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jueves, 5 de noviembre de 2015

Cristo, en cuanto Hijo y Señor, se ha convertido en administrador del nuevo Testamento

Se nos ha aparecido el Señor Dios, como leemos en las Escrituras, y por obra suya fue capturado y uncido a la gracia por la fe el rebaño de los que andaban errantes. El era el esperado de las naciones, y por medio de él Dios Padre recondujo a la luz de la verdad a los que se revolcaban en las tinieblas y en la oscuridad de la mente y de la inteligencia. Nos aclaró esto en pocas palabras, cuando dijo Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas. Así pues, nuestro Señor Jesucristo ha sido puesto por Dios Padre como alianza de su pueblo, me refiero a los israelitas según la carne: a los cuales Dios incluso les renovó la promesa por medio de uno de sus profetas, cuando dijo: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva, no como la que hice con vuestros padres.

En efecto, Moisés era el ministro divino de la sombra y del tipo, haciendo las veces de intercesor dentro del marco de sus competencias; Cristo, en cambio, en cuanto Hijo y Señor, se ha convertido en administrador del nuevo Testamento. Y digo nuevo porque nos reconduce a la novedad de una vida santa, porque transforma al hombre, y porque, mediante una vida evangélica, hace del hombre un adorador probado y verdadero. Dios —dice—es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. Ha sido puesto, pues, como alianza de un pueblo, como luz de las naciones, para que abra los ojos de los ciegos y saque a los cautivos de la prisión. Porque Satanás, príncipe y cabeza de los malvados, había envuelto en tinieblas el corazón de los paganos. Su razonar acabó en vaciedades, y alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles

Pero nos ha nacido la luz verdadera, esto es, Cristo, como lucero inteligible, como sol de justicia, que, irradiando el esplendor del verdadero conocimiento de Dios, disipó las tinieblas del diabólico error, que envolvían a los habitantes de la tierra, liberando de la cárcel a quienes estaban prisioneros de las inevitables cadenas de sus delitos.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 858-859)

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La renovación ha sido llevada a cabo en Cristo

En Cristo todas las cosas se renovaron. Lo confirma san Pablo, cuando escribe: El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado. Escribe también a los llamados al nuevo género de vida, es decir, a la vida según el espíritu: Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Hemos, pues, sido renovados en Cristo por la santificación, habiendo regresado por él y en él a la antigua belleza de la naturaleza, es decir, de aquella naturaleza que fue plasmada a imagen del que la creó. Y, depuesto el pecado y toda viciosa costumbre, se nos instruye en orden al nuevo género de vida y como echando mano de ciertos rudimentos, nos despojamos de la vieja condición humana corrompida al soplo de las concupiscencias del error, y nos revestimos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador.

Por lo demás, en Cristo se operó la reforma y la llamada nueva criatura: novedad que nos viene no de una semilla corruptible, sino de la palabra de Dios viva y permanente. Pues bien, este pueblo, congregado de los cuatro puntos cardinales y que lleva mi nombre, no fue una persona cualquiera, sino que he sido yo el que, por mi gloria, lo he creado, lo he formado, lo he hecho.

Y precisamente en función de la gloria de Dios Padre, nos es lícito hablar del Hijo, pues por él y en él es el Padre gloriosamente exaltado, según aquello: Yo te he glorificado sobre la tierra, como expresamente dice el mismo Hijo. Que quienes creemos en Cristo hemos sido formados por él, lo sabemos con tanta mayor certeza cuanto que somos imagen suya y poseemos la belleza de la naturaleza divina, que resplandece en nuestras almas.

Algo por el estilo dijo también el divino salmista: Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Y al añadir: Saqué a un pueblo ciego, muestra claramente la superioridad de su poder, realmente admirable y que ningún discurso humano puede explicar. Hubo, efectivamente, un tiempo en que a aquellos cuya mente y cuyo corazón estaban envueltos en la niebla y en el error de la diabólica perversidad, a éstos los convirtió en luminosos y radiantes, naciendo para ellos cual un lucero o como el sol de justicia, y haciendo de ellos no ya hijos de la noche y de las tinieblas, sino más bien de la luz y del día, según la afirmación del sapientísimo Pablo.

Que sacó a un pueblo ciego, no hay mortal que se atreva a dudarlo. Y así como, cuando vivían en el error, estaban envueltos en inmensas y profundas tinieblas, así ahora su naturaleza se revistió de un nuevo esplendor y se convirtió en extraordinariamente blanca y luminosa. Es exactamente lo que dijo Pablo: Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 891-894)

martes, 27 de octubre de 2015

No hubo tiempo alguno en que Dios no llamase a todos a la salvación

Nuestro Señor, movido por ese amor con que envuelve a los hombres, no dejó transcurrir tiempo alguno sin llamar a todos los hombres a la salvación. En ocasiones, sin embargo, decía reprendiendo con mayor dureza a los que descaradamente huían: ¿Puede un etíope cambiar de piel o una pantera de pelaje? Igual vosotros: ¿podéis enmendaron, habituados al mal? De hecho, el padre de todo pecado dominaba hasta tal punto al género humano, que eran realmente pocos los adoradores de Dios, persuadidos como estaban del deber de recordar al supremo legislador.

Así pues, como el pecado tiranizaba a todos los humanos y cual densa oscuridad cubría toda la tierra, los santos rogaban al Verbo de Dios que bajara a nosotros y, con su saludable luz, iluminara las mentes de todos. Claman pues, a él diciendo: Envía tu luz y tu verdad. Y efectivamente, nos fue enviada la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, esto es, el Verbo de Dios, Dios mismo, que habiendo asumido nuestra condición y engendrado por la Virgen santa, trajo la salvación al género humano, instaurando la antigua incorruptibilidad de la naturaleza, como lo afirma Pablo: Renovando para nosotros un nuevo camino, unió el cielo y la tierra, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas.

