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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Oración al buen pastor

¿Dónde pastoreas, pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey?; (toda la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja). Muéstrame el lugar de reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna: Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas

Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.

Enséñame, pues –dice el texto sagrado–, dónde pastoreas, para que pueda hallar los pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y aplicar mis labios a la bebida divina que tú, como de una fuente, proporcionas a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé en paz y descansaré bajo la luz sin mezcla de sombra; durante el mediodía, en efecto, no hay sombra alguna, ya que el sol está en su vértice; bajo esta luz meridiana haces recostar a los que has pastoreado, cuando haces entrar contigo en tu refugio a tus ayudantes. Nadie es considerado digno de este reposo meridiano si no es hijo de la luz y del día. Pero el que se aparta de las tinieblas, tanto de las vespertinas como de las matutinas, que significan el comienzo y el fin del mal, es colocado por el sol de justicia en la luz del mediodía, para que se recueste bajo ella.

Enséñame, pues, cómo tengo que recostarme y pacer, y cuál sea el camino del reposo meridiano, no sea que por ignorancia me sustraiga de tu dirección y me junte a un rebaño que no sea el tuyo.

Esto dice la esposa del Cantar, solicita por la belleza que le viene de Dios y con el deseo de saber cómo alcanzar la felicidad eterna.

San Gregorio de Nisa
Comentario sobre el Cantar de los cantares (Cap 2: PG 44, 802)

viernes, 30 de octubre de 2015

Sé benigno con los hermanos desgraciados

Nunca faltan huéspedes y exilados; por todas partes pueden verse manos tendidas implorando una limosna. A éstos, el aire libre, bajo un cielo estrellado, les sirve de techo; los pórticos, las encrucijadas de los caminos y los rincones más apartados de las plazas les ofrecen cobijo. A imitación de lechuzas y búhos, se ocultan en las cavernas. Se cubren con vestidos andrajosos, desgastados y rotos. Los productos del campo son para ellos la bondad de aquellos que se compadecen de su miseria: su alimento es lo que lograren recaudar de las personas a quienes se acercan; su bebida es la misma de los seres irracionales, es decir, las fuentes; su vaso son las cuencas de las manos; su alforja es el mismo seno, mientras no esté totalmente roto, incapaz de cobijar las cosas que en él se echen. Su mesa son las rodillas juntas; su lecho, el suelo; su baño, el que Dios proporcionó a todos, construido sin intervención del humano ingenio: el río o el lago. Llevan una vida vagabunda y agreste, y no porque inicialmente optaron por este estilo de vida, sino porque las calamidades y la necesidad les han obligado a ello.

Tú que ayunas, proporciónales lo necesario para el sustento. Sé benigno con los hermanos desgraciados. Lo que sustraes al estómago, dáselo al que tiene hambre. Que el justo temor de Dios actúe de rasero igualitario. Mediante una modesta templanza, combina y modera dos tendencias entre sí contrarias: tu saciedad y el hambre del hermano. Que la razón abra a los pobres las puertas de los ricos. Que la prudencia deje expedito al necesitado el acceso al opulento. Que no sea el cálculo humano el que abastezca a los indigentes, sino sea más bien la palabra eterna de Dios la que les suministre casa, lecho y mesa. Con palabras rebosantes de dulzura y humanismo, suministra de tus bienes lo necesario para la vida. Que la muchedumbre de pobres y de enfermos encuentre en ti un seguro refugio. Que cada cual se cuide con toda diligencia de sus vecinos. No consientas que nadie se te anticipe en la solicitud, digna de recompensa, para con los allegados. Mira de no dejarte arrebatar el tesoro que te está reservado.

Abraza, como al oro, al hombre flagelado por la calamidad. Envuelve en tales cuidados la precaria salud del pobre, como si de ella dependiese tu bienestar, la salud de tu mujer, la de tus hijos, la de tus siervos, en una palabra, la salud de toda tu familia. Pues si es verdad que todos los pobres han de ser atendidos y ayudados, hemos de rodear de una especialísima atención a los enfermos. Pues el que es a la vez indigente y enfermo, está aquejado de una doble pobreza. En efecto, los pobres que poseen un cuerpo vigoroso, yendo de puerta en puerta, acabarán finalmente encontrando quien algo les dé. Además, se sitúan en los lugares concurridos, dirigiéndose a todos los transeúntes implorando ayuda. En cambio, los pobres que no gozan de buena salud, se hallan recluidos en un mísero tugurio, o incluso en un angosto ángulo del tugurio, como Daniel en el foso de los leones, y te esperan, cual otro Habacuc, a ti lleno de bondad, de preocupación y de amor hacia los pobres.

Por lo cual, hazte, mediante la limosna, colega del profeta; acude prestamente y sin ningún tipo de pereza a remediar al indigente. No temas, no padecerás merma en tus intereses. Pues de la limosna se deriva un variado y sustancioso provecho. Siembra el beneficio, para que puedas cosechar el fruto y llenar tu casa de buenas gavillas.

