa pena de muerte. Y esto precisamente para que sus miembros aprendieran a rehuir los favores del mundo y a no temer sus amenazas; a amar, en aras de la verdad, las cosas adversas y a declinar, temerosos, las prósperas, porque éstas mancillan con frecuencia el corazón con la hinchazón de la soberbia, mientras que aquéllas lo purifican mediante el dolor. En la prosperidad el ánimo se exalta, mientras que en la adversidad, aun cuando en ocasiones se exaltare, acaba humillándose. En la prosperidad el hombre se olvida de sí mismo, mientras que en la adversidad, aun en contra de su voluntad, es obligado a pensar en sí mismo. En la prosperidad, muchas veces, se echa a perder el bien previamente realizado, mientras que en la adversidad se expían incluso las culpas mucho tiempo antes cometidas.

Pues ocurre con frecuencia que, en la escuela del dolor, el corazón acaba aceptando la disciplina, mientras que si es sublimado al culmen del mando, se acostumbra rápidamente a los honores y termina víctima del orgullo. Es lo que le sucedió a Saúl, que, considerándose en un primer momento indigno, se había escondido; en cuanto empuñó las riendas del gobierno, se hinchó de soberbia; y deseoso de ser honrado ante el pueblo, al rechazar la corrección pública, apartó de sí al mismo que le había ungido rey. Lo mismo le ocurrió a David, quien, habiendo sido grato —a juicio del autor— en casi todos sus actos, en cuanto le faltó el peso de la tribulación, salió a la superficie el tumor de la naturaleza corrompida. Pues en un principio se opuso a la muerte de su perseguidor caído en sus manos, pero más tarde consintió en la muerte de un soldado adicto, aun con perjuicio del ejército que luchaba denodadamente. Y si los castigos no lo hubieran reconducido al perdón, ciertamente la culpa lo habría conducido muy lejos del número de los elegidos.

San Gregorio Magno
Regla pastoral (Parte 1, cap 3: PL '177,16-17)

domingo, 19 de abril de 2015

La voz de las almas es su amoroso deseo

La petición de venganza expresada por las almas, ¿qué otra cosa es sino el deseo del juicio final y de la resurrección de los cuerpos? Las grandes voces de las almas son su gran deseo. Cuanto menos vivo es el deseo, tanto menos grita. Y cuanto más fuerte es la voz que hace llegar a los oídos del Espíritu infinito, tanto más plenamente se sumerge en su deseo. El lenguaje de las almas es precisamente su deseo. Pues si el deseo no fuera una especie de lenguaje, no diría el profeta: Señor, tú escuchas los deseos de los humildes.

Ahora bien: siendo así que el talante del que pide suele estar en los antípodas del de aquel a quien se elevan las peticiones, y estando las almas de los santos tan unidas a Dios allá en el hondón del corazón, que en esta unión hallan su descanso, ¿cómo puede afirmarse que piden, cuando nos consta que su voluntad está en perfecta sintonía con la voz de Dios? ¿Cómo puede afirmarse que piden, cuando conocen con seguridad la voluntad de Dios y no ignoran el porvenir? Pues bien: de las almas radicadas en Dios se afirma que piden algo, no en el sentido de que deseen nada que discrepe de la voluntad de aquel en cuya contemplación están inmersas, sino en el sentido de que cuanto más ardientemente le están unidas, tanto más impulsadas se sienten por él a pedirle, lo que saben que él está dispuesto a hacer. Así que sacian su sed en el mismo que provoca su sed; y de un modo para nosotros todavía incomprensible, se sacian ya con la precomprensión de aquello de que hambrean en la plegaria. No irían de acuerdo con la voluntad del Creador, si no pidieran lo que vieren era su voluntad; le estarían menos estrechamente unidas, si llamaran con escaso interés a la puerta del que está dispuesto a dar.

