Mostrando entradas con la etiqueta Nicolás Cabasilas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nicolás Cabasilas. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de octubre de 2014

Cristo en persona es nuestro arquetipo

Los que están poseídos por el amor de Dios y de la virtud deben estar prontos a soportar incluso las persecuciones y, si la ocasión se presenta, no han de rehusar exilarse y hasta aceptar alegremente las mayores afrentas, en la certeza de los grandes y preciosísimos premios que les están reservados en el cielo.

El amor de los combatientes hacia el caudillo y remunerador de la lucha produce este efecto: infunde en elfos una convicción de fe en los premios que todavía no están a la vista y les comunica una sólida esperanza en los premios futuros. De esta forma, pensando y meditando continuamente en la vida de Cristo, les inspira sentimientos de moderación y les mueve a compasión de la fragilidad de que son conscientes; les hace además delicados, justos, humanos y modestos, instrumentos de paz y de concordia, y, de tal suerte ligados a Cristo y a la virtud, que por ellos no sólo están prontos a padecer, sino que soportan serenamente los insultos y se alegran en las persecuciones. En una palabra, de estas meditaciones podemos sacar aquellos bienes inconmensurables que son el ingrediente de la felicidad. Y así, en aquel que es el sumo bien, podemos conservar la inteligencia, tutelar la habitual buena compostura, hacer mejor el alma, custodiar las riquezas recibidas en los sacramentos y mantener limpia e intacta la túnica real.

Pues bien: así como es propio de la naturaleza humana estar dotada de una inteligencia y actuar de acuerdo con la razón, así debemos reconocer que para contemplar las cosas de Cristo nos es necesaria la meditación. Sobre todo cuando sabemos que el arquetipo en el que los hombres han de inspirarse, tanto si se trata de hacer algo en sí mismos, como si se trata de marcar la dirección a los demás, es únicamente Cristo. El es el primero, el intermedio y el último que mostró a los hombres la justicia, tanto la justicia en relación con uno mismo como la que regula el trato y la conveniencia social. Por último, él mismo es el premio y la corona que se otorgará a los combatientes.

Por tanto, debemos tenerle siempre presente, repasando cuidadosamente todo cuanto a él se refiere y, en la medida de lo posible, tratar de comprenderlo, para saber cómo hemos de trabajar. La calidad de la lucha condiciona el premio de los atletas: fijos los ojos en el premio, arrostran los peligros, mostrándose tanto más esforzados cuanto más bello es el premio. Y al margen de todo esto, ¿hay alguien que desconozca la razón que le indujo a Cristo a comprarnos al precio de sola su sangre? Pues ésta es la razón: no hay nadie más a quien nosotros debemos servir ni por quien debemos emplearnos a fondo con todo lo que somos: cuerpo, alma, amor, memoria y toda la actividad mental. Por eso dice Pablo: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros.

De hecho, en el principio la naturaleza humana fue creada con miras al hombre nuevo; tanto la inteligencia como la voluntad a él están ordenadas: la inteligencia, para conocer a Cristo, y el apetito o el deseo para que corramos tras él, la memoria para llevarlo en nosotros, porque cuando éramos plasmados, él en persona nos sirvió de arquetipo.

Tratado de la vida en Cristo (Lib 6: PG 150, 678-679)

lunes, 20 de octubre de 2014

Sobre la victoria de Cristo

El Señor mismo, libre de todo pecado, murió entre los ultrajes del pueblo; y asumiendo como hombre la defensa y tutela de los hombres, aceptó el martirio y liberó a su estirpe de la culpa; dio a los cautivos la libertad, que él, como Dios y Señor, no necesitaba.

Estos son, pues, los caminos a través de los cuales nos llegó la verdadera vida, gracias a la muerte del Salvador. En cuanto al modo de hacer derivar esta vida a nuestras almas, tenemos la iniciación en los misterios, esto es, el baño, la unción y la participación en la sagrada mesa. Cristo viene a quienes esto hicieren, habita en ellos, se une y apega a ellos, elimina el pecado, les comunica su vida y su fortaleza, les hace partícipes de su victoria, corona a los purificados y los proclama triunfadores en la Cena.

