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jueves, 4 de junio de 2015

Acerquémonos a Cristo con fervor

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

Homilía 24, sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 204-205)

miércoles, 27 de mayo de 2015

El Verbo, sabiduría de Dios, se hizo hombre

El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.

Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.

Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.

«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual –dice–, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero –dice–, primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.

Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno dé su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.

Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros.

Sermón 117 (PL 52, 520-521)

martes, 26 de mayo de 2015

Como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo es la primicia de la resurrección

Esta es la voluntad de mi Padre, que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. ¿Quién es el que esto dice? Precisamente el que, habiendo muerto, resucitó los cuerpos de muchos difuntos. Si no creemos en Dios, ¿no daremos fe a los hechos? No creemos lo que prometió, ¿cuándo realizó incluso lo que no había prometido? Y por lo que a él se refiere, ¿habría tenido razón de morir, si no hubiera tenido un motivo para resucitar?

Y como Dios no podía morir –pues la sabiduría no puede morir–, y no podía resucitar lo que no había muerto, asumió una carne capaz de morir, para que muriendo según la ley común, resucitara lo que había muerto. No es posible la resurrección sino mediante el hombre, pues, si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Así pues, resucitó el hombre, porque era el hombre el que había muerto; resucita el hombre, pero resucitándolo Dios, entonces hombre según la carne, ahora Dios en plenitud; ahora ya no conocemos a Cristo según la carne, pero tenemos la gracia de la carne y así podemos afirmar que conocemos al que es las primicias de los que duermen, al primogénito de entre los muertos.

Y pensemos que las primicias son del mismo género y de igual naturaleza que el resto de la cosecha; se ofrecen a Dios los primeros productos en la esperanza de obtener una cosecha más abundante: don sacro en representación del conjunto y cual libación de una naturaleza renovada. Pues bien: Cristo es la primicia de los que duermen.

Pero ¿de todos los muertos o sólo de sus muertos, es decir, de aquellos que, exentos en cierto modo de la muerte, descansan en un dulce sopor? Si en Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Por tanto, como Adán es la primicia de la muerte, así Cristo es la primicia de la resurrección.

Todos resucitan, pero que nadie se inquiete, ni le duela al justo esta copartición global en la resurrección, pues cada cual recibirá el premio correspondiente a su virtud. Todos resucitan, pero cada uno —como dice el Apóstol— en su puesto. Es común el fruto de la divina clemencia, pero distinta la jerarquía de los méritos. El día amanece para todos, el sol caldea a todos los pueblos, todos los campos son regados y fecundados por la lluvia benéfica. Todos nacemos, todos resucitamos, pero diversa es para cada uno la gracia de vivir y de revivir, distinta la condición. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados. Incluso en la misma muerte unos descansan, otros viven. Bueno es el descanso, pero mejor es la vida. Por eso, Pablo despierta para la vida a los que descansan, diciendo: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Libro sobre la muerte de su hermano Sátiro (Lib 2, 89-93: CSEL 73, 298-300)

lunes, 25 de mayo de 2015

Qué significa resucitar con Cristo

Lo que se colige de las palabras del Apóstol a través de un conocimiento más elevado, es esto: que así como ningún vivo puede ser enterrado con un muerto, así ninguno que todavía vive para el pecado puede ser sepultado, en el bautismo, con Cristo que murió al pecado. Por eso, los que se preparan para el bautismo, deben procurar morir antes al pecado, para poder así ser sepultados con Cristo por el bautismo, de modo que también ellos puedan decir: Continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Cómo la vida de Jesucristo pueda manifestarse en nuestra carne, nos lo aclara Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Es lo mismo que el apóstol Juan escribe en su carta, diciendo: Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Naturalmente que no es quien se limita a pronunciar estas sílabas con sus labios y a hacer pública confesión el que dará muestras de ser conducido por el Espíritu de Dios, sino el que de tal manera ha conformado su vida y ha dado en la práctica tales frutos, que manifiesta con la misma santidad de sus acciones y sentimientos que Cristo ha venido en carne y que él está muerto al pecado y vive para Dios.

Veamos nuevamente qué es lo que dice: Para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hemos sido sepultados con Cristo, tal como arriba dijimos, esto es, en cuanto que hemos muerto al pecado, es lógico que al resucitar Cristo de entre los muertos, resucitemos también nosotros con él; y al subir él a los cielos subamos también nosotros con él; y al sentarse él a la derecha del Padre, sabemos que también nosotros nos sentaremos con él en los cielos, según lo que el Apóstol dice en otro lugar: Nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Resucitó Cristo por la gloria del Padre; y si nosotros estamos muertos al pecado, hemos sido sepultados con Cristo, y todo el que viere nuestras buenas obras da gloria a nuestro Padre que está en el cielo, con razón se dirá de nosotros que hemos resucitado con Cristo, para que andemos en una vida nueva.

Andemos en una vida nueva, mostrándonos al que nos resucitó con Cristo, nuevos cada día y como quien dice más hermosos, reflejando en Cristo, como en un espejo, el esplendor de nuestro rostro, y proyectando en él la gloria del Señor, nos vayamos transformando en su imagen, como Cristo, resucitado de entre los muertos, subió de la humildad de nuestra tierra a la gloria de la majestad paterna.