A las cuales el oráculo divino les dijo: Tened calma todavía por un poco, hasta que se complete el número de vuestros compañeros de servicio y hermanos vuestros. Decir a unas almas anhelantes: Tened calma todavía por un poco es hacerles gustar ya, en medio de su ardiente deseo, las primicias de una pacificante consolación; es hacer que la voz de las almas sea su amoroso deseo; es hacer que la respuesta de Dios sea la confirmación en sus deseos, mediante la certeza de la retribución. Su respuesta de que deben esperar un poco hasta que se complete el número de sus hermanos, tiene la misión de inducirles a la aceptación voluntaria de la caritativa moratoria; de modo que, mientras aspiran a la resurrección de la carne, se gocen con el aumento de sus hermanos.

San Gregorio Magno
Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 2, 11: SC 32, 188-190)

domingo, 24 de agosto de 2014

El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil

El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar. Porque, así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados. Porque, con frecuencia, acontece que hay algunos prelados poco prudentes que no se atreven a hablar con libertad por miedo de perder la estima de sus súbditos; con ello, como lo dice la Verdad, no cuidan a su grey con el interés de un verdadero pastor, sino a la manera de un mercenario, pues callar y disimular los defectos es lo mismo que huir cuando se acerca el lobo.

Por eso, el Señor reprende a estos prelados, llamándoles, por boca del profeta: Perros mudos, incapaces de ladrar. Y también dice de ellos en otro lugar: No acudieron a la brecha ni levantaron cerco en torno a la casa de Israel, para que resistiera en la batalla, el día del Señor. Acudir a la brecha significa aquí oponerse a los grandes de este mundo, hablando con entera libertad para defender a la grey; y resistir en la batalla el día del Señor es lomismo que luchar por amor a la justicia contra los malos que acechan.

¿Y qué otra cosa significa no atreverse el pastor a predicar la verdad, sino huir, volviendo la espalda, cuando se presenta el enemigo? Porque si el pastor sale en defensa de la grey es como si en realidad levantara cerco en torno a la casa de Israel. Por eso, en otro lugar, se dice al pueblo delincuente: Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas, y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte. Pues hay que tener presente que en la Escritura se da algunas veces el nombre de profeta a aquellos que, al recordar al pueblo cuán caducas son las cosas presentes, le anuncian ya las realidades futuras Aquéllos, en cambio, a quienes la palabra de Dios acusa de predicar cosas falsas y engañosas son los que, temiendo denunciar los pecados, halagan a los culpables con falsas seguridades y, en lugar de manifestarles sus culpas, enmudecen ante ellos.

Porque la reprensión es la llave con que se abren semejantes postemas: ella hace que se descubran muchas culpas que desconocen a veces incluso los mismos que las cometieron. Por eso, san Pablo dice que el obispo debe ser capaz de predicar una enseñanza sana y de rebatir a los adversarios. Y, de manera semejante, afirma Malaquías: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es mensajero del Señor de los ejércitos. Y también dice el Señor por boca de Isaías: Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta.

Quien quiera, pues, que se llega al sacerdocio recibe el oficio de pregonero, para ir dando voces antes de la venida del riguroso juez que ya se acerca. Pero, si el sacerdote no predica, ¿por ventura no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón, el Espíritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido.

Regla pastoral (Lib 2, 4: PL 77, 30-31)

lunes, 14 de julio de 2014

Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

El apóstol Pablo, considerando en sí mismo las riquezas de la sabiduría interior y viendo al mismo tiempo que en lo exterior no es más que un cuerpo corruptible, dice: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro. En el bienaventurado Job, la vasija de barro experimenta exteriormente las desgarraduras de sus úlceras, pero el tesoro interior permanece intacto. En lo exterior crujen sus heridas, pero del tesoro de sabiduría que nace sin cesar en su interior emanan estas palabras llenas de santas enseñanzas: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Entendiendo por bienes los dones de Dios, tanto temporales como eternos, y por males las calamidades presentes, acerca de las cuales dice el Señor por boca del profeta: Yo soy el Señor, y no hay otro; artífice de la luz, creador de las tinieblas, autor de la paz, creador de la desgracia.