Al mostrarnos, pues, Cristo, nuestro Salvador, benignamente un afecto tan personal y soportar la cruz por nuestra causa, fueron desatadas las cadenas de la muerte complicadas por multitud de nudos y fueron enjugadas las lágrimas de todos los rostros, como dice el profeta: Convertiré su tristeza en gozo. En cuanto al Salvador, se le acomoda perfectamente aquel dicho: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Habiendo, pues, proclamado tanto a los espíritus encarcelados como a los que estaban cautivos: «Salid», y a los que estaban en tinieblas: «Venid a la luz», él mismo resucitó su templo reconstruido en tres días, preparó además a la naturaleza una nueva ascensión a los cielos, ofreciéndose a sí mismo al Padre como primicias del género humano y otorgando a los que vivían en la tierra la comunicación del Espíritu Santo, cual prenda de la gracia.

San Cirilo de Alejandría
Homilía pascual 2 (8: PG 77, 447-450)

viernes, 23 de octubre de 2015

¿Quién es capaz de conocer el pensamiento de Dios?

Dios no consiente que los llamados a la conversión, a la redención y a la purificación de los pecados desconfíen de la gracia que nos viene de Cristo. Esto es lo que hicieron los israelitas. Porque, mientras Dios les invitaba a la conversión y al arrepentimiento, cuando se sentían compungidos y como lacerados por los remordimientos de la propia conciencia, en el momento en que se veían absolutamente incapaces de lavar las inmundicias de su viciosa conducta decían: Nuestros errores están dentro de nosotros y en ellos hemos nacido, ¿cómo, pues, seguir viviendo?

A lo cual responde Dios: Convertíos seriamente de vuestros caminos, casa de Israel, y vuestras injusticias no se traducirán en castigo para vosotros. Por consiguiente, cuando vosotros —dice— desconfiáis, mientras yo, que todo lo puedo, afirmo categóricamente: Os libraré de toda mancha y os haré inmunes a los delitos inveterados, reflexionad entonces quién soy yo y quiénes sois vosotros, pensad en la diferencia existente entre mis caminos y vuestros caminos, entre vuestros planes y mis planes, cuánta sea también la diferencia de las naturalezas. Pues vosotros sois hombres, yo soy Dios. Inmensa es, pues, la distancia, y las cosas de Dios no tienen punto referencial de comparación. Nos gana, efectivamente, en fortaleza, en gloria, en clemencia: nada existe en la naturaleza que pueda adecuarse a su excelencia o que pueda parecer que se le aproxima un tanto.

En efecto, los hombres están sujetos a la ira; pues bien, lo característico de la naturaleza divina, que a todas supera, es no dejarse dominar por la ira. El hombre es cruel y propenso a la maldad; en cambio Dios es bueno por naturaleza, más aún: es la mismísima bondad. Perdonará, pues, como Dios, y justificará al impío, echando en olvido los traspiés debidos a la ignorancia y borrando las máculas del error.

Añade también esto a la precedente consideración: antiguamente la multitud de los pueblos era ignorante y fácilmente eran los hombres arrastrados a todo género de torpezas y empujados a hacer cosas tales, que la lengua se resiste a decir. Pero después de que, impulsados por la fe, buscaron a Dios y lo invocaron, abandonando su anterior conducta y sus perversas maquinaciones, consiguieron la misericordia de Dios y se sintieron como transformados y trasladados a otra vida: se convirtieron en sabios en cuanto partícipes de la sabiduría, conocedores de toda cosa buena; sacudieron el yugo del prístino error, vencieron el pecado y en lo sucesivo se despojaron de su ánimo voluble e inconstante, y se hicieron con un ánimo firme y esforzado, pronto a ejecutar lo que es agradable a Dios. Por eso dice: cuando prometo todo esto, no desconfiéis, ni penséis que soy de ánimo voluble. Pues mis planes no son vuestros planes, ni mis caminos son vuestros caminos.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 5, t 2: PG 70, 1230-1231)

sábado, 3 de octubre de 2015

Seremos posesión y herencia de Dios

Señor, Dios nuestro, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. ¡Señor, Dios nuestro, poséenos!, no conocemos a otro fuera de ti, e invocamos tu nombre. Los santos profetas tenían por costumbre elevar preces en favor de Israel, pues eran amigos de Dios y estaban maravillosamente coronados con los ornamentos de la piedad. Pues desde el momento en que procedían de la raíz de Abrahán y de la sangre de los santos padres, era natural que se doliesen de la suerte de sus tribus de Israel, al verlas perecer a causa de su impiedad para con Cristo. De aquí que también ahora el bienaventurado profeta Isaías abra la boca y diga: Señor, Dios nuestro, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú.

Que es como si dijera: Si nos dieras la paz, abundaríamos en toda clase de bienes, y nos convertiríamos en partícipes de todos tus dones. Pero conviene saber de qué paz se trata. Pues o bien estas palabras piden al mismo Cristo, ya que, según las Escrituras, él es nuestra paz, y mediante él nos asociamos también al Padre por un parentesco espiritual; o bien intentan decir otra cosa distinta: porque quienes todavía no poseen la fe y no han rechazado ni alejado de sí la marca del pecado, viven apartados de Dios y con toda razón son contados en el número de los enemigos, son del gremio de los de dura cerviz y combaten contra las mismas leyes del Señor. En cambio, los que son morigerados, dóciles al freno y prontos para todo cuanto es del agrado de Dios, rebosan amor y están en paz con él.

Por lo demás, la paz es realmente un don de Dios, derivada de su soberana munificencia. Concédenos, pues, Señor, estar en paz contigo y, quitado del medio el impío y detestable pecado, haz que nos podamos espiritualmente unir a ti por mediación de Cristo, como muy bien dice san Pablo: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estemos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Conseguido lo cual, seremos posesión y herencia de Dios.