Comentario sobre la carta a los Romanos (Lib 5, 8: PG 14, 1041-1042)

domingo, 24 de mayo de 2015

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena

Que la presente solemnidad, amadísimos, ha de ser venerada entre las principales fiestas, es algo que intuye cualquier corazón católico: pues no es posible dudar de la gran reverencia que nos merece este día, que fue consagrado por el Espíritu Santo con el estupendo milagro de su don. Este día es, en efecto, el décimo a partir de aquel en que el Señor subió a la cúspide de los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y el quincuagésimo a partir del día de su resurrección, día que brilló para nosotros en aquel en quien tuvo su origen y que contiene en sí grandes misterios tanto de la antigua como de la nueva economía. En ellos se pone de manifiesto clarísimamente que la gracia fue preanunciada por la ley y que la ley ha recibido su plenitud por la gracia. En efecto, así como cincuenta días después de la inmolación del cordero le fue entregada en otro tiempo la ley, en el monte Sinaí, al pueblo hebreo, liberado de los egipcios, del mismo modo, después de la pasión de Cristo en la que fue degollado el verdadero Cordero de Dios, cincuenta días después de su resurrección, descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre el grupo de los creyentes, a fin de que fácilmente conozca el cristiano atento que los comienzos del antiguo Testamento sirvieron de base a la primera andadura del evangelio, y que la segunda Alianza fue pactada por el mismo Espíritu que había instituido la primera.

Pues, como nos asegura la historia apostólica, todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. ¡Oh, qué veloz es la palabra de la sabiduría, y, cuando el maestro es Dios, qué pronto se aprende lo que se enseña! No fue necesario intérprete para entender, ni aprendizaje para poder utilizarlas ni tiempo para estudiarlas, sino que, soplando donde quiere el Espíritu de verdad, los diferentes idiomas de cada nación se convirtieron en lenguas comunes en boca de la Iglesia. Pues a partir de este día resonó la trompeta de la predicación evangélica; a partir de este día la lluvia de carismas y los ríos de bendiciones regaron todo lugar desierto y toda la árida tierra: porque para repoblar la faz de la tierra, el Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas, y para ahuyentar las antiguas tinieblas, destellaban los fulgores de una nueva luz, cuando al reclamo del esplendor de unas lenguas centelleantes, nació la norma del Señor que ilumina y la palabra inflamada, a las que, para iluminar las inteligencias y aniquilar el pecado, se les confirió la capacidad de iluminar y la fuerza de abrasar.

Ahora bien, aun cuando la forma misma, amadísimos, en que se desarrollaron los acontecimientos fuera realmente admirable, ni quepa la menor duda de que, en aquella exultante armonía de todos los lenguajes humanos, estuvo presente la majestad del Espíritu Santo, sin embargo nadie debe caer en el error de creer que en aquellos fenómenos que los ojos humanos contemplaron se hizo presente su propia sustancia. No, la naturaleza invisible, que posee en común con el Padre y el Hijo, mostró el carácter de su don y de su obra mediante los signos que ella misma se escogió, pero retuvo en la intimidad de su deidad lo que es propio de su esencia: pues lo mismo que el Padre y el Hijo no pueden ser vistos por ojos humanos, lo mismo ocurre con el Espíritu Santo. En efecto, en la Trinidad divina nada hay diferente, nada desigual; y cuantos atributos pueden pensarse de aquella sustancia, no se distinguen ni en el poder, ni en la gloria, ni en la eternidad. Y aun cuando en la propiedad de las personas uno es el Padre, otro el Hijo y otro distinto el Espíritu Santo, no obstante, no es diversa ni la deidad ni la naturaleza. Y si es cierto que el Hijo unigénito nace del Padre y que el Espíritu Santo es espíritu del Padre y del Hijo, sin embargo, no lo es como una criatura cualquiera que fuera propiedad conjunta del Padre y del Hijo, sino como quien comparte la vida y el poder con ambos, y lo comparte desde toda la eternidad puesto que es subsistente lo mismo que el Padre y el Hijo.

Por eso, el Señor, la víspera de su pasión, al prometer a los discípulos la venida del Espíritu Santo, les dijo: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará. De donde se deduce que el Padre, el Hijo y el Espíritu no viven en régimen de separación de bienes, sino que todo lo que tiene el Padre, lo tiene el Hijo y lo tiene el Espíritu Santo; ni hubo momento alguno en que en la Trinidad no se diera esta comunión, pues en la Trinidad poseerlo todo y existir siempre son conceptos sinónimos. Tratándose de la Trinidad debemos excluir las categorías de tiempo, de procedencia o diferenciales; y si nadie puede explicar lo que Dios es, que no se atreva tampoco a afirmar lo que no es. Más excusable es, en efecto, no expresarse dignamente sobre esta inefable naturaleza, que definir lo que le es contrario.