Ahora bien, ¿a qué se debe el que la victoria y la corona nos vengan a través del baño, la unción y el banquete, cuando son más bien el premio a la fatiga, al sudor y a los peligros? Pues porque si bien, al participar de estos misterios, no luchamos ni nos fatigamos, sin embargo celebramos su combate, aplaudimos su victoria, adoramos su trofeo y manifestamos nuestro amor al esforzado, eximio e increíble luchador; asumimos aquellas llagas, aquellas heridas y aquella muerte y, en cuanto nos es posible, las reivindicamos como nuestras; y gustamos de la carne del que estaba muerto, pero ha vuelto a la vida. En consecuencia, no disfrutamos ilícitamente de los bienes derivados de aquella muerte y de aquellas luchas.

Esto es exactamente lo que pueden merecernos el baño y la cena: me refiero a una cena sobria y a las modestas delicias de la unción; pues cuando recibimos la iniciación, detestamos al tirano, lo escupimos y nos apartamos de él. Mientras que al fortísimo luchador lo aclamamos, lo admiramos, lo adoramos y lo amamos de todo corazón; y de la sobreabundancia del amor nos alimentamos como de pan, andamos sobrados como de agua.

Resulta, pues, evidente que por nosotros él aceptó esta batalla y que no rehusó morir, para que nosotros venciéramos. Por lo tanto, no es ni ilógico ni absurdo que nosotros consigamos la corona al participar de estos misterios. Nosotros pusimos de nuestra parte todo el ardor y el entusiasmo de que somos capaces, y enterados de que esta fuente tenía la eficacia derivada de la muerte y sepultura de Cristo, lo creímos todos, nos acercamos espontáneamente y nos sumergimos en las aguas bautismales. Cristo no es distribuidor de dones despreciables ni se contenta con mediocridades, sino que a cuantos se acercan a él imitando su muerte y sepultura los recibe con los brazos abiertos, otorgándoles no una corona cualquiera, ni siquiera comunicándoles su propia gloria, sino que se da a sí mismo, vencedor y coronado.

Y cuando salimos de la fuente bautismal, llevamos al mismo Salvador en nuestras almas, en la cabeza, en los ojos, en las mismas entrañas, en todos y cada uno de los miembros, limpio de pecado, libre de toda corrupción, tal como resucitó y se apareció a los discípulos y subió a los cielos; tal como ha de volver a exigirnos cuentas del tesoro confiado.

Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 515-518)

jueves, 16 de octubre de 2014

La bondad de Dios es inexplicable

El que se une a Dios es un espíritu con él. Lo mismo que la bondad de Dios es inexplicable y su amor para con el género humano rebasa toda capacidad de expresión, por cuanto es únicamente equiparable a la sola bondad divina, así su unión con los que ama supera bajo todos los aspectos cualquiera unión que pudiéramos imaginar, ni puede ser explicada por comparaciones, dada su dignidad.

Por esta razón, la Escritura hubo de recurrir a numerosos ejemplos para expresar aquella estrechísima unión, no bastando uno solo. Unas veces echa mano del simbolismo del morador y la casa, otras del de la vid y los sarmientos, la unión esponsal, o también los miembros y la cabeza, sin que ninguno de ellos satisfaga plenamente, ya que ninguno nos permite captar la verdad en toda su crudeza. La correlación más exacta es la que media entre unión y amor y caridad. Pero, ¿hay algo que pueda equipararse al amor divino?

En segundo lugar, entre las cosas que parece pueden significar la compenetración y la unión, tenemos en primer lugar la unión nupcial y el vínculo existente entre los miembros y la cabeza. Pero incluso estas realidades distan muchísimo y están muy lejos de darnos una idea clara de la unión divina. En efecto, la unión conyugal nunca unirá a los cónyuges hasta el extremo de que uno esté en el otro y en él viva, como vemos que ocurre con Cristo y la Iglesia. Por eso, el santo Apóstol, después de haber dicho del matrimonio: Es éste un gran misterio, añade inmediatamente: Yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia, significando no ser aquéllas, sino éstas las bodas dignas de admiración.

