viernes, 6 de septiembre de 2013

Una Meditación y una Bendición

Dios Padre flagela a la Iglesia para que crezca más vigorosa y fecunda

La viña del Señor es la Iglesia universal, consorte y esposa de Cristo, de la que Dios Padre dice al Hijo: Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa. El viñador que ama a la viña que produce el fruto esperado a su debido tiempo, cuando llega el tiempo de la poda, no deja en ella nada mustio ni seco. Después, cava en derredor hasta sus más profundas raíces, remueve profundamente la tierra con un buen azadón, y si ve que alguna raíz echa brotes, los corta con la podadera. Y cuanto más a conciencia arranca los brotes superfluos o inútiles, tanto más crece y produce frutos lozanos y abundantes.

Del mismo modo, Dios castiga y azota a los que ama: castiga a sus hijos preferidos. Aceptar la corrección aquí sobre la tierra es propio de aquellos a quienes es dado gozar de la eternidad; en cambio, el que murmura de la corrección no se acerca al que está sobre él. Más aún: pierde la herencia de la felicidad eterna, si no acepta con paciencia y amor la corrección de Dios Padre. Y si, además, murmurase de la corrección del Señor, tenga por cierto que incurrirá en la pena de los murmuradores.

Así que, amadísimos hermanos, vosotros no murmuréis si en alguna ocasión cayereis bajo la corrección del Señor; ni perdáis el ánimo al ser reprendidos por él. Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz. Con los castigos del Señor se debilita el ardor de los placeres carnales, a la vez que se robustecen las virtudes del alma. La carne pierde lo que tenía de superfluo; y el espíritu adquiere las virtudes de que carecía. De esta suerte, mediante los castigos del Señor aumentan las virtudes y son extirpados los vicios; se desprecian las cosas terrenas y se aman las celestiales.

Nosotros que esperamos, impacientes, los premios eternos, si nos sobreviniere alguna grave enfermedad o una fuerte tentación o incluso un notable detrimento en bienes materiales, debemos crecernos en tales dificultades, pues al arreciar la lucha, no cabe duda de que nos espera una victoria más gloriosa. La medida del ardor con que anhelamos a Dios se demuestra en esto: si caminamos hacia él no sólo en la tranquilidad y en la prosperidad, sino también en circunstancias adversas y difíciles. A los eternos gozos ya no nos es posible volver, si no es perdiendo los bienes temporales: y por eso en la esperanza de la alegría que no pasa, debemos considerar todas las cosas adversas como una no despreciable prosperidad.

La divina severidad no permite que nuestros pecados permanezcan impunes, sino que la ira de su juicio comienza al presente con nuestra corrección, para apaciguarse con la condenación de los réprobos. Porque el médico está en nuestro interior, y amputa el contagio del pecado, que no puede consentir se adhiera a la médula de los huesos: saja el virus de la corrupción con el bisturí de la tribulación. Es lo que dice la Verdad: A todo sarmiento mío que da fruto, Dios Padre lo poda, para que dé más fruto: pues el alma que se halla en la tentación, cuando considera lo que le aleja de su prístina solidez en la virtud, se echa a temblar preocupada ante la simple posibilidad de perder definitivamente lo que hace algún tiempo había comenzado a ser. Entonces empuña la espada de la oración, el llanto de la compunción, debilitando así la tentación y reportando sobre ella una gloriosa victoria. Aunque no el alma, sino la gracia de Dios por su medio.

Y así sucede que, el alma que en la prosperidad yacía perezosa y como infecunda, se alza más fuerte y vigorosa dispuesta a dar fruto.

Sermón 10 (13-14: PL 184, 927-928)

jueves, 5 de septiembre de 2013

Una Meditación y una Bendición

El camino de la luz

He aquí el camino de la luz: el que quiera llegar al lugar designado, que se esfuerce en conseguirlo con sus obras. Este es el conocimiento que se nos ha dado sobre la forma de caminar por el camino de la luz. Ama a quien te ha creado, teme a quien te formó, glorifica a quien te redimió de la muerte; sé sencillo de corazón y rico de espíritu; no sigas a los que caminan por el camino de la muerte; odia todo lo que desagrada a Dios y toda hipocresía; no abandones los preceptos del Señor. No te enorgullezcas; sé, por el contrario, humilde en todas las cosas; no te glorifiques a ti mismo. No concibas malos propósitos contra tu prójimo y no permitas que la insolencia domine tu alma.