Así pues, todo cuanto un corazón piadoso es capaz de concebir referente a la sempiterna e inconmutable gloria del Padre, debe entenderlo inseparable e indiferentemente a la vez del Hijo y del Espíritu Santo. En consecuencia, confesamos que esta Trinidad es un solo Dios, puesto que en estas tres personas no se da diversidad alguna ni en la sustancia, ni en el poder, ni en la voluntad ni en la operación.

Tratado 75 (1-3: CCL 138A, 465-468)

viernes, 22 de mayo de 2015

El Espíritu Santo nos dará valentía para ser sus testigos

El Señor Jesús en la conversación que mantuvo con sus discípulos después de la cena, próximo ya a la pasión, como quien está para partir y privarlos de su presencia corporal, aunque permaneciendo con todos los suyos, con su presencia espiritual, hasta el fin del mundo, les exhortó a soportar las persecuciones de los impíos, a quienes designó con el nombre de mundo. Y sin embargo afirma que ha escogido a sus discípulos sacándolos del mundo, para que supieran que por la gracia de Dios son lo que son, y por sus vicios fueron lo que eran. A continuación añade: Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí: y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. ¿Qué relación tienen estas palabras con lo que antes había dicho: Pero ahora han visto y, a pesar de eso, nos han tomado odio a mí y a mi Padre. Pero así se cumple lo escrito en la ley: «Me odiaron sin razón»?

¿Es que cuando vino el Paráclito, el Espíritu de la Verdad, convenció a los que habían visto y odiado con un testimonio más evidente? Efectivamente, ya que su manifestación convirtió a la fe, activa en la práctica del amor, incluso a algunos de aquellos que vieron y todavía odiaban.

Para mejor comprenderlo, recordemos la sucesión de los hechos. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre ciento veinte hombres que estaban juntos, entre los cuales se hallaban también todos los Apóstoles. Cuando éstos, llenos del Espíritu, empezaron a hablar en lenguas extranjeras, varios de los que odiaban, estupefactos ante semejante maravilla y traspasado el corazón, se convirtieron. Y entonces, obtuvieron el perdón merced a aquella preciosa sangre tan impía y cruelmente derramada, de suerte que fueron redimidos por la misma sangre que ellos derramaron. Pues la sangre de Cristo de tal manera fue derramada para el perdón de todos los pecados que tiene poder de cancelar incluso el pecado por el que fue derramada. Intuyendo esto el Señor, decía: Me odiaron sin razón. Cuando venga el Paráclito, él dará testimonio de mí. Como si dijera: Viéndome, me odiaron y me mataron; pero el Paráclito dará de mí un testimonio tal que les hará creer cuando no me vean.

Y también vosotros, dice, daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Lo dará el Espíritu Santo, lo daréis también vosotros. Pues por estar conmigo desde el principio, podéis anunciar lo que sabéis, y para que no lo hagáis todavía, aún no se os ha comunicado la plenitud de aquel Espíritu. Así pues, él dará testimonio de mí, y también vosotros; os dará valentía para ser mis testigos el amor de Dios, que ha sido derramado en vuestros corazones con el Espíritu Santo, que os será dado.

Tratado 92 sobre el evangelio de san Juan (1-2: CCL 36, 555-556)

jueves, 21 de mayo de 2015

Dos vidas

La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra en el descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad, la otra en el premio de la contemplación.

La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por él apóstol Juan. La primera se.desarrolla toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando terminará; la segunda se inicia oscuramente en este mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin de él, y en el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a Pedro: Sígueme, en cambio de Juan se dice: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme. «Tú, sígueme por la imitación en soportar las dificultades de esta vida; él, que permanezca así hasta mi venida para otorgar mis bienes». Lo cual puede explicarse más claramente así: «Sígame una actuación perfecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la contemplación incoada permanezca así hasta mi venida para perfeccionarla».

El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amorosa y perfecta constancia en el sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, permanecerá así, en estado de perfeccionamiento, hasta que venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en efecto, hemos de tolerar los males de este mundo en el país de los mortales; allá, en cambio, contemplaremos los bienes del Señor en el país de la vida.

Aquellas palabras de Cristo: Si quiero que se quede hasta que yo venga, no debemos entenderlas en el sentido de permanecer hasta el fin o de permanecer siempre igual, sino en el sentido de esperar; pues lo que Juan representa no alcanza ahora su plenitud, sino que la alcanzará con la venida de Cristo. En cambio, lo que representa Pedro, a quien el Señor dijo: Tú, sígueme, hay que ponerlo ahora por obra, para alcanzar lo que esperamos. Pero nadie separe lo que significan estos dos apóstoles, ya que ambos estaban incluidos en lo que significaba Pedro y ambos estarían después incluidos en lo que significaba Juan. El seguimiento del uno y la permanencia del otro eran un signo. Uno y otro, creyendo, toleraban los males de esta vida presente; uno y otro, esperando, confiaban alcanzar los bienes de la vida futura.