En cuanto a los miembros, están unidos a la cabeza, y viven gracias a esta conexión y cópula, rota la cual mueren. En cambio estos miembros parecen más unidos a Cristo que a su cabeza, y viven más realmente de él que de la ligazón que los une a la cabeza. Buen ejemplo tenemos de ello en los mártires, que gustosos afrontaron la muerte, mientras que no quisieron ni oír hablar de separarse de Cristo. De hecho, ofrecieron con gozo la cabeza y sus miembros al verdugo, pero nadie consiguió apartarlos o alejarlos de Cristo ni por una simple palabra de abjuración.

Ahora bien, ¿quién está tan unido a otro como a sí mismo? Y sin embargo, esta misma unión o fusión es inferior y menos perfecta que aquélla. Cada uno de los espíritus bienaventurados es uno e idéntico a sí mismo, y no obstante está más unido al Salvador que a sí mismo, porque le ama más que a sí mismo. Confirma nuestra manera de pensar Pablo, que deseaba ser un proscrito lejos de Cristo por el bien de los judíos, para de esta suerte acrecer la gloria de Cristo.

Y si tan grande es el amor humano, imposible valorar adecuadamente el amor divino. Porque si los que son malos han sabido dar pruebas de tanta bondad, ¿qué diremos de aquella bondad? Si, pues, el amor es tan excelente y tan eximio, preciso es que la fusión a la que el amor empuja a los amantes humille la inteligencia humana hasta tal punto que no pretenda siquiera intentar captarla acudiendo a parangón o semejanza alguna.

Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1 PG 150, 498-499)

lunes, 13 de octubre de 2014

Siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre»

Nuestra vida en Cristo nace, es verdad, en este mundo y aquí tiene sus comienzos, pero logrará la perfección y se consumará en el mundo futuro, cuando lleguemos al día sin fin. Pero ni este tiempo presente ni el futuro son capaces de introducir e inocular en las almas de los hombres este tipo de vida de que estamos hablando, a menos que aquí tenga sus comienzos.

Pues lo cierto es que de momento la carne difunde las tinieblas por doquier, y la niebla y la corrupción que allí existen no pueden poseer la incorrupción. Por eso san Pablo pensaba que partir de esta vida para estar con Cristo le era enormemente beneficioso: Por un lado —dice—, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor. La vida futura no aportará felicidad alguna a quienes la muerte sorprenda desprovistos de las facultades y de los sentidos necesarios a tal tipo de vida, sino que en aquel mundo feliz e inmortal vivirán muertos y desventurados. Es verdad que amanece el día y que el sol difunde sus luminosos rayos, pero no es ése el momento de que se forme el ojo. De idéntica forma, aquel día a los amigos les será permitido participar en los misterios juntamente con el Hijo de Dios y escuchar de su boca lo que él ha oído a su Padre, pero es absolutamente necesario que esos mismos amigos se acerquen provistos de oídos.

Este mundo presente alumbra al hombre totalmente interior, al hombre nuevo creado a imagen de Dios; y este hombre plasmado y troquelado aquí, una vez ya perfecto, es engendrado para aquel mundo perfecto y que jamás envejece. Lo mismo que el feto vive en las tinieblas y en la noche todo el tiempo que permanece en el claustro materno, y la naturaleza lo va preparando para que pueda respirar al nacer a esta luz y lo dispone para la vida que lo va a recibir conformándolo a determinados cánones o reglas, así ocurre también con los santos. Es lo que dice el apóstol Pablo escribiendo a los Gálatas: Hijos míos, otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros. Con una diferencia: que los niños nonatos no conocen esta vida, mientras que los bienaventurados, ya en este mundo, conocen muchas cosas del mundo futuro. Y esta diferencia radica en que los primeros todavía no han disfrutado de esta vida, que sólo más tarde conocerán, pues en los oscuros lugares en que de momento habitan, no se filtra ni un rayo de luz, como tampoco tiene noticia de ninguna de las realidades en las que nuestra vida presente se apoya y la sustentan. En cambio, nuestra situación es completamente distinta: como la vida que esperamos está como fusionada y fundida con esta vida, y el sol que allí luce nos alumbra también a nosotros por la bondad de Dios, el ungüento celeste ha sido derramado en las regiones pestilentes y el pan de los ángeles ha sido distribuido también a los hombres.