Artífice de la luz, creador de las tinieblas, porque, cuando por las calamidades exteriores son creadas las tinieblas del sufrimiento, en lo interior se enciende la luz del conocimiento espiritual. Autor de la paz, creador de la desgracia, porque precisamente entonces se nos devuelve la paz con Dios, cuando las cosas creadas, que son buenas en sí, pero que no siempre son rectamente deseadas, se nos convierten en calamidades y causa de desgracia. Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él a través de las calamidades; de este modo, cuando cualquier cosa creada, buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz.

Pero, en estas palabras de Job, con las que responde a las imprecaciones de su esposa, debemos considerar principalmente lo llenas que están de buen sentido. Dice, en efecto: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Es un gran consuelo en medio de la tribulación acordarnos, cuando llega la adversidad, de los dones recibidos de nuestro Creador. Si acude en seguida a nuestra mente el recuerdo reconfortante de los dones divinos, no nos dejaremos doblegar por el dolor. Por esto, dice la Escritura: En el día dichoso no te olvides de la desgracia, en el día desgraciado no te olvides de la dicha.

En efecto, aquel que en el tiempo de los favores se olvida del temor de la calamidad cae en la arrogancia por su actual satisfacción. Y el que en el tiempo de la calamidad no se consuela con el recuerdo de los favores recibidos es llevado a la más completa desesperación por su estado mental.

Hay que juntar, pues, lo uno y lo otro, para que se apoyen mutuamente; así, el recuerdo de los favores templará el sufrimiento de la calamidad, y la previsión y temor de la calamidad moderará la alegría de los favores. Por esto, aquel santo varón, en medio de los sufrimientos causados por sus calamidades, calmaba su mente angustiada por tantas heridas con el recuerdo de los favores pasados, diciendo: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 3, 15-16: PL 75, 606-608)

lunes, 16 de junio de 2014

La Jerusalén celestial está fundada como ciudad

Jerusalén está fundada como ciudad. Se expresa de este modo para demostrar que todo lo dicho se refiere no a un edificio corporal, sino a la construcción de la ciudad espiritual. Y como aquella interna visión de paz está formada de la reunión de los ciudadanos santos, la Jerusalén celestial está fundada como ciudad. La cual, sin embargo, mientras en esta tierra de peregrinación es flagelada y tundida con las tribulaciones, sus piedras van cada día siendo talladas a escuadra.

Y esa misma ciudad, es decir, la santa Iglesia destinada a reinar en el cielo, de momento se fatiga en la tierra. A sus ciudadanos les dice Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción. Y Pablo añade: Sois campo de Dios, sois edificio de Dios. Pero conviene tener en cuenta que esta ciudad posee ya aquí en la tierra su propio edificio: el comportamiento de los santos. Ahora bien, en un edificio una piedra sostiene a la otra, pues van colocadas una sobre otra, y la que sostiene a una es a su vez sostenida por otra. Exactamente ocurre en la santa Iglesia: cada cual es sostén del otro y sustentado por el otro. Pues los que están cercanos se sostienen recíprocamente, para que gracias a ellos se vaya levantando el edificio de la caridad. A este propósito nos advierte san Pablo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo. Y subrayando la eficacia de esta ley, añade: Amar es cumplir la ley entera.

Por tanto, si yo me negara a aceptaros tal cuales sois y vosotros rehusarais aceptarme tal cual yo soy, ¿cómo puede levantarse entre nosotros el edificio de la caridad? En un edificio —ya lo hemos dicho— la piedra que sostiene es a su vez, sostenida, pues así como yo soporto ahora el carácter de quienes todavía son novatos en la práctica del bien, así también a mí me soportaron los que me precedieron en el temor del Señor, y me sostuvieron para que a mi vez, después de haber sido sustentado, aprendiera a sustentar a los demás. Y ellos mismos fueron a su vez sustentados por sus antepasados.