Y no sólo ellos, sino que toda la santa"Iglesia, esposa de Cristo, hace lo mismo, luchando con las tentaciones presentes, para alcanzarla felicidad futura. Pedro y Juan fueron, cada uno, figura de cada una de estas dos vidas. Pero uno y otro caminaron por la fe, en la vida presente; uno y otro habían de gozar para siempre de la visión, en la vida futura.

Por esto, Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos, con el poder de atar y desatar los pecados, para que fuese el piloto de todos los santos, unidos inseparablemente al cuerpo de Cristo, en medio de las tempestades de esta vida; y, por esto, Juan, el evangelista, se reclinó sobre el pecho de Cristo, para significar el tranquilo puerto de aquella vida arcana.

En efecto, no sólo Pedro, sino toda la Iglesia ata y desata los pecados. Ni fue sólo Juan quien bebió, en la fuente del pecho del Señor, para enseñarla con su predicación, la doctrina acerca de la Palabra que existía en el principio y estaba en Dios y era Dios y lo demás acerca de la divinidad de Cristo, y aquellas cosas tan sublimes acerca de la trinidad y unidad de Dios, verdades todas estas que contemplaremos cara a cara en el reino, pero que ahora, hasta que venga el Señor, las tenemos que mirar como en un espejo y oscuramente, sino que el Señor en persona difundió por toda la tierra este mismo Evangelio, para que todos bebiesen de él, cada uno según su capacidad.

Tratado 124 sobre el evangelio de san Juan (5.7: CCL 36, 685-687)

miércoles, 20 de mayo de 2015

Por la caridad nos amamos y amamos a Dios

Esto os mando, dice el Señor: que os améis unos a otros. De lo cual debemos colegir que éste es nuestro fruto, del que dice: Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Y lo que añade: De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé, demuestra que ciertamente nos lo dará, si nos amamos unos a otros. Pues incluso esto es donación de aquel que nos eligió cuando no dábamos fruto –pues no fuimos nosotros quienes le elegimos a él–, y nos destinó para que diéramos fruto, esto es, para que nos amáramos mutuamente. Sin él, nosotros no podemos producir este fruto, como los sarmientos no son capaces de dar fruto separados de la vid. La caridad es, pues, nuestro fruto, fruto que el Apóstol define: El amor brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera. Por esta caridad nos amamos mutuamente, por la caridad amamos a Dios.

Pues no podríamos amarnos mutuamente con amor sincero, si no amásemos a Dios. Se ama al prójimo como a sí mismo, si se ama a Dios, ya que si no ama a Dios, no se ama a sí mismo. Estos dos mandamientos del amor sostienen la ley entera y los profetas. Este es nuestro fruto. Éste es el fruto que nos exige a nosotros al decir: Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros. Por eso el apóstol Pablo, queriendo recomendar el fruto del Espíritu en oposición a las obras de la carne, coloca en primer lugar al amor, diciendo: El fruto del Espíritu es: el amor; y a continuación enumera los restantes como emanados del amor y en íntima conexión con él. Son: alegría, paz, longanimidad, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.

¿Quién puede alegrarse de verdad, si no ama el bien del que dimana su alegría? ¿Quién puede tener auténtica paz, si no la tiene con quien ama de verdad? ¿Quién es longánime conservándose perseverante en el bien, si no posee el fervor de la caridad? ¿Quién es servicial sin amar al que socorre? ¿Quién es bueno si no lo es por el amor? ¿Quién es provechosamente fiel, sino en virtud de una fe activa en la práctica del amor? Con razón, pues, el Maestro bueno nos recomienda tan a menudo el amor, como el único mandamiento posible, sin el cual todas las demás cualidades buenas no sirven de nada, y que no puede poseerse sin estas otras buenas cualidades, que hacen bueno al hombre.

Tratado 87 sobre el evangelio de san Juan (1: CCL 36, 543-544)

lunes, 18 de mayo de 2015

Por medio del Espíritu Santo el alma es purificada

Queridos hermanos: No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios. Y ¿quién es el que discierne los espíritus? Hermanos míos, nos plantea un difícil problema; lo mejor es que nos diga él mismo los criterios de discernimiento. Escuchad atentamente lo que dice: Queridos hermanos: No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios.

En el evangelio, el Espíritu Santo viene designado con el nombre de agua, cuando el Señor gritaba diciendo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. El evangelista declaró a qué se refería, cuando escribe a continuación: Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. ¿Por qué el Señor no bautizó a muchos? ¿Qué es lo que dice Juan? Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado. Debido, pues, a que, teniendo el bautismo, no habían todavía recibido el Espíritu Santo, que el Señor envió desde el cielo el día de Pentecostés, se esperaba a que el Señor fuera glorificado para derramar el Espíritu.

Mientras tanto, antes de ser glorificado y antes de enviar el Espíritu, invita a los hombres a que se preparen para recibir el agua, de la que dijo: El que tenga sed, que venga a mí; y: el que cree en mí, que beba; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. ¿Qué significa: torrentes de agua viva? ¿Qué significa aquella agua? Que nadie me pregunte; pregunta al evangelio: Decía esto, subraya, refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Así pues, una cosa es el agua del sacramento, y otra el agua que simboliza al Espíritu Santo.

