viernes, 4 de julio de 2014

Una Meditación y una Bendición

Él mismo fundó su Iglesia

Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Si el Hijo de Dios es llamado templo, lo es en el sentido en que él mismo dijo de su cuerpo: destruid este templo y en tres días lo levantaré. Templo de Dios es realmente el cuerpo de Cristo, en el que se llevó a cabo la purificación de nuestros pecados. Templo de Dios es realmente aquella carne, en la que no pudo haber contagio alguno de pecado, antes bien ella fue la víctima sacrificada por el pecado de todo el mundo.

Templo de Dios fue realmente aquella carne, en que refulgía la imagen de Dios y en la que la plenitud de la divinidad habitaba corporalmente, ya que el mismo Cristo es esa plenitud. Por tanto, a él se le dice: Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Y ¿qué significa esto sino aquello que dijo: En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis, esto es, está en medio de vosotros y vosotros no lo veis? Si por el contrario se refiere al Padre, ¿qué significa: en medio de tu templo, sino que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo?

En este templo, pues, hemos recibido —dice— tu misericordia, esto es, a la Palabra que se hizo carne y acampó entre nosotros. Pues del mismo modo que Cristo es la redención, es también la misericordia. Porque, ¿cabe mayor misericordia que ofrecerse como víctima por nuestros delitos para lavar con su sangre al mundo, cuyo pecado de ningún otro modo hubiese sido posible abolir?

En efecto, si hablando de los santos, dijo el Apóstol: Vosotros sois el templo de Dios, y el Espíritu Santo habita en vosotros, con cuánta mayor razón no podré llamar templo de Dios a la humanidad del Señor Jesús, del que leemos que estuvo siempre lleno del Espíritu Santo, como él mismo lo atestigua, diciendo: Yo he sentido que una fuerza ha salido de mí, cuya fuerza sanaba las acerbas heridas de todos.

Lo que dijo de haber él recibido, junto con el pueblo, la misericordia de Dios en medio de su templo, puede entenderse también en el sentido de que él mismo fundó su Iglesia y la propagó para siempre; de que él mismo, junto con su Hijo unigénito, confirió realmente esta gracia a su pueblo, a la vez que le presentaba como constructor, diciendo: edificará una ciudad. Ciudad que, dilatada por todo el orbe de la tierra, hizo que la tierra se llenara de su alabanza y de su nombre. Pues si está escrito: La tierra está llena de su alabanza, lo está también: Se le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Comentario sobre el salmo 47 (16-17: PL 14, 1152-1153)

jueves, 3 de julio de 2014

¿Por qué os alarmáis?

Cristo resucitó y se apareció a sus discípulos. Y precisamente entre ellos hubo un incrédulo, esto es, Tomás, llamado el Mellizo, a quien para creer le fue necesario meter las manos en el agujero de los clavos, tuvo necesidad de tocar su costado.

Ahora bien, si aquel discípulo que había convivido con él durante tres años, que había participado de su mesa, que había sido testigo de signos y prodigios extraordinarios, que había escuchado la doctrina de su boca, habiéndolo incluso visto resucitado de entre los muertos, no creyó sino después de haber visto los agujeros de los clavos y la herida de la lanza, ¿cómo habría creído todo el mundo de haberlo visto resucitado de entre los muertos? ¿Quién osaría afirmarlo? No sólo de este episodio, sino de otros muchos, aparecerá claro que para convencer al mundo tuvo mayor fuerza persuasiva la prueba de los milagros, que si él se hubiese mostrado resucitado a los ojos de todos.

De hecho, cuando el pueblo oyó que Pedro decía al lisiado: En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar, creyeron en Cristo, una vez tres mil hombres y otra cinco mil. En cambio, aquel discípulo, aun habiéndolo visto resucitado, permaneció incrédulo. ¿Te das cuenta cómo el milagro fue más provechoso a la fe en la resurrección? Su discípulo, incluso viéndolo resucitado, permaneció incrédulo; los enemigos, en cambio, viendo el milagro, creyeron. De suerte que este milagro pareció más grande y más evidente, y por eso los atrajo y los indujo con mayor eficacia a la fe en la resurrección.

¿Que por qué hablo de Tomás? Pues hablo para que sepas y observes atentamente que ni siquiera los otros discípulos creyeron a la primera. Sin embargo, no te apresures a condenarlos: si Cristo no los condenó, no lo hagas tú tampoco. Se encontraron ante un hecho maravilloso e inusitado; el primero que resucitaba de entre los muertos. Además, la mayoría de estos milagros solían, en un primer momento, infundir un profundo temor, hasta que con el decurso del tiempo comenzaron a hallar en la mente de los fieles una fe segura. Es lo que entonces les ocurrió a los discípulos.

En efecto, después de que Cristo, ya resucitado, les dijo: «Paz a vosotros», llenos de miedo por la sorpresa —como nos dice el evangelista—, creían ver un fantasma. El les dijo: ¿Por qué os alarmáis? Y después de haberles mostrado las manos y los pies, como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tenéis ahí algo que comer?, queriendo persuadirles con esta demostración de la realidad de su resurrección. Es como si quisiera decir: ¿No te convencen el costado abierto y las heridas? Convénzate al menos al verme tomar alimento.