En cambio, las piedras que se colocan en la cima y en el remate del edificio son ciertamente' sustentadas por las anteriores, pero ellas no sostienen a otras, ya que quienes nazcan en los últimos tiempos de la Iglesia, esto es, hacia el fin del mundo, son efectivamente tolerados por sus mayores a fin de que su conducta sea positivamente meritoria, pero al no ser seguidos de otros que por su medio debieran progresar, no soportan sobre ellos piedra alguna de este edificio de la fe. De momento, pues, ellos son sostenidos por nosotros, mientras nosotros somos sostenidos por otros. Pero todo el peso del edificio recae sobre el cimiento, ya que nuestro Redentor es el único que carga con las limitaciones de todos. De él dice Pablo: Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. El cimiento sostiene las piedras sin ser sostenido por ellas, porque nuestro Redentor soporta todas nuestras deficiencias, mientras que en él no existe mal alguno que debiera ser soportado. Sólo el que sustenta toda la construcción de la santa Iglesia es capaz de cargar con nuestras deficiencias y pecados. El dice, por boca del profeta, de los que todavía viven perversamente: Se me han vuelto una carga que no soporto más.

Y no es que el Señor se canse de soportar, él, cuyo divino poder ninguna fatiga puede afectar, sino que, utilizando un lenguaje humano, llama trabajo a la paciencia que tiene con nosotros.

Homilías sobre el profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 1, 5: CCL 142, 210-212)

sábado, 23 de noviembre de 2013

Cristo se hizo carne para hacernos a nosotros espirituales

Es bueno considerar quiénes somos los que reflexionamos sobre estos temas. No hay duda de que venimos de la gentilidad, y no es menos cierto que nuestros antepasados adoraron al leño y a la piedra. ¿De dónde, pues, nos viene a nosotros la posibilidad de explorar aquellos misterios del profeta Ezequiel, tan profundos que ni siquiera los hebreos han conseguido hasta la fecha explicar? Demos, pues, gracias al único que llevó a la práctica todo cuanto de él estaba escrito en la sagrada Escritura, de modo que lo que no era posible entender con la simple escucha, quedase patente a los testigos oculares.

Allí, efectivamente, se contiene la encarnación, allí la pasión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Pero, ¿quién de nosotros hubiera dado fe a estas cosas por el simple testimonio del oído, si no le constase de su realización? El león de la tribu de Judá abrió, pues, el rollo sellado, como leemos en el Apocalipsis de Juan, rollo que nadie podía abrir y ver su contenido, porque en su pasión y resurrección nos reveló todos sus misterios. Y al tomar sobre sí los males de nuestra debilidad, nos mostró los bienes de su poder y claridad.

En efecto, él se hizo carne para hacernos a nosotros espirituales, en su bondad se rebajó para enaltecernos, salió para hacernos entrar, apareció visible para mostrarnos lo invisible, aguantó la flagelación para sanarnos, soportó los ultrajes y las burlas para liberarnos del eterno oprobio, murió para darnos la vida. Demos, pues, gracias al muerto y dador de vida, y tanto más dador de vida cuanto que fue muerto. Por eso, Isaías, que había contemplado claramente nuestra salvación y su pasión, dice: El Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita.

Ahora bien, la obra de Dios es reunir las almas que él creó y conducirlas a los goces de la luz eterna. En cambio, ser flagelado, cubierto de salivazos, crucificado, muerto y sepultado, esto no es en absoluto obra de Dios, sino obra del hombre pecador, quien mereció todo esto por el pecado. Jesús, cargado de nuestros pecados, subió al leño. Y el que en su naturaleza permanece incomprensible, en nuestra naturaleza se ha dignado ser comprendido y flagelado, pues de no haber asumido lo que es propio de nuestra debilidad, jamás nos habría sublimado a la fortaleza de su poder.

Así pues, el Señor se alzará para ejecutar su obra, obra extraña; para cumplir su tarea, tarea inaudita, pues Dios se encarnó para cobijarnos al amparo de su justicia; por nosotros quiso ser azotado como un hombre pecador. Ejecutó la obra ajena, para realizar la propia, ya que al asumir nuestra debilidad y soportar nuestra taras, nos condujo, a nosotros, que somos criaturas suyas, a la gloria de su fortaleza, en la que vive y reina con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 4, 19-20: CCL 142, 271-273)

jueves, 29 de agosto de 2013

La esperanza de los premios celestiales

Entra en el edificio de la ciudad celestial quien, en la santa Iglesia, considera la conducta de los buenos y la imita. Porque entrar es considerar aquel edificio situado en lo alto del monte, es decir, cómo los elegidos de la santa Iglesia, situados en la cima de la virtud, progresan en el amor.