Ama a tu prójimo más que a tu vida. No mates al hijo en el seno de la madre y tampoco lo mates una vez que ha nacido. No abandones el cuidado de tu hijo o de tu hija, sino que desde su infancia les enseñarás el temor de Dios. No envidies los bienes de tu prójimo; no seas avaricioso; no frecuentes a los orgullosos, sino a los humildes y a los justos.

Todo lo que te suceda, lo aceptarás como un bien, sabiendo que nada sucede sin el permiso de Dios. Ni en tus palabras ni en tus intenciones ha de haber doblez, pues la doblez de palabra es un lazo de muerte.

Comunica todos tus bienes con tu prójimo y no digas que algo te es propio: pues, si sois partícipes en los bienes incorruptibles, ¿cuánto más lo debéis ser en los corruptibles? No seas precipitado en el hablar, pues la lengua es una trampa mortal. Por el bien de tu alma, sé casto en el grado que te sea posible. No tengas las manos abiertas para recibir y cerradas para dar. Ama como a la niña de tus ojos a todo el que te comunica la palabra del Señor.

Piensa, día y noche, en el día del juicio y busca siempre la compañía de los santos, tanto si ejerces el ministerio de la palabra, portando la exhortación o meditando de qué manera puedes salvar un alma con tu palabra, como si trabajas con tus manos para redimir tus pecados.

No seas remiso en dar ni murmures cuando das, y un día sabrás quién sabe recompensar dignamente. Guarda lo que recibiste, sin quitar ni añadir nada. El malo ha de serte siempre odioso. Juzga con justicia. No seas causa de división, sino procura la paz, reconciliando a los adversarios. Confiesa tus pecados. No te acerques a la oración con una mala conciencia. Este es el camino de la luz.

Caps 19, 1-3.5-7.8-12: Funk 1, 53-57

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Una Meditación y una Bendición

La segunda creación

El Señor soportó que su carne fuera entregada a la destrucción, para que fuéramos santificados por la remisión de los pecados, que se realiza por la aspersión de su sangre. Acerca de él afirma la Escritura, refiriéndose en parte a Israel y en parte a nosotros: Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Por tanto, debemos dar rendidas gracias al Señor, porque nos ha dado a conocer el pasado, nos instruye sobre el presente y nos ha concedido un cierto conocimiento respecto del futuro. Pero la Escritura afirma: No en vano se tiende la red a lo que tiene alas, es decir, que perecerá justamente aquel hombre que, conociendo el camino de la justicia, se vuelve al camino de las tinieblas.

Todavía, hermanos, considerad esto: si el Señor soportó sufrir por nosotros, siendo él el Señor de todo el universo, a quien Dios dijo en la creación del mundo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, ¿cómo ha aceptado el sufrir por mano de los hombres? Aprendedlo: los profetas, que de él recibieron el don de profecía, profetizaron acerca de él. Como era necesario que se manifestara en la carne para destruir la muerte y manifestar la resurrección de entre los muertos, ha soportado sufrir de esta forma para cumplir la promesa hecha a los padres, constituirse un pueblo nuevo y mostrar, durante su estancia en la tierra, que, una vez que suceda la resurrección de los muertos, será él mismo quien juzgará. Además, instruía a Israel y realizaba tan grandes signos y prodigios, con los que le testimoniaba su gran amor.

Al renovarnos por la remisión de los pecados, nos ha dado un nuevo ser, hasta el punto de tener un alma como de niños, según corresponde a quienes han sido creados de nuevo. Pues lo que afirma la Escritura, cuando el Padre habla al Hijo, se refiere a nosotros: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos. Y, viendo la hermosura de nuestra naturaleza, dijo el Señor: Creced, multiplicaos, llenad la tierra.

Estas palabras fueron dirigidas a su Hijo. Pero te mostraré también cómo nos ha hablado a nosotros, realizando una segunda creación en los últimos tiempos. En efecto, dice el Señor: He aquí que hago lo último como lo primero. Refiriéndose a esto, dijo el profeta: Entrad en la tierra que mana leche y miel, y enseñoreaos de ella. En consecuencia, hemos sido creados de nuevo, como también afirma por boca de otro profeta: Arrancaré de ellos —es decir, de aquellos que el Espíritu del Señor preveía— el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Por esto él quiso manifestarse en la carne y habitar entre nosotros. En efecto, hermanos, la morada de nuestros corazones es un templo santo para el Señor. Pues también dice el Señor: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea de los santos te alabaré. Por tanto, somos nosotros a quienes introdujo en la tierra buena.

Caps 5, 1-8; 6, 11-16: Funk 1, 13-15.19-21