Por cuya razón, a los hombres santos se les concede, ya en esta vida mortal, no sólo informarse y prepararse para la vida futura, sino incluso vivir y actuar conforme a ella. Conquista la vida eterna, dice Pablo en la primera carta a Timoteo. Y san Ignacio: «Siento en mi interior la voz de un agua viva que me habla y me dice: Ven al Padre».

Tratado sobre la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 494-495)

jueves, 22 de mayo de 2014

La unción del Espíritu Santo

La finalidad de la iniciación es la de impartir la virtud y la eficacia del Espíritu bueno. La unción, en particular, nos introduce en la participación del Señor Jesús, en quien reside la salvación de los hombres, la esperanza de todos los bienes, por quien nos es comunicado el Espíritu Santo y por el cual tenemos acceso al Padre.

Mas lo que este ungüento procurará siempre a los cristianos y que les es útil en todo momento, son los dones de piedad, de oración, de caridad, de castidad y otros enormemente ventajosos para quienes los reciben. Y esto a pesar de que muchos cristianos no lo comprenden, ocultándoseles la gran importancia de este sacramento, antes —como se escribe en el libro de los Hechos— ni siquiera oyeron hablar de un Espíritu Santo. Semejante fallo es imputable en algunos a que, al recibir el sacramento antes de la edad adecuada, no estaban capacitados para comprender estos dones; a otros porque al recibirlo en plena adolescencia, se les cegaron los ojos del alma, arrastrados al torbellino de la culpa.

La verdad es que, el Espíritu otorga sus carismas a los iniciados, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. Ni nos abandona el mismo dador de esos bienes, él que nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo. No es, pues, inútil y superflua esta iniciación, porque así como en el divino baño recibimos el perdón de los pecados y el cuerpo de Cristo en la sagrada mesa y estas realidades no cesarán mientras no venga en su gloria el que es su fundamento, de igual modo conviene que los cristianos se beneficien de este sacratísimo ungüento y es altamente recomendable que participen de los dones del Espíritu Santo.

¿Sería, en efecto, razonable que mientras los demás sacramentos de la iniciación conservan toda su eficacia, sólo éste estuviera desposeído de ella? ¿Cómo pensar que —como dice san Pablo— sea Dios fiel a sus promesas en el primer caso y dudar que lo sea en el segundo? Ahora bien: desde el momento en que hemos de admitir o rechazar la eficacia sacramental en todos o en ninguno de los sacramentos, ya que en todos actúa la misma virtud, y única es la inmolación del único Cordero, es necesario concluir que su muerte y su sangre confieren la perfección a todos los sacramentos. Por consiguiente, es cosa comprobada la donación del Espíritu Santo. A unos se les ha dado para que puedan hacer el bien a los demás o, como dice san Pablo, para edificación de la Iglesia: prediciendo el futuro, administrando los sacramentos o curando las enfermedades con sola su palabra; a otros, para que ellos mismos sean mejores, modelos de piedad, de castidad, de caridad o de una extraordinaria humildad.

Así pues, el sacramento produce en todos los iniciados su efecto propio, si bien no todos tienen conciencia de los dones ni poseen la necesaria capacidad para la correcta utilización de tales riquezas: unos porque la inmadurez de la edad no les permite de momento la comprensión de lo que han recibido; otros porque no están preparados o por no manifestar el fervor necesario.

De la vida en Cristo (Lib 6: PG 150: 574-575)

miércoles, 21 de mayo de 2014

Si moramos en Cristo, ¿qué más podemos desear?