Por ejemplo: éste lleva vida de casado, vive contento con lo suyo, no dilapida los bienes ajenos, da de lo suyo a los pobres en la medida de sus posibilidades, no se olvida de llorar a diario los pecados de que no está exenta la vida conyugal. Pues la misma preocupación de la familia es para él motivo de turbación, y le excita a las lágrimas.

En cambio, aquél ha abandonado ya todo lo del mundo, ni tiene apetencias mundanas, se alimenta exclusivamente de la contemplación, llora de alegría ante la perspectiva de los premios celestiales, se priva incluso de lo que le estaría permitido tener, procura tener cada día un rato de intimidad con Dios, ninguna preocupación de este mundo que pasa logra turbar su ánimo, ensancha constantemente su alma con la expectativa de los goces del cielo.

Aquel otro ha abandonado ya todo lo de este mundo y su alma se eleva en la contemplación de las realidades celestiales y, sin embargo, debiendo ocupar un puesto de gobierno para la edificación de muchos, él, que por gusto no sucumbe a las cosas transitorias, debe en ocasiones ocuparse de ellas por compasión hacia el prójimo, para, de esta forma, subvenir a la necesidad de los indigentes; predica a los oyentes la palabra de vida, suministra lo necesario a las almas y a los cuerpos. Y el que, por vocación, vuela ya, en la contemplación, al deseo de los bienes celestiales, debe afanarse, sin embargo, en las cosas temporales en provecho y utilidad del prójimo.

Por tanto, quienquiera que, en la santa Iglesia, se esfuerza solícitamente por progresar, bien en la vida de los buenos casados, bien en la cumbre de los que viven en continencia o de los que abandonaron todos los bienes de este mundo, o incluso en la cima de los predicadores, ya ha entrado en el edificio de la ciudad situada en lo alto del monte. Porque quien no se preocupa de observar la vida de los mejores para su propio progreso, todavía está fuera del edificio. Y si admira el honor de que la santa Iglesia goza ya en el mundo, es como quien contempla un edificio desde el exterior y queda maravillado. Y como sólo pone su atención en el exterior, no entra en el interior.

Homilía sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 1, 7: CCL 142, 213-214)

sábado, 13 de julio de 2013

Aplicaos, hermanos, a meditar las palabras de Dios

Os lo ruego, carísimos hermanos, aplicaos a meditar las palabras de Dios, no despreciéis los escritos de nuestro Creador, que nos han sido enviados. Es increíble lo que a su contacto el alma se recalienta para no enervarse en el frío de su iniquidad.

Por la Escritura nos enteramos de que los justos que nos han precedido actuaron con fortaleza, y nosotros mismos nos disponemos a emprender valerosamente el camino del bien obrar, y el ánimo del lector se enciende con la llama del ejemplo de los santos.

Por ejemplo: ¿Que nos apresuramos a ponernos al resguardo de la humildad a fin de mantener la inocencia, aun ofendidos por el prójimo? Acordémonos de Abel, de quien está escrito que fue muerto a manos de su hermano, pero de quien no se lee que opusiera resistencia. ¿Que estamos decididos a anteponer los preceptos de Dios a nuestros intereses presentes? Pongamos a Noé ante nuestros ojos, quien, posponiendo el cuidado de la propia familia, por mandato del Señor todopoderoso, vivió por espacio de cien años ocupado en la construcción del arca. ¿Que nos esforzamos por someternos al yugo de la obediencia? Mirémonos en el ejemplo de Abrahán, quien, dejando casa, parentela y patria, obedeció a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber a dónde iba. Y estuvo dispuesto a sacrificar —en aras de la herencia eterna— a su querido heredero, el que Dios le había dado. Y por no haber dudado en ofrecer al Señor su único hijo, recibió en herencia la universalidad de los pueblos.