San Gregorio de Nisa
Homilía 1 sobre el amor a los pobres (PG 46, 458-459)

viernes, 10 de julio de 2015

Dios puede ser hallado en el corazón del hombre

La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué de la salud, sino el poseerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud, mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la enfermedad? En este mismo sentido hemos de entender las palabras que comentamos, o sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tiene el corazón limpio, sea una visión externa, por así decirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el corazón limpio de todo afecto desordenado a las criaturas contempla, en su misma belleza interna, la imagen de la naturaleza divina.

Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir: «Oh vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien verdadero, cuando oigáis que la majestad divina está elevada y ensalzada por encima de los cielos, que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su naturaleza es incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que deseáis».

Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, enseguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva, y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace él mismo enteramente bueno.

Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo es dichoso el limpio de corazón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a través de una imagen, la forma primitiva. Del mismo modo, en efecto, que el que contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el espejo no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros —es como si dijera el Señor—, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inaccesible, si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en nosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.

La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza, y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver claramente, con un corazón sereno, un bello espectáculo. Resumiremos todo esto diciendo que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por medio del cual vemos a Dios.

San Gregorio de Nisa
Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1270-1271)

jueves, 9 de julio de 2015

La esperanza de ver a Dios

La promesa de ver a Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza dei Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.

Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.

Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza Pues, si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable.

¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?

No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos.

Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable.

Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.

San Gregorio de Nisa
Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1266-1267)

miércoles, 8 de julio de 2015

Dios es como una roca inaccesible

Lo mismo que suele acontecer al que desde la cumbre de un alto monte mira algún dilatado mar, esto mismo le sucede a mi mente cuando desde las alturas de la voz divina, como desde la cima de un monte, mira la inexplicable profundidad de su contenido.

Sucede, en efecto, lo mismo que en muchos lugares marítimos, en los cuales, al contemplar un monte por el lado que mira al mar, lo vemos como cortado por la mitad y completamente liso desde su cima hasta la base, y como si su cumbre estuviera suspendida sobre el abismo; la misma impresión que causa al que mira desde tan elevada altura a lo profundo del mar, la misma sensación de vértigo experimento yo al quedar como en suspenso por la grandeza de esta afirmación del Señor: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado. A Dios nadie lo ha visto jamás, dice san Juan; y Pablo confirma esta sentencia con aquellas palabras tan elevadas: A quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Esta es aquella piedra leve, lisa y escarpada, que aparece como privada de todo sustentáculo y aguante intelectual; de ella afirmó también Moisés en sus decretos que era inaccesible, de manera que nuestra mente nunca puede acercarse a ella por más que se esfuerce en alcanzarla, ni puede nadie subir por sus laderas escarpadas, según aquella sentencia: Nadie puede ver al Señor y quedar con vida.

Y sin embargo, la vida eterna consiste en ver a Dios. Y que esta visión es imposible lo afirman las columnas de la fe, Juan, Pablo y Moisés. ¿Te das cuenta del vértigo que produce en el alma la consideración de las profundidades que contemplamos en estas palabras? Si Dios es la vida, el que no ve a Dios no ve la vida. Y que Dios no puede ser visto lo atestiguan, movidos por el Espíritu divino, tanto los profetas como los apóstoles. ¿En qué angustias, pues, no se debate la esperanza del hombre?

Pero el Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas.

Por lo tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra; si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad, iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos cogidos de su mano. Porque dice: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

San Gregorio de Nisa
Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1263-1266)

miércoles, 6 de mayo de 2015

Primogénito de la nueva creación

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Este es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto; los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos.

En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza.

San Gregorio de Nisa
Sermón 1 sobre la resurrección de Cristo (PG 46, 603-606.626-627)

jueves, 14 de agosto de 2014

Oración del buen pastor

¿Dónde pastoreas, pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? (toda la humanidad, que cargas-te sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola oveja). Muéstrame el lugar de reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida eterna: Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas.

Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.

Enséñame, pues —dice el texto sagrado—, dónde pasto-reas, para que pueda hallar los pastos saludables y saciar-me del alimento celestial, que es necesario comer para entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente, proporcionas a los sedientos con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se convierte para todos los que de ella beben en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé en paz y descansaré bajo la luz sin mezcla de sombra; durante el mediodía, en efecto, no hay sombra alguna, ya que el sol está en su vértice; bajo esta luz meridiana haces recostar a los que has pastoreado cuando haces entrar contigo en tu refugio a tus ayudantes. Nadie es considerado digno de este reposo meridiano si no es hijo de la luz y del día. Pero el que se aparta de las tinieblas, tanto de las vespertinas como de las matutinas, que significan el comienzo y el fin del mal, es colocado por el sol de justicia en la luz del mediodía, para que se recueste bajo ella.