Por eso, sabiamente trae a colación aquello: ¡Señor, poséenos!, no conocemos a otro fuera de ti, e invocamos tu nombre. En efecto, los que están en paz con Dios es necesario que sean semejantes a él en su conducta, estén en constante comunión con él, hasta el punto de conocerlo sólo a él y no poder tener, ni siquiera en la lengua, el nombre de cualquier otro dios ficticio. Pues sólo él ha de ser invocado, ya que él es el único Dios nuestro por naturaleza y de verdad. Es lo que nos predica la ley del sapientísimo Moisés: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto y a su nombre.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 1: PG 70, 579-582)

viernes, 2 de octubre de 2015

Se nos llama cristianos o pueblo de Dios

De oriente conduciré a tu descendencia y de occidente te reuniré. El Verbo unigénito de Dios se apareció a los que vivían en la tierra en nuestra condición, es decir, hecho hombre, para conducir a griegos y judíos —caídos en la apostasía y defección del Creador común a causa de sus muchas y variadas culpas— al verdadero e incontaminado conocimiento de Dios, congregarlos en una comunión espiritual por medio de la fe y de la santificación maravillosamente consumada, y, por último hacerlos dignos de su unión con él, y de este modo unirlos a Dios Padre por mediación suya. Que por esta razón Cristo se hizo hombre no es difícil deducirlo de las sagradas páginas del evangelio.

En efecto, Lázaro resucitó de entre los muertos de un modo maravilloso y en contra de la común estimación. Pues bien, la muchedumbre de los impíos judíos y la secta de los fariseos odiosa a Dios, convocaron el sanedrín y dijeron: ¿Qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir, vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación. Entonces, uno de ellos, Caifás, les dijo: Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. A estas palabras añade seguidamente el divino evangelista: Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Pues por lo que se refiere a la primera creación del hombre y al propósito del que lo creó, todos eran hijos suyos. Pero Satanás los dispersó a todos, precipitándolos en una multitud de pecados y, una vez los hubo inducido al error, los separó de la unión que con Dios tenían. Pero Cristo los redujo nuevamente a la unidad, pues vino a buscar lo que estaba perdido.

Y cuando le oímos llamar hijos e hijas a los que vienen corriendo procedentes de los cuatro puntos cardinales, manifiesta el tiempo de la venida de Cristo, tiempo en que a los habitantes de la tierra les fue otorgada la gracia de la adopción por la santificación en el Espíritu. Y que la vocación no es exclusiva de un solo pueblo, sino común y única para todos, lo insinuó al decir: Todos cuantos lleven mi nombre. Se nos llama cristianos o pueblo de Dios. Dice efectivamente Pedro en una carta enviada a los que han sido llamados por medio de la fe: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «Pueblo de Dios».

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, Sermón 1: PG 70, 887-890)

viernes, 25 de septiembre de 2015

Esperamos el juicio futuro

Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa, de cimiento: «quien se apoya no vacila». Así pues, llama piedra probada, elegida y preciosa a nuestro Señor Jesucristo, que sobresale por la prestancia y la gloria de la divinidad. El es la base, la esperanza, el apoyo y el cimiento inconmovible de Sión, es decir, de la Iglesia, como es fácil de comprender. Y lo explica diciendo que ha sido puesto como fundamento por el Padre.

Dice que es la piedra angular, pues ensambla, en la unidad de una sola fe, a dos pueblos, israelita y pagano, con una unión espiritual. En todo edificio, el ángulo se forma por la concurrencia de dos muros contiguos, que se fusionan en uno solo. Y quien se apoya en él —dice— no vacila. Fíjate de qué modo conforte y distienda en cierto sentido el ánimo de los creyentes y abra a los afligidos de par en par las puertas de la libertad de la vida evangélica. Que es como si dijera: ¡Oh afligidos!, mirad que coloco en Sión como cimiento una piedra escogida. Y ¿cuál es su utilidad? Quién se apoya en ella no vacila. Con estas palabras quiere inducirnos a sustraer el cuello del pesado yugo de la ley, y a apartarnos de la sombra ya inútil e ineficaz, abrazando más bien la gracia por medio de la fe y consiguiendo en Cristo la justificación, que nada tiene de onerosa. Pondré —dice— mi juicio en la esperanza, y mi misericordia en la balanza. Pues, como el mismo Salvador dice: El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre.

Comprendiendo esto, escribe san Pablo en su carta: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. Esperamos, pues, el juicio futuro e indudablemente una misericordia proporcional a las obras que cada uno haya hecho con recta intención. Lo cual significa — según creo— que la misericordia depende de quien nos juzga según la balanza, es decir, en razón de lo bueno y lo justo, en relación a las obras realizadas rectamente.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías

martes, 22 de septiembre de 2015

¡Habitantes de la tierra, aprended justicia!

Aprended justicia, habitantes de la tierra. Dijo en otro lugar Dios por boca del profeta: Todos serán discípulos del Señor. Fíjate cómo en estas palabras la narración introduce a Cristo como el mistagogo de los paganos que creen en él. Pues era justo que se encendiera una luz sobre la tierra en atención a aquellos que en un tiempo llegaron al conocimiento de sus preceptos; era justo —repito— que el conocimiento de lo que es útil fuera impartido por él personalmente. ¡Vosotros —dice—, los habitantes de la tierra, aprended justicia! Muy semejante suena la voz de David: Oíd esto, todas las naciones, escuchadlo, habitantes del orbe. Efectivamente, la letra de la ley informó de los primeros rudimentos únicamente al Israel según la carne.

En cambio, nuestro Señor Jesucristo, habiendo lanzado las redes de la mansedumbre, pescó en ella a la totalidad de la tierra situada bajo el cielo. Con razón, pues, aconsejó a los habitantes de la tierra entera, diciendo: Tenéis que aprender la justicia que yo he enseñado, es decir, la justicia evangélica. Y para demostrar que el desacato a sus mandatos no puede quedar impune, añade esta precisión: Destruiste al impío.

Todo el que, en la tierra, no aprende la justicia, no podrá obrar conforme a la verdad. Pues irá a la ruina y a la perdición, siendo prácticamente exterminado, todo el que aceptare el conocimiento de la justicia evangélica y no obrare conforme a la verdad. Nuevamente llama aquí «verdad» al vigor de la vida evangélica y a la adoración y culto en espíritu y en verdad. En efecto, siendo la ley la sombra de los bienes futuros y no la imagen misma de las cosas, no era la verdad.