¿Que deseamos abrirnos de par en par a la benevolencia, deponiendo cualquier sentimiento de enemistad? Traigamos a la memoria a Samuel, quien, dimitido por el pueblo de su cargo de juez, cuando ese mismo pueblo le pidió que rezara al Señor por él, respondió con estas palabras: Líbreme Dios de pecar contra el Señor dejando de rezar por vosotros. El santo varón creyó cometer un pecado si, mediante la oración, no hubiera devuelto la benignidad de la gracia a aquellos a quienes tuvo que soportar como adversarios, hasta arrojarle de su cargo. El mismo Samuel, mandado por Dios en otra ocasión a que ungiera a David como rey, respondió: ¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata. Y sin embargo, sabiendo que Dios estaba enfadado con Saúl, prorrumpió en un llanto tan amargo, que el mismo Señor en persona hubo de decirle: ¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado? Pensemos cuál no sería el ardor de caridad que inflamaba su alma, que lloraba por aquel de quien temía que le quitara la vida.

¿Queremos, pues, guardarnos de quien tememos? Debemos seriamente pensar en no devolver mal por mal, si se presentara la ocasión, a aquel de quien huimos. Acordémonos de David, que teniendo en sus manos al rey que le perseguía, de modo que hubiera podido eliminarlo, puesto, sin embargo, en la disyuntiva de matarlo o no, escogió el bien que su conciencia le dictaba y no el mal que Saúl se merecía, diciendo: ¡Dios me libre de atentar contra el ungido del Señor! Y cuando después el mismo Saúl fue muerto por sus enemigos, lloró la muerte de aquel de quien, vivo, lo había perseguido.

¿Estamos decididos a hablar con entera libertad a los poderosos de este mundo cuando se desvían? Traigamos a la memoria la autoridad de Juan, quien, al echar en cara a Herodes su innoble proceder, no temió la muerte por defender la verdad. Y como quiera que Cristo es la verdad, al dar la vida por la verdad, dio realmente la vida por Cristo.

Homilías sobre el libro del profeta Ezequiel (Lib 2, hom 3,18.19.21: CCL 142, 250.252.253.254)

jueves, 4 de julio de 2013

La carga del gobierno

Brevemente hemos dicho todo esto, para poner de manifiesto cuán pesada sea la carga del gobierno y con el propósito de que quien no sea capaz de estos sagrados oficios no se atreva a profanarlos, ni, por el prurito de sobresalir, emprenda el camino de la perdición. Por eso, piadosamente lo prohíbe Santiago, diciendo: Hermanos míos, sois demasiados los que pretendéis ser maestros. Por eso, el mismo Mediador entre Dios y los hombres, que, superando en ciencia y prudencia a los mismos espíritus celestiales, reina en los cielos desde antes de los siglos, rehusó aceptar el reino de la tierra. Pues está escrito: Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo Rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo.

Y ¿quién hubiera podido gobernar más acertadamente a los hombres que aquel que iba a regir a sus mismas criaturas? Pero como se había encarnado no sólo para redimirnos con su pasión, sino para enseñarnos con su conducta, proponiéndose a sí mismo como modelo a sus seguidores, no consintió que le hicieran rey, él que, en cambio, se dirigió espontáneamente al patíbulo de la cruz; rehuyó la dignidad que se le brindaba y apeteció la ignominiosa pena de muerte. Y esto precisamente para que sus miembros aprendieran a rehuir los favores del mundo y a no temer sus amenazas; a amar, en aras de la verdad, las cosas adversas y a declinar, temerosos, las prósperas, porque éstas mancillan con frecuencia el corazón con la hinchazón de la soberbia, mientras que aquéllas lo purifican mediante el dolor. En la prosperidad el ánimo se exalta, mientras que en la adversidad, aun cuando en ocasiones se exaltare, acaba humillándose. En la prosperidad el hombre se olvida de sí mismo, mientras que en la adversidad, aun en contra de su voluntad, es obligado a pensar en sí mismo. En la prosperidad, muchas veces, se echa a perder el bien previamente realizado, mientras que en la adversidad se expían incluso las culpas mucho tiempo antes cometidas.