Enséñame, pues, cómo tengo que recostarme y pacer, y cuál sea el camino del reposo meridiano, no sea que por ignorancia me sustraiga de tu dirección y me junte a un rebaño que no sea el tuyo.

Esto dice la esposa del Cantar, solícita por la belleza que le viene de Dios y con el deseo de saber cómo alcanzar la felicidad eterna.

Comentario sobre el Cantar de los cantares (Cap 2: PG 44, 802)

viernes, 11 de julio de 2014

El amor y el temor del Señor, condición previa para el cumplimiento de la ley

Lo más importante en la búsqueda de la sabiduría es que, quien es verdaderamente grande en las obras, tenga un corazón humilde y puro, no se preocupe por la vida, ni se considere digno de Dios. Pero todavía nos resta añadir a lo dicho cómo estos tales deban comportarse entre sí y cómo deban correr a porfía hasta llegar a la ciudad celestial. Por ello, es necesario que quien desprecia las grandezas de este mundo y renuncia a su gloria vana renuncie también a su propia vida.

Renunciar a la propia vida significa no buscar nunca la propia voluntad, sino la voluntad de Dios y hacer del querer divino la norma única de la propia conducta, que dirige, en la concordia, a la comunidad fraterna al puerto de la voluntad divina; significa también renunciar al deseo de poseer cualquier cosa que no sea necesaria o común, a excepción del vestido para cubrirse el cuerpo. Quien así obra se encontrará más libre y dispuesto para hacer lo que le manden los superiores, realizándolo prontamente con alegría y con esperanza, como corresponde a un servidor de Cristo, redimido para el bien de sus hermanos.

Esto es precisamente lo que desea también el Señor, cuando dice: El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea el último y esclavo de todos. Esta servicialidad hacia los hombres debe ser ciertamente gratuita, y el que se consagra a ella debe sentirse sometido a todos y servir a los hermanos como si fuera deudor de cada uno de ellos.

Pero es necesario que también los superiores de este cuerpo espiritual, considerando la grandeza de su responsabilidad y la malicia que, astutamente, tiende lazos a la fe, desplieguen una solicitud paralela a su dignidad, y no se enorgullezcan. En efecto, es conveniente que quienes están al frente de sus hermanos se esfuercen más que los demás en trabajar por el bien ajeno, se muestren más sumisos que los súbditos y, a la manera de un siervo, gasten su vida en el bien de los demás, pensando que los hermanos son en realidad como un tesoro que pertenece a Dios y que Dios ha colocado bajo su cuidado.

Por eso, los superiores deben cuidar de los hermanos como si se tratara de unos tiernos niños a quienes los propios padres han puesto en manos de unos educadores. Estos, teniendo en cuenta el temperamento de cada niño, a unos los azotan, a otros los amonestan, alaban a un tercero y a un cuarto lo tratan diversamente. Y esto lo hacen no para granjearse la benevolencia, ni el odio, exactamente como han de comportarse los jefes espirituales.

Si de esta manera vivís, llenos de afecto los unos paró con los otros, si los súbditos cumplís con alegría los decretos y mandatos, y los maestros os entregáis con interés al perfeccionamiento de los hermanos, si procuráis teneros mutuamente el debido respeto, vuestra vida, ya en este mundo, será semejante a la de los ángeles en el cielo.

Pero que cada cual se convenza a sí mismo de ser inferior y más débil no sólo que el hermano con 'quien vive, sino que cualquier otro hombre. Si esto sabe, será un verdadero discípulo de Cristo. Y puesto que conocéis los. frutos de la humildad y lo nefasto que es el orgullo, imitad al Señor y corred como un solo cuerpo y una sola alma hacia la suprema vocación, amando a Dios y amándoos mutuamente. Ya que el amor y el temor del Señor son condición previa para el cumplimiento de la ley.

Tratado sobre la institución cristiana (PG 46, 298-299)

miércoles, 25 de junio de 2014

Tú que has sido crucificado juntamente con Cristo, ofrécete a Dios como sacerdote sin tacha

Puestos los ojos en aquel que es perfecto, con ánimo valeroso y confiado emprende esta magnifica navegación sobre la nave de la templanza, pilotada por Cristo e impulsada por el soplo del Espíritu Santo.

Si es ya cosa grave cometer un solo pecado, y si precisamente por ello juzgas más seguro no arriesgarte a una meta tan sublime, ¿cuánto más grave no será hacer del pecado la ocupación de la propia existencia, y vivir absolutamente alejado del ideal de una vida pura? ¿Cómo es posible que quien vive inmerso en la vida terrena y está satisfecho con su pecado, escuche la voz de Cristo crucificado, muerto al pecado, que le invita a seguirle llevando a cuestas la cruz cual trofeo arrancado al enemigo, si no se ha dignado morir al mundo ni mortificar su carne? ¿Cómo puedes obedecer a Pablo, que te exhorta con estas palabras: Presenta tu cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios, tú que tienes al mundo por modelo, tú que, ni transformado por un cambio de mentalidad ni decidido a caminar por esta nueva vida, te empeñas en seguir los postulados del hombre viejo?