Homilía 4 sobre el libro de los Hechos de los apóstoles (6: PG 60)

miércoles, 2 de julio de 2014

Una Meditación y una Bendición

Cristo nos dio la paz y nos mandó que tuviéramos un solo corazón y una sola alma

Cuando el Señor recomendó a sus discípulos la unanimidad y la paz, les dijo: Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos, demostrando que se concede mucho no a la multitud, sino a la unanimidad de los suplicantes. Si dos de vosotros —dice— se ponen de acuerdo: pone como primera condición la unanimidad; antes había hablado de la paz y de la concordia y nos insistió en que leal y firmemente hagamos lo posible por ponernos de acuerdo.

Y ¿cómo puede estar de acuerdo con el hermano quien no lo está con el cuerpo de la misma Iglesia ni con toda la fraternidad? ¿Cómo pueden dos o tres reunirse en el nombre de Cristo, si consta que están separados de Cristo y de su evangelio? Pues no somos nosotros, sino ellos los que se han separado de nosotros. Y cuando poco después nacieron herejías y cismas y, al erigirse en conventículos diversos, abandonaron el principio y origen de la verdad.

El Señor habla de su Iglesia y habla a los que están en la Iglesia diciendo que si ellos estuvieran de acuerdo, si —según lo que él encargó y advirtió— reunidos, aunque sólo fueran dos o tres, orasen unánimemente, aunque —repito— sólo fueran dos o tres, podrían impetrar de la majestad de Dios lo que pidieren. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre —dice—, allí estoy yo en medio de ellos. Es decir, afirmó que estaría con los sencillos y pacíficos, con los que temen a Dios y observan sus preceptos, aunque sólo fueran dos o tres, como estuvo con los tres jóvenes en el horno encendido. Y como eran sencillos para con Dios y permanecían unidos entre sí, metió dentro un viento húmedo que silbaba, y el fuego no les atormentó. Como asistió a los dos apóstoles encerrados en la cárcel porque eran sencillos y vivían en perfecta armonía: él, abiertas las puertas de la prisión, les mandó a la plaza pública para que transmitiesen al pueblo la palabra que fielmente predicaban. Por tanto, cuando en su predicación afirma y dice: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos, no separó a los hombres de la Iglesia, él que instituyó y creó la Iglesia, sino que echándoles en cara a los pérfidos su discordia y recomendando oralmente la paz a los fieles, quiso demostrar que él está más bien con dos o tres que rezan con una sola alma, que con muchos disidentes; que puede conseguirse más con la oración concorde de unos pocos, que con la discorde de una multitud.

Por lo cual, cuando fijó las normas que deben presidir la oración, añadió estas palabras: Y cuando estéis de pie orando, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Y al que va a presentar su ofrenda con la discordia en el corazón lo aparta del altar y le ordena que vaya primero a reconciliarse con su hermano, y entonces, ya en paz, que vuelva a presentar a Dios su ofrenda.

Cristo nos dio la paz, nos mandó que tuviéramos un solo corazón y una sola alma, y nos encargó que mantuviéramos incorruptos e inviolados los vínculos de la dilección y de la caridad.

Tratado sobre la unidad de la Iglesia católica (12-14: CCL 3, 257-259)

martes, 1 de julio de 2014

Una Meditación y una Bendición

Yo soy vuestro preceptor

Con razón el Logos es llamado pedagogo, pues a nosotros, niños, nos conduce a la salvación. Por eso ha dicho clarísimamente de sí mismo por boca del profeta Oseas: Yo soy vuestro preceptor. Pedagogía es, el culto divino, comprensivo de una educación en el servicio de Dios, de una introducción al conocimiento de la verdad y de una buena formación que conduce al cielo.

La palabra pedagogía es polivalente: está la pedagogía del que es conducido y enseñado y la del que conduce y enseña; pedagogía es, en tercer lugar, la misma formación recibida y, en cuarto lugar, las materias objeto del aprendizaje, por ejemplo, los mandamientos. Existe la pedagogía según Dios, que es la señalización del recto camino hacia la verdad, en orden a la contemplación de Dios, así como la indicación de una conducta santa que tiene como meta la eterna perseverancia. Como el general conduce a su ejército velando por la seguridad de sus soldados, y como el piloto maneja el timón de la nave atento a la salvación de los pasajeros, así también el pedagogo conduce a los niños a un tenor de vida saludable, en aras de su solicitud por nosotros. Y, en general, todo cuanto razonablemente pudiéramos pedir a Dios, lo obtendremos si obedecemos al pedagogo.

Ahora bien, así como no siempre el piloto se deja llevar por la marea, sino que a veces, poniendo proa a la tempestad, resiste a todas las borrascas, así tampoco el pedagogo expone al pequeño a los vientos que soplan en nuestro mundo, ni menos le abandona a merced de ellos, cual bajel, para que se estrelle entregándose a una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo cuando el ánimo del muchacho es impulsado a lo alto por el espíritu de verdad, empuña fuertemente el timón del niño —me estoy refiriendo a sus oídos—, y no lo suelta hasta haberle conducido, sano y salvo, al puerto celestial. Porque si lo que los hombres califican de costumbres patrias es de escasa duración, la formación recibida de Dios es una adquisición que permanece para siempre.

Nuestro pedagogo es el Dios santo, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera; el mismo Dios, que ama a los hombres, es el pedagogo. De él habla el Espíritu Santo en un pasaje del Cántico: Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos; lo rodeó cuidando de él; lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada, revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él. Aquí la Escritura nos presenta, según creo, al pedagogo, indicándonos cuál es su misión. Nuevamente se presenta a sí mismo como pedagogo, cuando se expresa así hablando en primera persona: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.

El pedagogo (Lib 1, cap 7: PG 8, 315-318)