El agua del sacramento es visible; el agua del Espíritu es invisible. La primera lava el cuerpo y significa lo que produce en el alma; por medio del Espíritu el alma misma es purificada y alimentada. Este es el Espíritu de Dios, que no pueden poseer quienes rompen con la Iglesia. E incluso los que no rompen abiertamente con la Iglesia, pero están de ella apartados por el pecado, y dentro de ella oscilan como la paja y no son grano, incluso éstos están privados del Espíritu.

Este Espíritu es designado por el Señor con el nombre de agua. Lo hemos oído en esta carta: No os fiéis de cualquier espíritu, y lo atestiguan aquellas palabras de Salomón: Abstenerse del agua ajena. ¿Qué es el agua? El Espíritu. ¿Pero siempre el agua significa el Espíritu? No siempre: en algunos pasajes significa el bautismo, en otros los pueblos, en otros la sabiduría. Por tanto, la palabra agua tiene diversos significados en distintos textos de la Escritura. Hace un momento, sin embargo, habéis oído llamar agua al Espíritu Santo, y no debido a una interpretación personal, sino según el testimonio evangélico que afirma: Decía esto refiriéndose al Espíritu Santo, que habían de recibir los que creyeran en él.

Tratado 6 sobre la primera carta de san Juan (11: SC 75, 300-304)

domingo, 17 de mayo de 2015

Pregunta a tu corazón si hay en él un lugar para el amor fraterno

Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros. Ya veis que este es su mandamiento; ya veis que quien obra contra este mandamiento comete pecado, pecado de que carece el que ha nacido de Dios. Tal como nos lo mandó: que nos amemos mutuamente. Quien guarda sus mandamientos. Ya veis que no se nos manda otra cosa, sino que nos amemos unos a otros. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

¿Acaso no es evidente que la obra del Espíritu Santo en el hombre, es que en él esté la dilección y el amor? ¿Acaso no es evidente lo que dice el apóstol Pablo: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado? Hablaba, pues, del amor y decía que debemos interrogar nuestro corazón en presencia de Dios. En caso de que no nos condene nuestra conciencia, esto es, si da testimonio de que el amor fraterno es la fuente de todo lo que de bueno hay en nuestras obras. Añadamos además que, hablando del mandamiento, Juan dice: Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. En efecto, si compruebas poseer la caridad, posees el Espíritu de Dios para comprender, lo cual es sobremanera necesario.

En los primeros tiempos, el Espíritu Santo descendía sobre los creyentes, y hablaban en lenguas que no habían aprendido, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Eran signos apropiados a los tiempos. Pues era muy conveniente que el Espíritu Santo fuera significado por este don de la universalidad de lenguas, ya que a través de todas las lenguas habría de difundirse el evangelio de Dios por todo el orbe de la tierra. Una vez significado esto, el signo pasó.

¿Acaso esperamos hoy que aquellos sobre quienes se imponen las manos para que reciban el Espíritu Santo, se pongan a hablar en lenguas? ¿O es que cuando impusimos las manos a estos niños, estaba cada uno de vosotros pendiente a ver si se ponían a hablar lenguas? Y al comprobar que no hablaban en lenguas, ¿hubo alguno de vosotros de corazón tan perverso que dijera: «Estos no han recibido el Espíritu Santo, pues de haberlo recibido, hablarían en lenguas como sucedía entonces»? Y si ahora no se testifica la presencia del Espíritu Santo mediante este tipo de milagros, ¿qué hacer, cómo conocer que uno ha recibido el Espíritu Santo?

Que cada uno interrogue su corazón: si ama al hermano, el Espíritu Santo permanece en él. Que vea y se examine a los ojos de Dios, que vea si ama la paz y la unidad, si ama a la Iglesia extendida por toda la tierra. Que mire de no amar solamente al hermano que tiene ante sí: pues son muchos los hermanos que no vemos y a los que estamos vinculados en la unidad del Espíritu. ¿Hay algo de extraño en que no estén con nosotros? Formamos un solo cuerpo, tenemos una sola cabeza en el cielo. Por tanto, si quieres saber si has recibido el Espíritu Santo, pregunta a tu corazón, no sea que tengas el sacramento y te falte la virtud del sacramento. Pregunta a tu corazón; si en él hay un lugar para el amor fraterno, estáte tranquilo. No puede haber amor sin el Espíritu de Dios, puesto que Pablo exclama: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Tratado 6 sobre la primera carta de san Juan (9-10: SC 75, 296-300)

sábado, 16 de mayo de 2015

No amemos de palabra, sino de verdad y con obras

En esto hemos conocido el amor. Habla de la perfección del amor, de aquella perfección que os hemos recomendado: En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Ved a qué venía aquel: Pedro, ¿me amas? Pastorea mis ovejas. Pues para que comprendáis que así es como él quería que apacentase sus ovejas: hasta dar la vida por las ovejas, le dijo a continuación: Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías, pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras. Esto dijo, subraya el evangelista, aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios; de este modo enseñaba al que había dicho: Pastorea mis ovejas, a dar su vida por las ovejas.