¿Cómo puedes ejercer el sacerdocio de Dios tú que has sido ungido precisamente para ofrecer dones a Dios? Porque el don que debes ofrecer no ha de ser un don totalmente ajeno a ti, tomado, como sustitución, de entre los bienes de que estás rodeado, sino que ha de ser un don realmente tuyo, es decir, tu hombre interior, que ha de ser cual cordero inocente y sin defecto, sin mancha alguna ni imperfección. ¿Cómo podrás ofrecer a Dios estas mismas cosas, tú que no observas la ley que prohíbe que el impuro ejerza las funciones sagradas? Y si deseas que Dios se te manifieste, ¿por qué no escuchas a Moisés, que ordenó al pueblo abstenerse de las relaciones conyugales si quería contemplar el rostro de Dios?

Si estas cosas se te antojan baladíes: estar crucificado junto con Cristo, presentarte a ti mismo como hostia para Dios, convertirte en sacerdote del Altísimo y ser considerado digno de aquel grandioso resplandor de Dios, ¿qué cosas más sublimes podremos recomendarte si incluso las realidades que de ellas se seguirían van a parecerte deleznables? Del estar crucificado junto con Cristo se sigue la participación en su vida, en su gloria y en su reino; y del hecho de presentarse a Dios como oblación se consigue la conmutación de la naturaleza y dignidad humana por la angélica.

Ahora bien, el que es recibido por aquel que es el verdadero sacrificio y se une al sumo príncipe de los sacerdotes queda, por eso mismo, constituido sacerdote para siempre y la muerte no le impide permanecer indefinidamente. Por su parte, el fruto de aquel que se considera digno de ver a Dios no puede ser otro que éste: que se le considere digno de ver a Dios. Esta es la meta suprema de la esperanza, ésta es la plenitud de todo deseo, éste es el fin y la síntesis de toda gracia y promesa divina y de aquellos bienes inefables, que ni la inteligencia ni los sentidos son capaces de percibir.

Esto es lo que ardientemente deseó Moisés, esto es lo que anhelaron muchos profetas, esto es lo que ansiaron ver los reyes: pero únicamente son considerados dignos los limpios de corazón, que por eso mismo se les considera y son dichosos, porque ellos verán a Dios. Deseamos que tú te conviertas en uno de éstos, que, crucificado junto con Cristo, te ofrezcas a Dios como sacerdote sin tacha; que, convertido en sacrificio puro de castidad mediante una total y pura integridad, te prepares, con su ayuda, a la venida del Señor, para que también tú puedas contemplar, con corazón limpio, a Dios, según la promesa del mismo Dios y Salvador nuestro Jesucristo, con quien sea dada la gloria al Dios todopoderoso, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Carta sobre la virginidad (Cap 24: PG 46, 414-416)

sábado, 10 de mayo de 2014

El cristiano es otro Cristo

Pablo, mejor que nadie, conocía a Cristo y enseñó, con sus obras, cómo deben ser los que de él han recibido su nombre, pues lo imitó de una manera tan perfecta que mostraba en su persona una reproducción del Señor, ya que, por su gran diligencia en imitarlo, de tal modo estaba identificado con el mismo ejemplar, que no parecía ya que hablara Pablo, sino Cristo, tal como dice él mismo, perfectamente consciente de su propia perfección: Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí. Y también dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

El nos hace ver la gran virtualidad del nombre de Cristo, al afirmar que Cristo es la fuerza y sabiduría de Dios, al llamarlo paz y luz inaccesible en la que habita Dios, expiación, redención, gran sacerdote, Pascua, propiciación de las almas, irradiación de la gloria e impronta de la substancia del Padre, por quien fueron hechos los siglos, comida y bebida espiritual, piedra y agua, fundamento de la fe, piedra angular, imagen del Dios invisible, gran Dios, cabeza del cuerpo que es la Iglesia, primogénito de la nueva creación, primicias de los que han muerto, primogénito de entre los muertos, primogénito entre muchos hermanos, mediador entre Dios y los hombres, Hijo unigénito coronado de gloria y de honor, Señor de la gloria, origen de las cosas, rey de justicia y rey de paz, rey de todos, cuyo reino no conoce fronteras.

Estos nombres y otros semejantes le da, tan numerosos que no pueden contarse. Nombres cuyos diversos significados, si se comparan y relacionan entre sí, nos descubren el admirable contenido del nombre de Cristo y nos revelan, en la medida en que nuestro entendimiento es capaz, su majestad inefable.

Por lo cual, puesto que la bondad de nuestro Señor nos ha concedido una participación en el más grande, el más divino y el primero de todos los nombres, al honrarnos con el nombre de «cristianos», derivado del de Cristo, es necesario que todos aquellos nombres que expresan el significado de esta palabra se vean reflejados también en nosotros, para que el nombre de «cristianos» no aparezca como una falsedad, sino que demos testimonio del mismo con nuestra vida.

Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano (PG 46, 254255)

jueves, 8 de mayo de 2014

La voluntad de Cristo, norma de nuestra vida

Cuando se nos enseña que Cristo es la redención y que para redimirnos él mismo se entregó como precio, confesamos al mismo tiempo que, al constituirse en precio de cada una de las almas y otorgándonos la inmortalidad, nos ha convertido —a nosotros comprados por él dando vida por muerte— en posesión suya propia. Ahora bien, si somos propiedad del que nos redimió, sigamos incondicionalmente al Señor, de modo que ya no vivamos para nosotros, sino para el que nos compró al precio de su vida: pues ya no somos dueños de nosotros mismos; nuestro Señor es aquel que nos compró y nosotros estamos sometidos a su dominio. En consecuencia, su voluntad ha de ser la norma de nuestro vivir.

Y así como cuando la muerte nos oprimía con tiránica dominación, todo en nosotros lo disponía la ley del pecado, así ahora que estamos destinados a la vida es lógico que nos gobierne la voluntad del Todopoderoso, no sea que renunciando por el pecado a la voluntad de vivir, nuevamente caigamos por decisión propia bajo la impía dominación del pecado.

Esta reflexión nos unirá más estrechamente al Señor, sobre todo si escucháramos a Pablo llamarle unas veces Pascua, otras sacerdote: porque Cristo se inmoló por nosotros como verdadera Pascua, y, en calidad de sacerdote, el mismo Cristo se ofreció a Dios en sacrificio. Se entregó —dice— por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Lo cual es una lección para nosotros. Pues quien ve que Cristo se ha entregado a Dios como oblación y víctima y se ha convertido en nuestra Pascua, él mismo presenta su cuerpo a Dios como hostia viva, santa, agradable, hecho un culto razonable. El modo de realizar el sacrificio es: no ajustarse a este mundo, sino transformarse por la renovación de la mente, para saber discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

En efecto, la voluntad amorosa de Dios no puede manifestarse en la carne no sacrificada por la ley del espíritu, ya que la tendencia de la carne es rebelarse contra Dios, y no se somete a la ley de Dios. De donde se sigue que si antes no se ofrece la carne —mortificado todo lo terreno que hay en ella y con lo que condesciende con el apetito—como hostia viva, no puede llevarse a cabo sin dificultad en la vida de los creyentes la voluntad de Dios agradable y perfecta. Igualmente, la mera consideración de que Cristo se ha erigido en propiciación nuestra a partir de su sangre, nos induce a constituirnos en nuestra propia propiciación y, mortificando nuestros miembros, lograr la inmortalidad de nuestras almas.

Y cuando se dice que Cristo es el reflejo de la gloria de Dios e impronta de su ser, la expresión nos sugiere la idea de su adorable majestad. En efecto, Pablo inspirado por el Espíritu de Dios e instruido directamente por Dios, que en el abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento de Dios había rastreado lo arcano y recóndito de los misterios divinos; y, sintiéndose incapaz de expresar en lenguaje humano los esplendores de aquellas cosas que están más allá de toda indagación o investigación y que sin embargo le habían sido divinamente reveladas, para que los oídos de sus oyentes pudieran captar la inteligencia que él tenía del misterio, echa mano de algunas aproximaciones, hablando en tanto en cuanto sus palabras eran capaces de trasvasar su pensamiento.

Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano (PG 46, 262263)

martes, 6 de mayo de 2014

Cristo, primogénito de entre los muertos

El Apóstol llama a Cristo Primogénito de toda criatura y Primogénito entre muchos hermanos, y, finalmente Primogénito de entre los muertos.

Es el primogénito de entre los muertos, por ser el primero que por sí mismo, superó los acerbos dolores de la muerte, comunicando además a todos la fuerza necesaria para el alumbramiento que supone la resurrección. Fue constituido primogénito entre los hermanos, por ser el primero que, en el nuevo parto de la regeneración, fue engendrado en el agua, nacimiento presidido por el aleteo de la paloma. Por medio de este nacimiento, se incorpora como hermanos a cuantos participan con él en una tal generación, convirtiéndose de este modo en primogénito de quienes, después de él, son regenerados en el agua y en el Espíritu. En una palabra: Cristo es el primogénito en las tres generaciones con que es vivificada la naturaleza humana: la primera es la generación corporal, la segunda la que se verifica mediante el sacramento de la regeneración, y la tercera, finalmente, la que tiene lugar a través de la esperada resurrección de entre los muertos.