Por el contrario, Cristo y sus vaticinios pueden muy bien entenderse como justicia y verdad, y creo que podemos decir aquello: Dios ha hecho para nosotros justicia a ese Cristo, que es, además, la verdad. Aprended, pues —dice—, la justicia y la verdad; que es como si dijera: reconoced a aquel que es verdaderamente el Hijo de Dios y el creador y Señor de todas las cosas. Perecerá realmente y será destruido el impío, para que no vea la gloria del Señor.

En casi idénticos términos se dirige Cristo al pueblo judío: Con razón os he dicho que si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados. Y también: El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ahora bien: quien ha sido ya condenado una vez, y no ha muerto a los propios pecados, ¿cómo podrá ver la gloria del Señor? No, no estará con Cristo, ni en modo alguno puede ser partícipe de su gloria, ni le será dado contemplar la herencia de los santos.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, 1: PG 70, 575578)

jueves, 17 de septiembre de 2015

Toda nuestra esperanza está puesta en Cristo

El bienaventurado profeta Jeremías hace alusión a la vida evangélica y a la justicia en Cristo, diciendo a los amantes de la verdad: Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?»; seguidlo, y hallaréis reposo. En efecto, las sendas y los caminos del Señor son las palabras de los santos profetas y la predicación, en sombras y figuras, de la ley de Moisés y del misterio de Cristo.

Así pues, escrutando estas sendas, acabamos por descubrir el buen camino, esto es, la institución de la vida cristiana, siguiendo la cual, encontraremos la verdadera y espiritual purificación de nuestras almas. Por eso dice que la senda del justo es recta.

¿Cómo no va a ser recta y llana, exenta de todo tipo de escabrosidades, si proclamando la palabra de la fe, somos justificados y, mediante el santo bautismo, quedamos amplia y perfectamente purificados? Pero la senda del justo es además recta por otro capítulo. Porque, una vez suprimidos los enemigos, derrocada la tiranía del diablo y superadas todas las dificultades, ¿qué es lo que en lo sucesivo puede obstaculizar o perturbar a los amantes de la piedad?

Pero considera cómo, una vez allanada la senda del justo, haya de procederse a anular los tipos y las figuras. Pues no dice simplemente: En la senda de tus juicios, Señor, es decir, no consiste en la inmolación de novillos, ni en el sacrificio de ovejas, ni en las libaciones o el incienso, sino más bien en el juicio, esto es, en la justicia. Porque la Escritura, redactada por inspiración divina, acostumbra a referirse a la justicia con el nombre de juicio, como hace, por ejemplo, el bienaventurado David: El honor del rey ama el juicio, esto es, la justicia.

Efectivamente, todo reino que ame la justicia goza de honor lo mismo ante Dios que ante los hombres. Por tanto, la senda del Señor es el juicio. Nuevamente introduce llenos de inmenso gozo a quienes han emprendido esta senda: Dice, en efecto: Te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo. Pues toda nuestra esperanza está puesta en Cristo, de quien además nos acordamos continuamente y le deseamos con ardor, pues en él hemos sido salvados.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 3, t 1: PG 70, 571-573)

viernes, 24 de abril de 2015

Cristo entregó su cuerpo para la vida de todos

Por todos muero, dice el Señor, para vivificarlos a todos y redimir con mi carne la carne de todos. En mi muerte morirá la muerte y conmigo resucitará la naturaleza humana de la postración en que había caído.

Con esta finalidad me he hecho semejante a vosotros y he querido nacer de la descendencia de Abrahán para asemejarme en todo a mis hermanos».

San Pablo, al comprender esto, dijo: Los hijos de una misma familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también él; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo.

Si Cristo no se hubiera entregado por nosotros a la muerte, él solo por la redención de todos, nunca hubiera podido ser destituido el que tenía el poder de la muerte, ni hubiera sido posible destruir la muerte, pues él es el único que está por encima de todos.

Por ello se aplica a Cristo aquello que se dice en un lugar del libro de los salmos, donde Cristo aparece ofreciéndose por nosotros a Dios Padre: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo dije: «Aquí estoy».

Cristo fue, pues, crucificado por todos nosotros, para que, habiendo muerto uno por todos, todos tengamos vida en él. Era, en efecto, imposible que la vida muriera o fuera sometida a la corrupción natural. Que Cristo ofreciese su carne por la vida del mundo es algo que deducimos de sus mismas palabras: Padre santo, dijo, guárdalos. Y luego añade: Por ellos me consagro yo.

Cuando dice consagro debe entenderse en el sentido de «me dedico a Dios» y «me ofrezco como hostia inmaculada en olor de suavidad». Pues según la ley se consagraba o llamaba sagrado lo que se ofrecía sobre el altar. Así Cristo entregó su cuerpo por la vida de todos, y a todos nos devolvió la vida. De qué modo lo realizó, intentaré explicarlo, si puedo.

Una vez que la Palabra vivificante hubo tomado carne, restituyó a la carne su propio bien, es decir, le devolvió la vida y, uniéndose a la carne con una unión inefable, la vivificó, dándole parte en su propia vida divina.

Por ello podemos decir que el cuerpo de Cristo da vida a los que participan de él: si los encuentra sujetos a la muerte, aparta la muerte y aleja toda corrupción, pues posee en sí mismo el germen que aniquila toda podredumbre.

Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 4, cap 2: PG 73, 563-566)

domingo, 29 de marzo de 2015

La pasión de Cristo y su preciosa cruz son seguridad y muro inaccesible para quien cree en él

Cristo, a pesar de su naturaleza divina y siendo por derecho igual a Dios Padre, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Realmente su pasión saludable abatió a los principados y triunfó sobre los dominadores del mundo y de este siglo, liberó a todos de la tiranía del diablo y nos recondujo a Dios. Sus cicatrices nos curaron y, cargado con nuestros pecados, subió al leño; y de este modo, mientras él muere, a nosotros se nos mantiene en la vida, y su pasión se ha convertido en nuestra seguridad y muro de defensa. El que nos ha rescatado de la condena de la ley, nos socorre cuando somos tentados. Y para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de la ciudad.