Pues ocurre con frecuencia que, en la escuela del dolor, el corazón acaba aceptando la disciplina, mientras que si es sublimado al culmen del mando, se acostumbra rápidamente a los honores y termina víctima del orgullo. Es lo que le sucedió a Saúl, que, considerándose en un primer momento indigno, se había escondido; en cuanto empuñó las riendas del gobierno, se hinchó de soberbia; y deseoso de ser honrado ante el pueblo, al rechazar la corrección pública, apartó de sí al mismo que le había ungido rey. Lo mismo le ocurrió a David, quien, habiendo sido grato —a juicio del autor— en casi todos sus actos, en cuanto le faltó el peso de la tribulación, salió a la superficie el tumor de la naturaleza corrompida. Pues en un principio se opuso a la muerte de su perseguidor caído en sus manos, pero más tarde consintió en la muerte de un soldado adicto, aun con perjuicio del ejército que luchaba denodadamente. Y si los castigos no lo hubieran reconducido al perdón, ciertamente la culpa lo habría conducido muy lejos del número de los elegidos.

San Gregorio Magno, Regla pastoral (Parte 1, cap 3: PL '177,16-17)

domingo, 14 de abril de 2013

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes.

La petición de venganza expresada por las almas, ¿qué otra cosa es sino el deseo del juicio final y de la resurrección de los cuerpos? Las grandes voces de las almas son su gran deseo. Cuanto menos vivo es el deseo, tanto menos grita. Y cuanto más fuerte es la voz que hace llegar a los oídos del Espíritu infinito, tanto más plenamente se sumerge en su deseo. El lenguaje de las almas es precisamente su deseo. Pues si el deseo no fuera una especie de lenguaje, no diría el profeta: Señor, tú escuchas los deseos de los humildes.

Ahora bien: siendo así que el talante del que pide suele estar en los antípodas del de aquel a quien se elevan las peticiones, y estando las almas de los santos tan unidas a Dios allá en el hondón del corazón, que en esta unión hallan su descanso, ¿cómo puede afirmarse que piden, cuando nos consta que su voluntad está en perfecta sintonía con la voz de Dios? ¿Cómo puede afirmarse que piden, cuando conocen con seguridad la voluntad de Dios y no ignoran el porvenir? Pues bien: de las almas radicadas en Dios se afirma que piden algo, no en el sentido de que deseen nada que discrepe de la voluntad de aquel en cuya contemplación están inmersas, sino en el sentido de que cuanto más ardientemente le están unidas, tanto más impulsadas se sienten por él a pedirle, lo que saben que él está dispuesto a hacer. Así que sacian su sed en el mismo que provoca su sed; y de un modo para nosotros todavía incomprensible, se sacian ya con la precomprensión de aquello de que hambrean en la plegaria. No irían de acuerdo con la voluntad del Creador, si no pidieran lo que vieren era su voluntad; le estarían menos estrechamente unidas, si llamaran con escaso interés a la puerta del que está dispuesto a dar.

A las cuales el oráculo divino les dijo: Tened calma todavía por un poco, hasta que se complete el número de vuestros compañeros de servicio y hermanos vuestros. Decir a unas almas anhelantes: Tened calma todavía por un poco es hacerles gustar ya, en medio de su ardiente deseo, las primicias de una pacificante consolación; es hacer que la voz de las almas sea su amoroso deseo; es hacer que la respuesta de Dios sea la confirmación en sus deseos, mediante la certeza de la retribución. Su respuesta de que deben esperar un poco hasta que se complete el número de sus hermanos, tiene la misión de inducirles a laaceptación voluntaria de la caritativa moratoria; de modo que, mientras aspiran a la resurrección de la carne, se gocen con el aumento de sus hermanos.

San Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 2, 11: SC 32, 188-190)