Y siendo doble la regeneración operada por uno de estos dos medios: el bautismo y la resurrección, de ambas es Cristo príncipe y caudillo. En la carne es asimismo el primogénito: él es el primero y el único que ha llevado a cabo en sí mismo, por medio de la Virgen, un nacimiento nuevo y desconocido por la naturaleza, nacimiento que nadie, en el decurso de tantas humanas generaciones, fue capaz de realizar. Si la razón llegara a comprender estas realidades, comprendería asimismo el significado de la criatura, cuyo primogénito es Cristo. Conocemos, en efecto, un doble creación de nuestra naturaleza: la primera, cuando fuimos formados; la segunda, cuando fuimos reformados. Ahora bien, no hubiera sido necesaria una segunda creación, si no hubiéramos hecho inútil la primera mediante la prevaricación.

Envejecida, anticuada y caduca la primera creación, era necesario proceder, en Cristo, a la creación de una nueva criatura, pues —como dice el Apóstol— nada viejo debe hacer acto de presencia en la segunda criatura: Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras y deseos, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Y: El que vive con Cristo —dice— es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha llegado lo nuevo. Uno e idéntico es el Hacedor de la naturaleza humana que creó lo que existe desde la aurora de los siglos y lo que posteriormente ha sido hecho. Al principio modeló al hombre del polvo; más tarde, tomando el polvo de la Virgen, no se limitó a modelar un hombre, sino que plasmó su propia humanidad. Entonces creó, luego fue creado; entonces el Logos hizo la carne, luego el Logos se hizo carne, para que nuestra carne se espiritualizara. Al hacerse uno de nosotros, asumió la carne y la sangre.

Con razón, pues, es llamado primogénito de esta nueva criatura cristiana de la que él es caudillo, constituido en primicia de todos, tanto de los que nacen a la vida, como de los que renacen en virtud de su resurrección de entre los muertos, para que sea el Señor de vivos y muertos y consagre en sí mismo, que es la primicia, a la totalidad de los bautizados.

Contra Eunomio (Lib 4: PG 45, 634. 635638)

jueves, 22 de agosto de 2013

El misterio de la Iglesia

Echemos mano del Apóstol para interpretar estos misterios. Pablo, en su carta a los Efesios, cuando nos presenta aquella gran aparición de Dios que tuvo lugar en la carne, dice en algún pasaje que no sólo a la naturaleza humana, sino también a los principados y potestades en los cielos se reveló la multiforme e inabarcable sabiduría de Dios, manifestada con la venida de Cristo entre los hombres. Dice así el texto: Mediante la Iglesia, los principados y potestades en los cielos conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en él.

Y efectivamente, mediante la Iglesia se da a conocer a las potestades supramundanas la multiforme e inabarcable sabiduría de Dios, que realiza cosas grandes y admirables por sus opuestos. ¿Cómo, en efecto, de la muerte puede brotar la vida, del pecado la justicia, de la maldición la bendición, de la ignominia la gloria y la fuerza de la debilidad? Porque, en los primeros tiempos, las potestades supramundanas sólo conocieron una sabiduría de Dios simple y uniforme, que obraba maravillas conforme a su naturaleza. Y en las cosas visibles no había variedad, dado que, siendo la naturaleza divina fuerza y poder, libremente formaba todas las criaturas con un simple acto de voluntad, imprimiendo a la naturaleza de las cosas una virtualidad generativa, y creaba todas las cosas muy bellas, surgiendo de la misma fuente de la belleza.

Ahora, en cambio, por medio de la Iglesia, les es claramente manifiesta la naturaleza variada y multiforme de la naturaleza divina, como resulta de la conexión de los contrarios, como por ejemplo: el Verbo que se hace carne, la Vida uncida a la muerte, sus llagas y contusiones que sanan nuestras heridas; cómo abate la potencia del adversario con la debilidad de la cruz, cómo se manifiesta en la carne lo que es invisible por naturaleza, cómo redime a los cautivos, siendo él a la vez el redentor y el precio del rescate: en efecto, él se entregó por nosotros a la muerte como precio de la redención; cómo es presa de la muerte sin que lo abandone la vida; cómo acepta la condición de esclavo y sigue siendo soberano.

Los amigos del Esposo, conociendo por medio de la Iglesia todas estas realidades y otras semejantes, tan variadas y multiformes, fueron enriquecidos en su inteligencia para descubrir en el misterio un nuevo aspecto de la sabiduría divina: y si no es demasiado audaz afirmarlo, contemplando a través de la Esposa la belleza del Esposo, quedaron altamente maravillados, como ante una realidad inesperada e incomprensible.

De hecho, Dios, a quien —como dice Juan— nadie ha visto jamás, ni puede verlo, ha hecho de la Iglesia —como atestigua Pablo— su propio cuerpo y, mediante la agregación de aquellos que van siendo llamados a la salvación, la edifica en la caridad, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Ahora bien, si la Iglesia es el cuerpo de Cristo, y Cristo es la cabeza del cuerpo, configurando el rostro de la Iglesia con su propia fisonomía, quizá sea debido a esto el que los amigos del Esposo, al contemplar estas realidades, se sientan más capaces de comprender: de hecho, por medio de la Iglesia, pueden ver con mayor transparencia al Esposo mismo, que de suyo escapa a su campo visual. Y de la misma forma que los que no pueden mirar de hito en hito al sol, pueden, no obstante, verlo reflejado en el agua, así también aquéllos ven en un espejo limpio, es decir, en el rostro de la Iglesia, al Sol de justicia, que es comprendido por la mente en la medida en que se manifiesta.