Por eso, repito, la pasión de Cristo, su preciosa cruz y sus manos taladradas se traducen en seguridad, en muro inaccesible e indestructible para quienes creen en él. Por lo cual dice justamente: Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y también: Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Y esto porque precisamente viven a la sombra del Omnipotente, protegidas por la ayuda divina como en una torre fortificada.

Desde el momento, pues, en que Dios Padre nos sostiene casi con sus manos, custodiándonos junto a él, sin permitir que seamos inducidos al mal o que sucumbamos a la malicia de los malvados, ni ser presa de la violencia diabólica, nada nos impide comprender que las murallas de Sión designadas por sus manos, signifiquen a los expertos en el arte espiritual que, poseídos por la gracia, se dan a conocer en el testimonio de la virtud.

En consecuencia, podríamos decir que las murallas de Sión construidas por Dios, son los santos apóstoles y evangelistas, aprobados por su propia palabra, que nunca se equivoca ni se devalúa. Sus nombres están escritos en el cielo y figuran en el libro de la vida. No hemos de maravillarnos si dice que los santos son los baluartes y las murallas de la Iglesia. El mismo es el muro y el baluarte, como una fortaleza.

De igual modo que él es la luz verdadera y, no obstante, dice que ellos son la luz del mundo, así también, siendo él el muro y la seguridad de quienes creen en él, confirió a sus santos esta estupenda dignidad de ser llamados murallas de la Iglesia.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 4: PG 70, 1066-1067)

lunes, 23 de marzo de 2015

Por nuestra salvación, Cristo se hizo obediente al Padre

Esta es la historia de todo lo ocurrido que, consignada en los Libros sagrados, describe, como en un cuadro, el misterio del Salvador, consumado hasta en sus más ínfimos detalles. Es incumbencia nuestra adaptar la luz espléndida de la verdad a los acontecimientos que sucedieron en figura, y explicar con mayor claridad y uno por uno todos los sucesos que hemos propuesto. De esta forma, les resultará más fácil a los creyentes captar claramente el abstruso y recóndito misterio del amor.

Tomó, pues, el bienaventurado Abrahán al muchacho y se fue de prisa al lugar que Dios le había indicado. El muchacho era conducido al sacrificio por su padre, como símbolo y confirmación de que no debe atribuirse al poder humano o a la maldad de los enemigos el hecho de que Jesucristo, nuestro Señor, fuera conducido a la cruz, sino a la voluntad del Padre, el cual permitió —de acuerdo con una decisión previamente pactada— que él sufriese la muerte en beneficio de todos. Es lo que en un momento dado el mismo Jesús dio a entender a Pilato: No tendrías —dijo— ninguna autoridad sobre mí, si no te lo hubieran dado de lo alto; y en otro momento, dirigiéndose a su Padre del cielo, se expresó así: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, y se lo cargó a su hijo Isaac. Igualmente los judíos, sin vencer ni coaccionar el poder de la naturaleza divina que eventualmente les fuera contrario, sino permitiéndolo así el eterno Padre en cumplimiento de un acuerdo anteriormente tomado y al que en cierto modo ellos servían sin saberlo, cargaron la cruz sobre los hombros del Salvador. Como testigo de ello —un testigo ajeno a cualquier sospecha de mentira—, podemos aducir al profeta Isaías, que se expresa de este modo: Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él nuestra iniquidad.

Cuando finalmente el patriarca llegó al sitio que le había dicho Dios, con mucha destreza y arte construyó un altar; sin duda para darnos con esto a entender, que la cruz impuesta a nuestro Salvador y que los hombres tenían por un simple leño, a los ojos del Padre común de la humanidad era considerada como un grandioso y excelso altar, erigido para la salvación del mundo e impregnado del incienso de una víctima santa y purísima.

Por eso Cristo, mientras su cuerpo era flagelado y al mismo tiempo escupido por los atrevidísimos judíos, decía, por el profeta Isaías, estas palabras: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. Pues el Padre es un solo Dios, y Jesucristo, un solo Señor: ¡bendito él por siempre! El cual, desdeñando la ignominia por nuestra salvación, y hecho obediente al Padre, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, para que habiendo el Salvador dado su vida por nosotros y en nuestro lugar, pudiera a su vez resucitarnos de entre los muertos, vivificados por el Espíritu Santo; situarnos en el domicilio celestial, abiertas de par en par las puertas del cielo y colocar en la presencia del Padre y ante sus ojos, aquella naturaleza humana, que desde tiempo inmemorial se le había sustraído huyendo de él por el pecado.

Amados hermanos, que por estas egregias hazañas de nuestro Salvador, prorrumpan las bocas de todos en alabanza, y que todas las lenguas se afanen en componer cantos de alabanza en su honor, haciendo suyo aquel dulcísimo cántico: Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas. Asciende una vez consumada la obra de la salvación humana. Y no sólo sube, sino que: subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombres.

San Cirilo de Alejandría
Homilía pascual 5 (7: PG 77, 495-498)

jueves, 12 de marzo de 2015

Cristo se hizo pontífice misericordioso

Cristo se hizo por nosotros pontífice misericordioso siguiendo poco más o menos el siguiente proceso. La ley promulgada a los israelitas mediante el ministerio de los ángeles, disponía que quienes hubieran incurrido en alguna falta debían satisfacer la pena correspondiente y esto inmediatamente. Lo atestigua el sapientísimo Pablo cuando escribe: Al que viola la ley de Moisés lo ejecutan sin compasión, basándose en dos o tres testigos. Por eso, los que según lo prescrito por la ley, ejercían el ministerio sacerdotal, no ponían ningún interés ni se preocupaban de usar de misericordia con los que habían delinquido por negligencia. En cambio, Cristo se hizo pontífice misericordioso. Y no sólo no exigió de los hombres pena alguna en reparación de los pecados, sino que los justificó a todos por la gracia y la misericordia. Nos hizo además adoradores en espíritu y puso ante nuestros ojos clara y abiertamente la verdad, es decir, aquel módulo de vida honesta, que encontramos meridianamente explanado en el sublime mensaje evangélico.