¿Dónde comienza, hermanos, la caridad? Estad atentos un poco todavía: ya habéis oído cómo alcanza su perfección. El Señor mismo nos dio a conocer en el evangelio la meta y el modo: Nadie, dice, tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Así pues, en el evangelio pone de manifiesto la perfección de la caridad, aquí, en la carta, se nos invita a conseguir tal perfección. Pero vosotros os preguntáis y os decís: ¿Cuándo podremos obtener esta caridad? No desesperes en seguida de ti: quizás ha nacido ya, pero no ha alcanzado aún su perfección; aliméntala, no sea que se ahogue. Pero me dirás: ¿Y cómo conocerla? Ya hemos oído cómo alcanza su perfección; oigamos ahora cómo comienza.

Si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Ved cómo comienza el amor. Si todavía no te sientes capaz de morir por el hermano, sé al menos capaz de darle una parte de tus bienes.

Pero quizá me dirás: ¿Qué tengo que ver con él? ¿Tendré que darle yo mi dinero, para que él no sufra molestia alguna? Si es esto lo que te responde tu corazón, señal de que no habita en ti el amor del Padre. Y si el amor del Padre no habita en ti, es que no has nacido de Dios. ¿Cómo puedes gloriarte de ser cristiano? Tienes el nombre, pero no las obras. Si, en cambio, al nombre lo acompaña el comportamiento, podrán llamarte pagano; tú con obras demuestras que eres cristiano. Y si con las obras no demuestras tu cristianismo, aunque te llamen cristiano, ¿de qué te aprovecha el nombre si el nombre no se corresponde con la realidad? Pero si uno tiene de qué vivir y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar con él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

Tratado 5 sobre la primera carta de san Juan (11-13: SC 75, 266-271)

jueves, 14 de mayo de 2015

Últimas palabras de Cristo antes de subir al cielo

Nuestro Señor Jesucristo, al subir al cielo a los cuarenta días de su resurrección, nos recomendó su cuerpo que debía permanecer aquí abajo. Lo hizo porque previó que muchos iban a rendirle honores por haber ascendido al cielo, y vio también que este honor sería inútil, si pisoteaban sus miembros en la tierra. Y para que nadie fuera inducido a error, conculcando los pies en la tierra mientras adora a la cabeza en el cielo, declaró dónde se hallaban sus miembros.

Estando, pues, para subir al cielo pronunció sus últimas palabras; después de estas palabras no volvió a hablar ya en la tierra. Estando para ascender la cabeza al cielo, recomendó a los miembros en la tierra. Y desapareció. Ya no encuentras a Cristo hablando en la tierra: le encuentras hablando, pero en el cielo. ¿Y por qué desde el cielo? Porque sus miembros eran pisoteados en la tierra. A Saulo, el perseguidor, le dijo desde lo alto: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Subí al cielo, pero permanezco aún en la tierra; aquí estoy sentado a la derecha del Padre, allí padezco todavía hambre y sed, y soy peregrino.

¿Y de qué modo nos recomendó su cuerpo en la tierra cuando estaba para subir al cielo? Como le preguntasen sus discípulos: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?, les respondió a punto de partir: No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos. Ved ahora por dónde va a difundir su cuerpo, ved dónde no quiere ser pisoteado: Recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo. Ved dónde permanezco, yo que asciendo. Asciendo porque soy cabeza; permanece todavía mi cuerpo. ¿Dónde permanece? Por toda la tierra. Cuida de no herirlo, cuida de no violarlo, cuida de no pisotearlo: éstas son las últimas palabras de Cristo antes de partir para el cielo.

Reflexionad, hermanos, con entrañas cristianas: si para los herederos son tan dulces, tan gratas, de tanto peso las palabras del que está al borde del sepulcro, ¡cuáles no deberán ser para los herederos de Cristo las últimas palabras no del que está para bajar al sepulcro, sino del que está a unto de subir al cielos El alma de quien vivió y murió es transportada a otras regiones, mientras que su cuerpo se deposita en la tierra: que se cumplan o no sus últimas disposiciones, es algo que a él no le incumbe; otras son ya sus ocupaciones o sus sufrimientos; en su sepulcro yace un cadáver sin sentido. Y sin embargo, se respetan las últimas voluntades del finado. ¿Qué es lo que esperan los que no respetan las últimas palabras del que está sentado en el cielo, del que observa desde arriba si se aprecian o se desprecian?, ¿del que dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?, ¿del que reserva para el juicio lo que ve que sus miembros padecen?

Tratado 10 sobre, la primera carta de san Juan (9: SC 75, 432-436)

martes, 2 de julio de 2013

Los que estamos siempre en Cristo, no cesemos de orar

Los que estamos en Cristo, esto es, los que estamos siempre en la luz, no cesemos de orar ni siquiera de noche. Así, Ana, la viuda, rogando siempre y vigilando sin interrupción, perseveraba en hacerse grata a Dios, como está escrito en el evangelio: No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Recapaciten tanto los paganos que todavía no han sido iluminados, como los judíos que, abandonados por la luz, quedaron en las tinieblas: nosotros, hermanos muy amados, que estamos siempre en la luz del Señor, que tenemos presente y mantenemos lo que hemos comenzado a ser por la gracia recibida, computemos la noche por día.