Homilía 8 sobre el Cantar de los cantares (PG 44, 947-950)

lunes, 19 de agosto de 2013

Tenemos a Cristo que es nuestra paz y nuestra luz

El es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte al odio, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que este odio reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerto. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora, que yace bien muerto, no seamos nosotros quienes lo resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.

Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos el odio, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del Espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.

La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.

Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que dejemos las actividades de las tinieblas y nos conduzcamos como en pleno día, con dignidad, y, apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz, y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.

Y si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.
Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano (PG 46, 259-262)

viernes, 26 de julio de 2013

El rey pacífico gobierna a su pueblo con justicia

En muchos aspectos el rey Salomón representa el tipo del verdadero rey; me refiero a los muchos aspectos que de él nos cuenta la sagrada Escritura y que se refieren a lo que de mejor había en él. Por ejemplo, se le llama pacífico y se dice de él que estaba dotado de una inmensa sabiduría; construye el templo, gobierna a Israel y juzga al pueblo con justicia: y es del linaje de David. Se nos dice también que vino a visitarle la reina de Etiopía. Pues bien: todas estas cosas y otras por el estilo se dicen de él en sentido típico, pero describen el poder del Evangelio.

En efecto, ¿hay alguien más pacífico que aquel que dio muerte al odio, pero clavó a sus enemigos en la cruz, y a nosotros, mejor dicho, a todo el mundo lo reconcilió consigo; que abatió el muro de separación para crear, en él, de los dos, un solo hombre nuevo; que hizo las paces, y que predica la paz a los de lejos y también a los de cerca, por medio de los evangelizadores del bien?

Y ¿hay un constructor del templo comparable con aquel que pone los cimientos en los montes santos, es decir, en los profetas y apóstoles, que edifica —como dice el Apóstol— sobre el cimiento de los apóstoles y de los profetas, piedras animadas y con vida propia; piedras que por sí mismas y espontáneamente se integran en paredes compactas y conexas, como dice el profeta, de modo que, bien ajustadas y unidas con el poder de la fe y el vínculo de la paz, se van levantando hasta formar un templo consagrado, para ser morada de Dios, por el Espíritu?

Y que el Señor sea el rey de Israel dan de ello testimonio incluso sus enemigos, al colocar sobre la cruz el reconocimiento de su reino: Este es el Rey de los judíos. Aceptemos el testimonio, aun cuando parece reducir la extensión de su poder, limitando su dominio a sólo el reino de Israel. En realidad no es así: la misma inscripción colocada sobre la cruz le atribuye en cierto modo el imperio sobre todos, al no precisar que sea exclusivamente rey de los judíos. Antes, atestiguando su ilimitado dominio sobre los judíos, con las mismas palabras está asignándole tácitamente un dominio universal. En efecto, el rey de toda la tierra domina también sobre una parte de la misma.

El empeño de Salomón por juzgar según la verdad, apunta ya al verdadero juez de todo el mundo, que dice: El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos; y: Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo. He aquí una exactísima definición del juicio justo: dar una respuesta a quienes se someten al arbitraje judicial, no por cuenta propia o guiados por preferencias personales, sino que antes hay que escuchar a los interesados, y después pronunciar la sentencia una vez confrontados los datos. Por eso, Cristo, potencia de Dios, reconoce que no puede hacer ciertas cosas; y, en realidad, la verdad no puede desviar el juicio de la justicia.

¿Quién ignora que la Iglesia, constituida por gentes procedentes de la idolatría, era negra en su origen, antes de convertirse en Iglesia, y que durante todo el largo intervalo en que estuvo bajo el dominio de la ignorancia habitaba lejos del conocimiento del verdadero Dios? Mas cuando hizo su aparición la gracia de Dios y resplandeció la sabiduría, y la luz verdadera envió sus rayos sobre los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte, entonces, mientras Israel cerraba los ojos a la luz y se retraía de la participación de los bienes, vienen los Etíopes, es decir, aquellos de los paganos que acceden a la fe; y hasta tal punto lavan en la mística agua su propia negrura, que Etiopía extiende sus manos a Dios ofreciendo dones al rey: los aromas de la piedad, el oro del conocimiento de Dios, las gemas de los preceptos y de realización de milagros.