Y no mostró la verdad condenando las prescripciones mosaicas y subvirtiendo las antiguas tradiciones, sino más bien disipando las sombras de la letra de la ley y conmutando el contenido de las figuras en una adoración y en un culto en espíritu y en verdad. Por eso declaraba expresamente: No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

Por tanto, quien da el paso de las figuras a la realidad, no anula las figuras, sino que las perfecciona. Pasa como con los pintores, quienes al aplicar la variada gama de colores al bosquejo inicial, no lo anulan, sino que lo hacen resaltar con mayor nitidez: algo parecido hizo Cristo perfilando aquellas rudas figuras hasta transmitirles la sutileza de la verdad. Pero Israel no comprendió este misterio, a pesar de que la ley y los profetas lo habían preanunciado de diversas maneras, y no obstante que las innumerables acciones de Cristo, nuestro Salvador, les hubieran podido inducir a creer que, aunque manifestándose como hombre según una singular decisión de la Providencia en favor nuestro, él seguía siendo lo que siempre fue, es decir, Dios.

Por esta razón, realizó cosas que exceden las posibilidades humanas e hizo milagros que sólo Dios puede hacer: resucitó de los sepulcros a muertos que ya olían mal y que presentaban señales de descomposición, dio luz a los ciegos, increpó con autoridad a los espíritus inmundos cual creador de todo; con un simple gesto curó a los leprosos, realizando además, otras muchas maravillas imposibles de enumerar y que superan nuestra capacidad admirativa. Por eso decía: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.

San Cirilo de Alejandría
Homilía pascual 26 (3: PG 77, 926)

miércoles, 11 de marzo de 2015

Cristo se ofreció a sí mismo por nosotros y se sometió espontáneamente a la muerte

La ciudad santa es la Iglesia, cuyos habitantes —a mi modo de ver— son los que van camino de la perfecta santidad alimentados por el pan vivo. También aquel bendito de David se acuerda de esta tan augusta y admirable ciudad, diciendo: ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

Cristo, que es la vida y dador de vida, estableció su morada en nosotros: por eso aleja de los consagrados al exterminador. Pues, una vez instituida aquella sagrada mesa, veladamente significada por la hora de aquella cena, ya no le está permitido vencer. Nos libertó Cristo, prefigurado en la persona de David. Pues al ver que los habitantes del país eran presa de la muerte, se erigió en abogado defensor de nuestra causa, se sometió espontáneamente a la muerte y paró los pies al exterminador afirmando que la culpa era suya. Y no porque él personalmente hubiera cometido pecado alguno, sino porque, como dice la Escritura, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores –aunque personalmente no conoció el pecado–, haciéndose por nosotros un maldito.

Además, Cristo afirma ser más equitativo que sea el pastor y no las ovejas, quien expíe las penas: pues, como buen pastor, él dio la vida por las ovejas. Después, por inspiración divina, el santo David erigió un altar en el mismo sitio en que había visto detenerse el ángel exterminador, y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión. Por la era del jebuseo has de entender la Iglesia: cuando Cristo llegó a ella y finalmente se detuvo, la muerte quedó destruida, y el exterminador retiró aquella mano que antes todo lo arrasaba con la violencia de su furor. La Iglesia es efectivamente la casa de aquella vida, que es vida por su misma naturaleza, es decir, de Cristo.

Decimos que la era de Arauná es la Iglesia, basados en cierta similitud figurativa. En ella, cual gavillas de trigo, se recogen aquellos que, en el campo de las preocupaciones seculares, son segados por los santos segadores, es decir por la predicación de los apóstoles y evangelistas, para ser almacenados en la era celestial y depositados, como trigo ya limpio, en los graneros del Señor, esto es, en aquella celestial Jerusalén; una vez depuestas las inútiles y superfluas no sólo acciones, sino incluso sensaciones del alma, que puedan ser parangonadas con la paja.

Cristo dijo efectivamente a los santos apóstoles: ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna. Y de nuevo: La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

Pienso que apellidó mies espiritual a la muchedumbre de los que habían de creer, y que llamó santos segadores a los que en la mente y en la boca tienen aquella palabra viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos.

Esta era espiritual, es decir, la Iglesia, Cristo la compró por medio kilo de plata, lo cual supone un precio considerable; pues él mismo se dio por ella y en ella erigió un altar. Y siendo al mismo tiempo sacerdote y víctima, se ofreció a sí mismo, a semejanza y en figura de los bueyes de la trilla, convirtiéndose en holocausto y sacrificio de comunión.

San Cirilo de Alejandría
Sobre la adoración en espíritu y en verdad (Lib 3: PG 68, 290-291)

martes, 10 de marzo de 2015

Cristo, pontífice y mediador

Cristo intercede por nosotros como hombre de Dios y reconciliador y mediador de los hombres. El es realmente nuestro sumo y santísimo pontífice que, ofreciéndose por nosotros, aplaca con sus súplicas el ánimo de su Progenitor. El es, en efecto, víctima y sacerdote, él es el mediador y el sacrificio inmaculado, el verdadero cordero que quita el pecado del mundo.

Un cierto tipo y sombra de la mediación de Cristo manifestada en los últimos tiempos, fue aquella antigua mediación de Moisés; y el pontífice de la ley prefiguró al pontífice que estaba por encima de la ley. Los preceptos legales son efectivamente sombras de la verdad. Por eso, el hombre de Dios, Moisés, y con él, el venerable Aarón, fueron los eternos mediadores entre Dios y la asamblea del pueblo, unas veces aplacando la ira de Dios provocada por los pecados de los israelitas e implorando la suprema bondad sobre aquellos corazones arrepentidos; otras veces haciendo votos, bendiciendo, y ofreciendo los sacrificios legales y las ofrendas por el pecado según ordena la ley; otras, finalmente, presentando acciones de gracias por los beneficios recibidos de Dios.