Después de la sagrada unción, pasamos a la mesa santa, que es el fin y la meta de esta vida de que estamos tratando. Lograda la cual, nada faltará a la felicidad tan buscada y anhelada. En ella no recibimos ya la muerte, la sepultura, ni siquiera la participación de una vida mejor, sino al mismo Resucitado; ni recibimos tampoco los dones del Espíritu en la medida en que pueden ser participados, sino al mismo Bienhechor, al templo mismo en el que se encierra la multitud de todas las gracias. Cristo, es verdad, está presente en cada uno de los sacramentos, y cabría decir que en él somos ungidos y lavados o, mejor, que él es nuestra unción y nuestra ablución, como es también nuestra comida.

Sin embargo está especialmente presente en los que son iniciados y a ellos les confiere sus dones; pero no a todos de igual modo, sino que, lavando, purifica del fango de los vicios e imprime en el bautizado su propia imagen; y, ungiéndole, lo dinamiza y lo hace esforzado para las obras del Espíritu Santo, de las que, por su encarnación, se ha convertido él en tesorero.

Admitido luego el iniciado a la mesa, es decir, a nutrirse de los dones de su cuerpo, lo cambia totalmente, transformándolo en sí mismo. Por eso la Eucaristía es el sacramento supremo, que cierra toda ulterior progresión y cualquier posible adición.

Al ser bautizados, este sacramento nos confiere todas las gracias que le son propias: pero todavía no hemos tocado las cimas de la perfección. En efecto, todavía no poseemos los dones del Espíritu Santo, que se nos confieren con el sagrado crisma. Sobre los bautizados por Felipe, no por eso había descendido el Espíritu Santo: fue necesaria la imposición de manos de Pedro y Juan. Dice la Escritura: Aún no había bajado sobre ninguno el Espíritu Santo, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

A algunos de aquellos que estaban llenos del Espíritu, que profetizaban, que poseían el don de lenguas y que estaban revestidos de otros carismas, les faltaba mucho, sin embargo, para ser totalmente hombres de Dios, movidos por el Espíritu, y se hallaban enredados en envidias, ambiciones, rivalidades inútiles y otros vicios por el estilo. Pablo se lo echaba en cara cuando les decía: Todavía sois carnales y os guían los bajos instintos. Y sin embargo eran espirituales por lo que se refiere a cierto sector de la gracia, pero no lo suficiente para erradicar del alma cualquier asomo de maldad.

Nada de esto ocurre en la Eucaristía. Aquellos en quienes el pan de vida ha activado los mecanismos liberadores de la muerte y, al participar en la sagrada Cena, no son conscientes de pecado alguno ni lo cometieron con posterioridad, a éstos nadie podrá tacharles de espirituales a medias. Pues es imposible, lo repito, absolutamente imposible que este sacramento obre con toda su eficacia y no consiga liberar a los iniciados de cualquier imperfección.

Y esto ¿por qué? Pues porque un sacramento es eficaz cuando comunica a quienes lo reciben todos los efectos que pueda causar. La promesa de la Eucaristía nos hace habitar en Cristo y a Cristo en nosotros. Leemos en efecto: Habita en mí y yo en él. Si Cristo habita en nosotros, ¿qué más podemos buscar? Y si moramos en Cristo, ¿qué más podemos desear? El es a la vez nuestro huésped y nuestra morada. ¡Dichosos nosotros por una tal inhabitación! ¡Doblemente dichosos nosotros por habernos convertido en moradores de semejante casa! Pues en el mismo instante se espiritualizan nuestra alma y nuestro cuerpo y todas las facultades, porque el alma se compenetra con su alma, el cuerpo con su cuerpo y la sangre con su sangre. ¿Con qué resultado? Con el resultado de que lo más noble prevalece sobre lo más humilde, lo humano es superado por lo divino, y —lo que san Pablo escribe de la resurrección— lo mortal queda absorbido por la vida. Y en otro lugar dice también: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

De la vida en Cristo (Lib 4: PG 150, 582-583)

martes, 20 de mayo de 2014

Cristo es al mismo tiempo sacerdote y altar, ofrenda y oferente, sujeto y objeto de la ofrenda

La iluminación bautismal se opera instantáneamente en el alma de los neófitos; pero sus efectos no son inmediatamente discernibles por todos, sino sólo —y después de un cierto tiempo— son conocidos por algunas personas probas, que purificaron los ojos del alma a base de muchos sudores y fatigas y mediante el amor a Cristo. La Unción sagrada dispone favorablemente los templos para ser casas de oración. Ungidos con este óleo sagrado, son para nosotros lo que significan. Porque Cristo —unción derramada— es nuestro abogado ante Dios Padre. Para esto se derramó y se hizo unción: para empapar hasta las médulas de nuestra naturaleza.