Homilía 7 sobre el Cantar de los cantares (PG 44, 907-910)

viernes, 12 de julio de 2013

Dios puede ser hallado en el corazón del hombre

La salud corporal es un bien para el hombre; pero lo que interesa no es saber el porqué de la salud, sino el poseerla realmente. En efecto, si uno explica los beneficios de la salud, mas luego toma un alimento que produce en su cuerpo humores malignos y enfermedades, ¿de qué le habrá servido aquella explicación, si se ve aquejado por la enfermedad? En este mismo sentido hemos de entender las palabras que comentamos, o sea, que el Señor llama dichosos no a los que conocen algo de Dios, sino a los que lo poseen en sí mismos. Dichosos, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Y no creo que esta manera de ver a Dios, la del que tiene el corazón limpio, sea una visión externa, por así decirlo, sino que más bien me inclino a creer que lo que nos sugiere la magnificencia de esta afirmación es lo mismo que, de un modo más claro, dice en otra ocasión: El reino de Dios está dentro de vosotros; para enseñarnos que el que tiene el corazón limpio de todo afecto desordenado a las criaturas contempla, en su misma belleza interna, la imagen de la naturaleza divina.

Yo diría que esta concisa expresión de aquel que es la Palabra equivale a decir: «Oh vosotros, los hombres en quienes se halla algún deseo de contemplar el bien verdadero, cuando oigáis que la majestad divina está elevada y ensalzada por encima de los cielos, que su gloria es inexplicable, que su belleza es inefable, que su naturaleza es incomprensible, no caigáis en la desesperación, pensando que no podéis ver aquello que deseáis».

Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, enseguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva, y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace él mismo enteramente bueno.

Por tanto, el que se ve a sí mismo ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo es dichoso el limpio de corazón, porque al contemplar su propia limpieza ve, como a través de una imagen, la forma primitiva. Del mismo modo, en efecto, que el que contempla el sol en un espejo, aunque no fije sus ojos en el cielo, ve reflejado el sol en el espejo no menos que el que lo mira directamente, así también vosotros —es como si dijera el Señor—, aunque vuestras fuerzas no alcancen a contemplar la luz inaccesible, si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en nosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos.

La divinidad es pureza, es carencia de toda inclinación viciosa, es apartamiento de todo mal. Por tanto, si hay en ti estas disposiciones, Dios está en ti. Si tu espíritu, pues, está limpio de toda mala inclinación, libre de toda afición desordenada y alejado de todo lo que mancha, eres dichoso por la agudeza y claridad de tu mirada, ya que, por tu limpieza de corazón, puedes contemplar lo que escapa a la mirada de los que no tienen esta limpieza, y, habiendo quitado de los ojos de tu alma la niebla que los envolvía, puedes ver claramente, con un corazón sereno, un bello espectáculo. Resumiremos todo esto diciendo que la santidad, la pureza, la rectitud son el claro resplandor de la naturaleza divina, por medio del cual vemos a Dios.

Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1270-1271)

miércoles, 10 de julio de 2013

Dios es como una roca inaccesible

Lo mismo que suele acontecer al que desde la cumbre de un alto monte mira algún dilatado mar, esto mismo le sucede a mi mente cuando desde las alturas de la voz divina, como desde la cima de un monte, mira la inexplicable profundidad de su contenido.

Sucede, en efecto, lo mismo que en muchos lugares marítimos, en los cuales, al contemplar un monte por el lado que mira al mar, lo vemos como cortado por la mitad y completamente liso desde su cima hasta la base, y como si su cumbre estuviera suspendida sobre el abismo; la misma impresión que causa al que mira desde tan elevada altura a lo profundo del mar, la misma sensación de vértigo experimento yo al quedar como en suspenso por la grandeza de esta afirmación del Señor: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado. A Dios nadie lo ha visto jamás, dice san Juan; y Pablo confirma esta sentencia con aquellas palabras tan elevadas: A quien ningún hombre ha visto ni puede ver. Esta es aquella piedra leve, lisa y escarpada, que aparece como privada de todo sustentáculo y aguante intelectual; de ella afirmó también Moisés en sus decretos que era inaccesible, de manera que nuestra mente nunca puede acercarse a ella por más que se esfuerce en alcanzarla, ni puede nadie subir por sus laderas escarpadas, según aquella sentencia: Nadie puede ver al Señor y quedar con vida.

Y sin embargo, la vida eterna consiste en ver a Dios. Y que esta visión es imposible lo afirman las columnas de la fe, Juan, Pablo y Moisés. ¿Te das cuenta del vértigo que produce en el alma la consideración de las profundidades que contemplamos en estas palabras? Si Dios es la vida, el que no ve a Dios no ve la vida. Y que Dios no puede ser visto lo atestiguan, movidos por el Espíritu divino, tanto los profetas como los apóstoles. ¿En qué angustias, pues, no se debate la esperanza del hombre?

Pero el Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas.

Por lo tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra; si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad, iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos cogidos de su mano. Porque dice: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Homilía 6 sobre las bienaventuranzas (PG 44, 1263-1266)

miércoles, 1 de mayo de 2013

Cristo, primogénito de la nueva creación

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla? Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Este es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto; los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos.

En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza.

San Gregorio de Nisa, Sermón 1 sobre la resurrección de Cristo (PG 46, 603-606.626-627)