Abriguemos la esperanza de andar siempre en la luz, sin dejarnos obstaculizar por las tinieblas de que hemos salido: no sufran detrimento alguno las oraciones de la noche, ni la pereza o la indolencia sean causa de una pérdida de tiempo en la oración. Recreados y renacidos espiritualmente por la divina condescendencia, imitemos lo que hemos de ser en el futuro: destinados a habitar en un reino que desconoce la noche, y en el que todo es día, vigilemos durante la noche como si estuviéramos en pleno día; destinados a orar y dar gracias a Dios, no cejemos tampoco aquí de orar y dar gracias.

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (36: 3, 293-294)

lunes, 1 de julio de 2013

Adorar a Dios frecuentemente y siempre

Por lo que se refiere a la frecuencia de la oración, vemos cómo los tres jóvenes, fuertes en la fe y vencedores en el cautiverio, observaban, junto con Daniel, las horas de tercia, sexta y nona, prefigurando el misterio de la Trinidad, que habría de revelarse en los últimos tiempos.

Los antiguos adoradores de Dios, habiendo ya de antiguo determinado tales espacios espirituales de oración, se dedicaban a ella según modalidades precisas y en tiempos fijados. El curso del tiempo puso de manifiesto que, en esta manera de orar los justos de épocas anteriores, se escondía un misterio. Pues a la hora de tercia descendió sobre los discípulos el Espíritu Santo, dando así cumplimiento a la gracia prometida por el Señor. Asimismo, Pedro, subiendo a la azotea a la hora de sexta, fue instruído mediante una señal y por medio de la voz de Dios que lo interpelaba, sobre el deber de admitir a todos a la gracia de la salvación, puesto que anteriormente dudaba de conferir el bautismo a los paganos. Y el Señor, or, crucificado a la hora sexta, a la nona lavó con su sangre nuestros pecados, reportando entonces con su pasión una victoria, que le permitió redimirnos y darnos la vida.

En la actualidad, carísimos hermanos, y al margen de las horas antiguamente observadas, han aumentado los espacios de oración al ritmo de los sacramentos. De hecho, hemos de orar también por la mañana, para celebrar con la oración matutina la resurrección del Señor. Y es necesario orar además a la puesta del sol y al caer el día. En efecto, como Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, cuando a la puesta del sol y al caer del día natural oramos pidiendo que salga sobre nosotros nuevamente la luz, en realidad imploramos la venida de Cristo portador de la gracia de la eterna luz. En los salmos, el Espíritu Santo llama a Cristo «día». Ahora bien, si en las Escrituras santas Cristo es el sol verdadero, no queda hora alguna en que los cristianos no deban adorar a Dios frecuentemente y siempre, de modo que los que estamos en Cristo, esto es, en el sol y en el día verdaderos, debemos perseverar todo el día en la oración. Y cuando según la alternativa rotación de los astros, la noche sucede al día, ningún daño puede sobrevenir a los orantes de las tinieblas nocturnas, porque para los hijos de la luz, las noches se convierten en días. ¿Cuándo, en efecto, está sin luz quien lleva la luz en el corazón? O ¿cuándo no hay sol y día para quien Cristo es sol y día?

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (34-35: CSEL 3, 292-293)

viernes, 28 de junio de 2013

Hay que orar no sólo con palabras, sino también con los hechos

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el orbe de la tierra.

En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras breves y llenas de divina grandiosidad: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

Además, Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con los hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál hade ser nuestra conducta en este aspecto. Leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar. Y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y si oraba él que no tenía pecado, ¿cuánto más no deben orar los pecadores? Y si él pasaba la noche entera velan-do en continua oración, ¿cuánto más debemos velar nos-otros, por la noche, en frecuente oración?

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (28-29: CSEL 3, 287-288)

jueves, 27 de junio de 2013

Velad y Orad

Al demonio se le otorga poder contra nosotros con una doble finalidad: para nuestro castigo cuando pecamos, o para nuestra gloria cuando somos probados. Es lo que sucedió con Job según declaración del mismo Dios, que dice: Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques. Y en el evangelio leemos que el Señor dijo duran-te la pasión: No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto.

Cuando rogamos no caer en la tentación, al hacerlo se nos recuerda nuestra debilidad y nuestra fragilidad, para que nadie se vanaglorie insolentemente, para que ninguno se arrogue algo con soberbia o jactancia, para que a nadie se le ocurra apropiarse la gloria de la confesión o de la pasión, cuando el mismo Señor nos hace una llamada a la humildad, diciendo: Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. El simple y humilde reconocimiento de nuestra fragilidad nos impulsa a atribuir a Dios todo aquello que con amor y temor de Dios pedimos insistentemente y que él por su misericordia nos concede.