Cristo, que en los últimos tiempos brilló como pontífice y mediador, superando tipos y figuras, ruega ciertamente por nosotros como hombre, pero derrama su bondad sobre nosotros juntamente con Dios Padre en cuanto Dios, distribuyendo sus dones a los que son dignos. Es lo que abiertamente nos enseña Pablo, al decir: Os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Así pues, quien ruega como hombre, es el mismo que distribuye dones como Dios. Siendo como es pontífice santo, inocente y sin mancha, se ofrece a sí mismo no por su propia fragilidad —como ordena la ley a los sacerdotes—, sino por la salvación de nuestras almas. Hecho esto una sola vez por nuestros pecados aboga por nosotros ante el Padre. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. Es decir, por todos los que, por medio de la ley, iban a ser llamados a la justicia y a la santificación procedentes de toda nación y raza.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 11, cap 8: PG 74, 506-507)

martes, 3 de marzo de 2015

Después de Moisés y la ley, Cristo se ha hecho nuestro guía

En el antiguo Testamento hallamos perfectamente prefigurado de muchas maneras el misterio de Cristo y, en cierto modo se nos describe la Pasión del Salvador, por la que hemos sido liberados de todo el mal que pudiera perturbarnos y que nos había arrojado a una irremediable miseria. La disposición relativa a la condonación, en el año séptimo, de las deudas prefiguraba el tiempo de la remisión universal; e incluso el hecho de que el castigo de los azotes no debía rebasar los cuarenta golpes, nos está indicando el tan anhelado tiempo de la salvación operada por aquel Hijo unigénito después que hubo asumido la carne, tiempo en que sus cicatrices nos curaron. El fue triturado por nuestros crímenes cuando los israelitas lo cubrieron de insultos y Pilato lo hizo flagelar, mientras nosotros éramos liberados de las penas y del suplicio.

Hubo efectivamente un tiempo en que los golpes de flagelo infligidos al pecador eran muchos, pero Cristo fue flagelado por nosotros: como murió por todos, también por todos fue flagelado, habiéndose puesto en lugar de todos.

Pero la ley no permite que se exceda el número de cuarenta golpes, porque hasta la venida de Cristo los suplicios no debían rebasar la medida: en cierto modo les pone coto y, al mismo tiempo, preanuncia el tiempo de la remisión. Las figuras contienen, de hecho, en germen la belleza de la verdad.

Es también interesante notar que Israel, por haber ofendido a Dios, vagó cuarenta años por el desierto: Dios había jurado no introducirlos en la tierra prometida; pero transcurrido este tiempo su ira se aplacó, y sus hijos pasaron el Jordán y entraron en aquella tierra, porque su indignación no superó los cuarenta años.

Así pues, fue clara figura de todo esto el hecho de que algunos recibieran hasta cuarenta azotes, ya que a este número estaba condicionado el tiempo de la remisión, recordándonos el místico tránsito del Jordán y también aquellos cuchillos de piedra, es decir, la circuncisión espiritual, y asimismo aquella soberana potestad de Jesús. Porque, después de Moisés y la ley, Cristo se ha hecho nuestro guía.

San Cirilo de Alejandría
Sobre la adoración en espíritu y en verdad (Lib 8: PC 68, 574-575)

domingo, 1 de marzo de 2015

Hablaban de la muerte que Jesús iba a consumar en Jerusalén

Jesús subió a una montaña con sus tres discípulos preferidos. Allí se transfiguró en un resplandor tan extraordinario y divino, que su vestido parecía hecho de luz. Se les aparecieron también Moisés y Elías conversando con Jesús: hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén, o sea, del misterio de aquella salvación que había de operarse mediante su cuerpo, de aquella pasión —repito—que habría de consumarse en la cruz. Pues la verdad es que la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo: las losas de la ley lo describían como en imagen y veladamente; los profetas, en cambio, lo predicaron en distintas ocasiones y de muchas maneras, diciendo que en el momento oportuno aparecería en forma humana y aceptaría morir en la cruz por la salvación y la vida de todos.

Y el hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí. En efecto, no disuenan de la ley los vaticinios de los profetas: y, a mi modo de ver, de esto hablaban Moisés y Elias, el más grande de los profetas.

Habiéndose aparecido, no se mantuvieron en silencio, sino que hablaban de la gloria que el mismo Jesús iba a consumar en Jerusalén, a saber, de la pasión y de la cruz y, en ellas, vislumbraban también la resurrección. Pensando quizá el bienaventurado Pedro que había llegado el tiempo del reinado de Dios, gustoso se quedaría a vivir en la montaña; de hecho, y sin saber lo que decía, propone la construcción de tres chozas. Pero aún no había llegado el fin de los tiempos, ni en la presente vida entrarán los santos a participar de la esperanza a ellos prometida. Dice, en efecto, Pablo: El trasformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, es decir, de la condición gloriosa de Cristo.

Ahora bien, estando estos planes todavía en sus comienzos, sin haber llegado aún a su culminación, sería una incongruencia que Cristo, que por amor había venido al mundo, abandonase el proyecto de padecer voluntariamente por él. Conservó, pues, aquella naturaleza infraceleste, con la que padeció la muerte según la carne y la borró por su resurrección de entre los muertos.

Por lo demás y al margen de este admirable y arcano espectáculo de la gloria de Cristo, ocurrió además otro hecho útil y necesario para consolidar la fe en Cristo, no sólo de los discípulos, sino también de nosotros mismos. Allí, en lo alto, resonó efectivamente la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

San Cirilo de Alejandría
Homilía 9 en la transfiguración del Señor (PG 77, 1011-1014)

viernes, 30 de enero de 2015

Se nos llama cristianos o pueblo de Dios

Desde oriente traeré a tu estirpe, desde occidente te reuniré. Promete a la Sinagoga o a la Iglesia formada de paganos y judíos, reunir a todos desde oriente a occidente, es decir, de todos los climas y lugares geográficos.

