sábado, 4 de abril de 2015

Si sufrimos con él, también con él seremos glorificados

En Cristo nos fue otorgado este don singular: que en la naturaleza pasible no subsistiera la condición mortal, que la esencia impasible había asumido, de suerte que en razón de lo que no podía morir, resucitase lo que estaba muerto.

Hemos de esforzarnos, carísimos, con la máxima intensidad de nuestro cuerpo y de nuestra alma, por sintonizar perfectamente con este sacramento. Pues si descuidar las fiestas pascuales es ya un gravísimo sacrilegio, es todavía más peligroso sumarse, sí, a las asambleas litúrgicas, pero sin participar en la pasión del Señor. Pues si el Señor dice: El que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí; y el Apóstol: Si sufrimos con él, también con él seremos glorificados ¿quién honra verdaderamente a Cristo paciente, muerto y resucitado, sino el que con él padece, muere y resucita? Estas realidades comenzaron ya, en todos los hijos de la Iglesia, con el mismo misterio de la regeneración, en el que la muerte del pecado es la vida del renacido, y en el que la trina inmersión recuerda los tres días de la muerte del Señor. De modo que, eliminado un cierto comportamiento típico de la sepultura, los que el seno de la fuente recibió viejos, los da a luz, rejuvenecidos, el agua del bautismo. Sin embargo, hay que llevar a cabo en la vida lo que se ha celebrado en el sacramento, y los renacidos del Espíritu Santo no conseguirán mantener a raya lo que en ellos queda de tendencias mundanas si rehúsan aceptar la cruz.

Por tanto, cuando alguien se dé cuenta de que rebasa los límites de la disciplina cristiana y que sus pasiones le arrastran hacia lo que le obligaría a desviarse del recto camino, recurra a la cruz del Señor y clave en el leño de la vida los impulsos de su mala voluntad. Invoque al Señor con las palabras del profeta, diciendo: Traspasa mi carne con los clavos de tu temor; yo respeto tus mandamientos.

¿Qué significa tener la carne traspasada con los clavos del temor de Dios, sino mantener los sentidos corporales alejados del atractivo de los deseos ilícitos por miedo al juicio de Dios? De suerte que quien resiste al pecado y da muerte a sus concupiscencias para que no hagan nada digno de muerte, tenga la osadía de repetir con el Apóstol: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Así pues, que el cristiano se establezca allí donde Cristo lo llevó consigo, y oriente sus pasos hacia allí donde sabe que fue salvada la naturaleza humana. La pasión del Señor se prolonga hasta el fin del mundo. Y del mismo modo que Cristo es honrado y amado en sus santos, es alimentado y vestido en sus pobres, igualmente él está compadeciéndose en todos los que sufren persecución a causa de la justicia. A menos que debamos pensar que, difundida la fe por todo el mundo y disminuido el número de los impíos, se hayan acabado todas las persecuciones y todos los combates a que anteriormente fueron sometidos los santos mártires, como si la necesidad de llevar la cruz sólo incumbiera a los que fueron sometidos a atrocísimos suplicios en un intento por separarlos del amor a Cristo.

Por tanto, las almas sabias, que han aprendido a temer a un solo Señor, a amar y a esperar en un único Dios, después de haber mortificado sus pasiones y crucificado sus sentidos corporales, no se doblegan ante el temor de enemigo alguno ni se dejan sobornar por ningún regalo. Colocaron incluso la voluntad de Dios por encima de cualquier preferencia personal, y se aman tanto más cuanto, por amor de Dios, menos se aman.

Carísimos, en tales miembros del cuerpo de Cristo se celebra legítimamente la santa Pascua y no carecen de ninguno de los triunfos adquiridos por la pasión del Salvador. Creo, amadísimos, que por hoy ya os he hablado bastante de lo concerniente a la participación de la cruz, de modo que el sacramento pascual pueda celebrarse dignamente también en los miembros del cuerpo de Cristo.

San León Magno
Sermón 70, sobre la Pasión del Señor (3-5: CCL 138A, 428-432)

viernes, 3 de abril de 2015

Una Meditación y una Bendición

La cruz de Cristo, fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias

Entregado el Señor a la voluntad de sus enemigos, se le obligó a llevar el instrumento de su suplicio para burlarse de su dignidad real. Así se cumplió lo predicho por el profeta Isaías, cuando dice: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado. Pues que el Señor saliera llevando el leño de la cruz —ese leño que había de convertirse en cetro de su soberanía—, era a los ojos de los impíos ciertamente objeto de enorme humillación, pero que aparecía a los ojos de los fieles como un gran misterio. Pues este gloriosísimo vencedor del diablo y potentísimo debelador de los poderes adversos, llevaba muy significativamente el trofeo de su triunfo, y cargaba sobre los hombros de su invicta paciencia el símbolo de la salvación, digno de ser adorado por todos los reinos; se diría que en aquel momento, con el espectáculo de su comportamiento, quería confirmar y decir a todos sus imitadores: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

Cuando, acompañado de la multitud, se dirigía Jesús al lugar del suplicio, encontraron a un cierto Simón de Cirene, a quien cargaron con la cruz del Señor, para que también en este gesto quedase prefigurada la fe de los paganos, a quienes la cruz de Cristo no iba a serles objeto de confusión, sino de gloria. Por este traspaso de la cruz, la expiación operada por el cordero inmaculado y la plenitud de todos los sacramentos pasará de la circuncisión a la incircuncisión, de los hijos carnales a los hijos espirituales. Pues la verdad es que —como dice el Apóstol— ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo; el cual ofreciéndose al Padre como nuevo y verdadero sacrificio de reconciliación, fue crucificado, no en el templo cuya misión sacral había tocado a su fin, ni dentro del recinto de la ciudad, destinada a la destrucción en mérito a su crimen, sino fuera de las murallas, para que habiendo cesado el misterio de las antiguas víctimas, una nueva víctima fuera presentada sobre el nuevo altar, y la cruz de Cristo fuera el ara no del templo, sino del mundo.