Después de todo esto, nos encontramos, al final de la oración, con una cláusula que engloba sintéticamente todas nuestras peticiones y todas nuestras súplicas. Al final de todo decimos: Mas líbranos del mal, fórmula en la que compendiamos todas las cosas adversas que, en este mundo, puede el enemigo maquinar contra nosotros. La única protección firme y estable contra todo esto es la ayuda de Dios: sólo él puede liberarnos prestando oído atento a nuestras implorantes súplicas. Después de haber dicho líbranos del mal, nada más nos queda ya por pedir: una vez solicitada la protección de Dios contra el mal y obtenida ésta, estamos seguros y a cubierto contra todas las maquinaciones del diablo y del mundo. ¿Quién, en efecto, podrá temer al mundo, teniendo en el mundo a Dios por defensor?

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (26-27; CSEL 3, 286-287)

miércoles, 26 de junio de 2013

Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Caín y Abel, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí, sino la intención del oferente, y por eso le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio, y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan, ésos serán coronados por el Señor, ésos serán reivindicados el día del juicio.

Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como lo atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo. ¿Qué clase de delito es este que no puede borrarse ni con el bautismo de la sangre?, ¿qué tipo de crimen es este que no puede expiarse ni con el martirio?

Nos advierte además el Señor lo necesario que es que en la oración digamos: Y no nos dejes caer en la tentación. Palabras con las que se nos da a entender que nada puede el adversario contra nosotros, si previamente no se lo permite Dios; de donde se deduce que todo nuestro temor, devoción y observancia han de orientarse hacia Dios, ya que nada puede el maligno en las tentaciones, sino lo que le fuere concedido.

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (24-25: CSEL 3, 285-286)

martes, 25 de junio de 2013

Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados, para que quien es alimentado por Dios viva en Dios, y no se preocupe únicamente de la vida presente y temporal, sino también de la eterna, a la que sólo puede llegarse si se perdonan los pecados, a los que el Señor llama deudas, como él mismo dice en su evangelio: Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste.

Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir perdón de los pecados, despierta con ellos nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.

Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuando dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal y, en consecuencia, su perdón.

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.

Y vuelve Cristo a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra todos, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados. Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa, y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios, y los que tenemos un solo espíritu tengamos también un solo pensar y un mismo sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está enconcordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (22-23: CSEL 3, 283-285)

domingo, 23 de junio de 2013

Pedimos de modo que nuestra oración recabe la salvación de todos

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Esta petición, hermanos muy amados, puede también entenderse de esta manera: puesto que el Señor nos manda y amonesta amar incluso a los enemigos y rezar hasta por los que nos persiguen, pidamos asimismo por los que todavía son tierra y aún no han comenzado a ser celestiales, a fin de que también sobre ellos se cumpla la voluntad de Dios, voluntad que Cristo cumplió a la perfección, salvando y rescatando al hombre.

Porque si los discípulos ya no son llamados por él tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del polvo de la tierra y que el segundo procede del cielo, con razón nosotros, que estamos llamados a ser semejantes a nuestro Padre-Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos, siguiendo los consejos de Cristo, oramos y pedimos de manera que nuestra oración recabe la salvación de todos, para que así como en el cielo, esto es, en nosotros, por medio de nuestra fe, se ha cumplido la voluntad de Dios de que seamos seres celestiales, así también en la tierra, es decir, en los que se niegan a creer, se haga la voluntad de Dios, para que quienes son todavía terrenos en fuerza de su primer nacimiento, empiecen a ser celestiales por el nacimiento del agua y del Espíritu.

Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto, el pan de vida es Cristo, y este pan no es sólo de todos en general, sino también nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entramos en contacto con su cuerpo.

Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable, no nos veamos privados, por alguna falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer, y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros, Por eso pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (17-18: CSEL 3, 279-281)

sábado, 22 de junio de 2013

No anteponer nada a Cristo

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres, el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a la cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos, y en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona.

Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

Pedimos que se haga la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra: ambas cosas pertenecen a la consumación de nuestra incolumidad y salvación. Pues al tener un cuerpo terreno y un espíritu celeste, somos al mismo tiempo cielo y tierra, y, en ambos, esto es, en el cuerpo y en el espíritu, pedimos que se haga la voluntad de Dios. Pues existe guerra declarada entre la carne y el espíritu y un antagonismo diario entre los dos contendientes, de suerte que no hacemos lo que queremos: porque mientras el espíritu desea lo celestial y divino, la carne se siente arrastrada por lo terreno y temporal. Por eso pedimos que, con la ayuda y el auxilio divino, reine la concordia entre los dos sectores en conflicto, de modo que al hacerse la voluntad de Dios tanto en el espíritu como en la carne, pueda salvarse el alma renacida por él en el bautismo.

Es lo que abierta y manifiestamente declara el apóstol Pablo, diciendo: La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismos, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Los que así obran no heredarán el reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad amabilidad, dominio de sí.

Por lo cual, con oración cotidiana y hasta continua, hemos de pedir que en el cielo y en la tierra se cumpla la voluntad de Dios sobre nosotros. Porque ésta es la voluntad de Dios: que lo terreno ceda el paso a lo celestial y que prevalezca lo espiritual y lo divino.

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre el Padrenuestro (15-16: CSEL 3, 277-279)