Los altares vienen a ser como las manos del Salvador: y así, de la sagrada mesa, cual de su santísima mano, recibimos el pan, es decir, el cuerpo de Cristo, y bebemos su sangre, lo mismo que la recibieron los primeros a quienes el Señor invitó a este sagrado banquete, invitándoles a beber aquella copa realmente tremenda.

Y dado que él es al mismo tiempo sacerdote y altar ofrenda y oferente, sujeto y objeto de la ofrenda, ha repartido las funciones entre estos dos misterios, asignando aquéllas al pan de bendición, y éstas a la unción sagrada. El altar es realmente Cristo, que sacrifica en virtud de la unción. Ya desde su misma institución, el altar lo es en virtud de su unción, y los sacerdotes lo son por haber sido ungidos. Pero el Salvador es además sacrificio por la muerte en cruz, que padeció para gloria de Dios Padre. Por eso nos dice que, cada vez que comemos este pan anunciamos su muerte y su inmolación.

Es más. El Señor es ungüento y es unción por el Espíritu Santo. Esta es la razón por la que Cristo podía, sí, ejercer las más sagradas funciones y santificar; pero no podía ser santificado ni en modo alguno padecer. Santificar es incumbencia del altar, del sacrificador y del oferente, no de la víctima ofrecida y sacrificada. Que el altar tenga capacidad de santificar lo afirma la Escritura: Es el altar —dice— el que consagra la ofrenda. Cristo es pan en virtud de su carne santificada y deificada: santificada por la unción, deificada por las heridas. Dice en efecto: El pan que yo daré es mi carne, carne que yo daré —a saber, sacrificándola— para la vida del mundo. El mismo Cristo es ofrecido como pan y ofrece como ungüento, bien deificando la propia carne, bien haciéndonos partícipes de su unción.

Tenemos en Jacob un tipo de estas realidades, cuando habiendo ungido la piedra con aceite, se la dedicó al Señor ofrendándosela junto con la unción: rito que indicaba ora la carne del Salvador como piedra angular, sobre la que el verdadero Israel —el Verbo, único que conoce al Padre—derramó la unción de la divinidad; ora para prefigurarnos a nosotros, que nos ha hecho hijos de Abrahán sacándonos de las piedras y haciéndonos partícipes de la unción. Prueba de ello es que el Espíritu Santo, derramado sobre los que recibieron la unción, es —sin hablar de los demás dones que nos otorga— un Espíritu de adopción filial. Ese Espíritu —dice— y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y es el mismo que clama en nuestros corazones: ¡Abba! (Padre). Tales son los efectos que la sagrada unción produce en los que desean vivir en Cristo.

De la vida en Cristo (Lib 3: PG 150, 578-579)

miércoles, 7 de mayo de 2014

Los sagrados misterios nos unen a Cristo

Tienen acceso a la unión con Cristo los que pasaron por todo lo que él pasó, los que hicieron y padecieron todo lo que él hizo y padeció. Pues bien, Cristo se unió y aceptó una carne y una sangre limpias de todo pecado. Y siendo Dios desde la eternidad, marcó con su divinidad incluso a lo que más tarde asumió, es decir, la naturaleza humana. Finalmente, gracias a esa carne pudo asimismo sufrir la muerte y recobrar la vida.

Por tanto, quien desee estar unido a Cristo, debe participar de su carne, comulgar con su divinidad y acompañarle en la sepultura y en la resurrección. Esta es la razón por la que nos sumergimos en el agua de la salvación, para morir con su muerte y resucitar con su resurrección. Somos ungidos para comulgar con la regia unción de su deidad. Y comiendo el sagrado Pan y bebiendo la divinizarte Bebida, participamos de la carne y de la sangre que él asumió. Y de esta suerte existimos en quien por nosotros se encarnó, murió y resucitó.