Amadísimos: habiendo sido levantado Cristo en la cruz, no debe nuestra alma contemplar tan sólo aquella imagen que impresionó vivamente la vista de los impíos a quienes se dirigía Moisés con estas palabras: Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, temblarás día y noche, y ni de tu vida te sentirás seguro. Estos hombres no fueron capaces de ver en el Señor crucificado otra cosa que su acción culpable, llenos de temor, y no del temor con que se justifica la fe verdadera, sino el temor que atormenta la mala conciencia.

Que nuestra alma, iluminada por el Espíritu de verdad; reciba con puro y libre corazón la gloria de la cruz, que irradia por cielo y tierra, y trate de penetrar interiormente lo que el Señor quiso significar cuando, hablandode la pasión cercana, dijo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Y más adelante: Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica a tu Hijo. Y como oyera la voz del Padre, que decía desde el cielo: Le he glorificado y volveré a glorificarlo, dijo Jesús a los que lo rodeaban: Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.

San León Magno
Tratado 59 sobre la Pasión del Señor (4-6: CCL 138A, 354-359)

jueves, 2 de abril de 2015

Una Meditación y una Bendición

El Cordero inmaculado nos sacó de la muerte a la vida

Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de Pascua, que es Cristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Él vino desde los cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida.

Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la esclavitud diabólica, como en otro tiempo a Israel de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Este es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto, como Moisés al Faraón. Este es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia, como Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Este es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno, e hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido y eterno. El es la Pascua de nuestra salvación.

Este es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas.

Este es el que se encarnó en la Virgen, fue colgado del madero y fue sepultado en tierra, y el que, resucitado de entre los muertos, subió al cielo.

Este es el cordero que enmudecía y que fue inmolado; el mismo que nació de María, la hermosa cordera; el mismo que fue arrebatado del rebaño, empujado a la muerte, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; aquel que no fue quebrantado en el leño, ni se descompuso en la tierra; el mismo que resucitó de entre los muertos e hizo que el hombre surgiera desde lo más hondo del sepulcro.

Melitón de Sardes
Homilía sobre la Pascua (65-71: SC 123, 95-101)

miércoles, 1 de abril de 2015

Una Meditación y una Bendición

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo

En estos días en que se celebra solemnemente el aniversario memorial de la pasión y cruz del Señor, ningún tema de predicación más apropiado –según creo– que Jesucristo, y éste crucificado. E incluso en cualquier otro día, ¿puede predicarse algo más conforme con la fe? ¿Hay algo más saludable para el auditorio o más apto para sanear las costumbres? ¿Hay algo tan eficaz como el recuerdo del Crucificado para destruir el pecado, crucificar los vicios, nutrir y robustecer la virtud?

Hable, pues, Pablo entre los perfectos una sabiduría misteriosa, escondida; hábleme a mí, cuya imperfección perciben hasta los hombres, hábleme de Cristo crucificado, necedad ciertamente para los que están en vías de perdición, pero para mí y para los que están en vías de salvación es fuerza de Dios y sabiduría de Dios; para mí es una filosofía altísima y nobilísima, gracias a la cual me río yo de la infatuada sabiduría tanto del mundo como de la carne.

¡Cuán perfecto me consideraría, cuán aprovechado en la sabiduría si llegase a ser por lo menos un idóneo oyente del crucificado, a quien Dios ha hecho para nosotros no sólo sabiduría, sino también justicia, santificación y redención! Si realmente estás crucificado con Cristo, eres sabio, eres justo, eres santo, eres libre. ¿O no es sabio quien, elevado con Cristo sobre la tierra, saborea y busca los bienes de allá arriba? ¿Acaso no es justo aquel en quien ha quedado destruida su personalidad de pecador y él libre de la esclavitud al pecado? ¿Por ventura no es santo el que a sí mismo se presenta como hostia viva, santa, agradable a Dios? ¿O no es verdaderamente libre aquel a quien el Hijo liberó, quien, desde la libertad de la conciencia, confía hacer suya aquella libre afirmación del Hijo: Se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí? Realmente del Crucificado viene la misericordia, la redención copiosa, que de tal modo redimió a Israel de todos sus delitos, que mereció salir libre de las calumnias del Príncipe de este mundo.

Que lo confiesen, pues, los redimidos por el Señor, los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países; que lo confiesen, repito, con la voz y el espíritu de su Maestro; Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Beato Guerrico de Igny
Sermón 2 en el domingo de Ramos (1: PL 185, 130-131)