¿Y cómo sucede esto? ¿Seguimos tal vez el mismo orden que él? Todo lo contrario, ya que nosotros comenzamos donde él terminó y terminamos donde él comenzó. En efecto, descendió él para que ascendiéramos nosotros y, debiendo recorrer el mismo camino, nosotros lo recorremos subiendo mientras él lo recorre bajando.

De hecho, el bautismo es un alumbramiento o un nacimiento; la unción o crisma se nos confiere con miras a la acción y al progreso; el Pan de vida y el Cáliz de la Eucaristía son alimento y bebida verdaderos. Ahora bien: nadie puede moverse o alimentarse sin antes haber nacido. Por eso, el bautismo reintegra al hombre en su amistad con Dios; el crisma lo hace digno de los dones en él contenidos; la sagrada mesa tiene el poder de comunicar al bautizado la carne y la sangre de Cristo.

Pero si no precede la reconciliación, es imposible relacionarse con los amigos y merecer los premios que les son propios. Como es imposible que los malvados y los esclavos del pecado coman de la carne y beban de la sangre reservadas a las almas puras. Por cuya razón, primero somos lavados y luego ungidos: y así, purificados y perfumados, nos acercamos a la sagrada mesa.

De la vida en Cristo (Lib 2: PG 150, 522523)

miércoles, 30 de abril de 2014

Cristo nos ha abierto las puertas de la eternidad

Si la inmolación de aquel cordero pascual lo hubiera perfeccionado todo, ¿de qué hubieran servido los sacrificios posteriores? Porque si los tipos y figuras hubieran aportado la esperada felicidad, habrían evacuado la verdad y la misma realidad. ¿Qué sentido tendría seguir hablando de enemistades canceladas por la muerte de Cristo, de muros quitados de en medio, de la paz y de la justicia que brotarían en los días del Salvador, si ya antes del sacrificio de Cristo los hombres fueran justos y amigos de Dios? Existe además otra razón evidente.

En realidad, lo que entonces nos unía a Dios era la ley; ahora, en cambio, es la fe, la gracia o algo similar. De donde se deduce que entonces la comunión de los hombres con Dios se reducía a una mera servidumbre; ahora en cambio, se trata nada menos que de la adopción filial y de la amistad. Pues es evidente que la ley es cosa de siervos, mientras que la gracia, la fe y la confianza es propia de los amigos y de los hijos. De todo lo cual se sigue que el Salvador es el primogénito de entre los muertos, y que ningún muerto podía revivir para la inmortalidad antes de que él hubiera resucitado. Por idéntica razón, sólo él pudo hacer de guía a los hombres por los caminos de la santidad y de la justicia. Lo corrobora Pablo cuando escribe que Cristo entró por nosotros como precursor más allá de la cortina. Y penetró después de haberse ofrecido al Padre, introduciendo a cuantos quisieren participar de su sepultura. Pero no muriendo ciertamente como él, sino sometiéndose simbólicamente a su muerte en el baño bautismal y que, ungidos, anuncian en la sagrada mesa y toman de modo inefable como alimento al mismo que murió y ha resucitado. Y así introducido por estas puertas, le conduce al reino y a la corona.

En efecto, el que reconcilió, aunó y pacificó el mundo celeste con el terrestre y derribó el muro que los separaba, no puede negarse a sí mismo, según escribe san Pablo. Abiertas para Adán las puertas del Paraíso, era natural que se cerraran al no guardar él lo que guardar debía. Puertas que Cristo abrió por sí mismo, él que no cometió pecado y que ni pecar podía. Su justicia —dice David—dura por siempre. Deben, por lo mismo, permanecer siempre abiertas de par en par para dar acceso a la vida, sin permitir que nadie salga de ella. He venido —dice el Salvador—para que tengan vida. Y la vida que el Señor ha venido a traer es ésta: la participación en su muerte y la comunión en su pasión por medio de estos misterios, sin lo cual no conseguiremos eludir la muerte.

De la vida en Cristo (Lib 1: PG 150, 510-511)