Cuando habla de hijos e hijas que corren desde los cuatro puntos cardinales, alude al tiempo de la venida de Cristo, tiempo en que se dio a todos los habitantes de la tierra la gracia de la adopción por medio de la santificación en el Espíritu. Al decir: A todos los que llevan mi nombre, da a entender que la vocación no es privativa de una nación, sino común: la misma para todos. Pues se nos llama cristianos o pueblo de Dios. También Pedro, en la carta dirigida a los llamados por la fe, se expresa de esta manera: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Antes erais «No pueblo», ahora sois «pueblo de Dios».

Hemos sido efectivamente renovados en Cristo por la santificación, recuperando el esplendor originario de la naturaleza, a saber, la imagen del que nos creó por él y en él: renunciando al pecado y a la inveterada corrupción, se nos enseña a reiniciar una vida nueva; nos despojamos del hombre viejo corrompido por las seducciones del error, y nos revestimos del hombre nuevo, renovado a imagen del que nos creó. Además, este renacimiento o, como suele decirse, esta nueva criatura, se ha efectuado en Cristo; por tanto la hemos recibido no de una estirpe corrupta, sino en virtud de la palabra del Dios que vive y permanece.

Así pues, este pueblo reunido de los cuatro puntos cardinales y llamado por mi nombre, no lo ha creado, plasmado y ejecutado otro que yo para mi gloria. Y el Hijo puede muy bien ser llamado gloria de Dios Padre, pues por él y en él es glorificado, según aquello: Yo te he glorificado sobre la tierra, idea que Cristo desarrolla ampliamente. Que los que en él creemos hemos sido plasmados por él lo sabemos con mayor certeza al sentirnos conformados a él y palpar, resplandeciente en nuestras almas, la belleza de la naturaleza divina.

Algo por el estilo dijo también el salmista: Quede esto escrito para la generación futura, y el pueblo que será creado alabará al Señor. Y cuando poco después añade: Sacad al pueblo ciego, revela maravillosamente la prestancia inexpresable y maravillosa de su poder. Ya en otro tiempo irradió como estrella mañanera sobre aquellos, cuyas mentes y corazones estaban envueltos en la tiniebla de la diabólica perversidad y en el error, y surgiendo para ellos cual sol de justicia, los hizo hijos no ya de la noche y las tinieblas, sino de la luz y del día, según la sapientísima expresión de Pablo.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el libro del profeta Isaías (Lib 4, or 1: PG 70, 890-891)

martes, 27 de enero de 2015

Son peregrinos y extranjeros en la tierra quienes viven una vida celestial

Está escrito en el libro de Moisés que Abrahán creyó en Dios y la fe se le contó en su haber y fue llamado amigo de Dios. ¿Cuál fue la razón de su fe y por qué fue llamado amigo de Dios? Se le dijo: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Y cuando le fue ordenado inmolar a su unigénito como figura de Cristo, le fue revelado el secreto designio de Dios. Justamente dijo el Salvador hablando de él a los judíos: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Así pues, a causa de su obediencia y de su sacrificio, el hombre de Dios Abrahán fue llamado amigo de Dios y fue ceñido de la gloria de la justicia. Y no sólo eso, sino que honrado con el privilegio de hablar con Dios, le fueron revelados los planes de Dios que habrían de realizarse en la plenitud de los tiempos.

Y fue precisamente en la plenitud de los siglos cuando Cristo, la víctima santa y verdaderamente sagrada que quita el pecado del mundo, murió por nosotros. Pero hazme caso, por favor, y observa cómo las mismas cosas se realizan en plenitud también en aquellos que son sublimados a la amistad de nuestro Salvador Jesucristo. También ellos escucharon: Sal de tu tierra. Orden que cumplieron tan esforzadamente como puedes deducir de sus palabras: No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura, cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios. Pues son peregrinos y extranjeros en la tierra quienes viven una vida celestial y, unidos a Dios con los vínculos del afecto y del interés sobrenatural, abandonan la tierra trabajados por el deseo de la suprema mansión. Es la mansión que les muestra el Salvador cuando dice: Me voy a prepararos sitio; y cuando vuelva os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Escucharon que era necesario salir de la casa paterna.

¿Pero cómo podremos demostrarlo? Aduciré como testigo al mismo Cristo: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. No cabe duda de que la amistad de Dios es muy superior a la amistad terrena y a la más allegada parentela y, para los que le aman, el amor de Cristo es más fuerte que cualquier otro amor. Y al bienaventurado Abrahán le fue ordenado ofrecer su hijo como holocausto de suave olor, mientras que a éstos se les ordena que, ceñidos de la justicia y de la fe, se ofrezcan a sí mismos y no a otros. Os exhorto —dice— a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. También se escribió de ellos: Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y deseos.

Además, también ellos comprendieron el misterio de Cristo. Pues saben que, a cambio de su amor a Cristo y como premio a sus trabajos se les galardonará con las prerrogativas del siglo futuro y con la gloria de la vida eterna. Y así, lo mismo que Abrahán, serán tenidos por justos y llamados amigos de Dios.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 386-387)

sábado, 10 de enero de 2015

Efusión del Espíritu Santo sobre toda carne

Cuando el Creador del universo decidió restaurar todas las cosas en Cristo, dentro del más maravilloso orden, y devolver a su anterior estado la naturaleza del hombre, prometió que, al mismo tiempo que los restantes bienes, le otorgaría también ampliamente el Espíritu Santo, ya que de otro modo no podría verse reintegrado a la pacífica y estable posesión de aquellos bienes.

Determinó, por tanto, el tiempo en que el Espíritu Santo habría de descender hasta nosotros, a saber, el del advenimiento de Cristo, y lo prometió al decir: En aquellos días —se refiere a los del Salvador— derramaré mi Espíritu sobre toda carne.

Y cuando el tiempo de tan gran munificencia y libertad produjo para todos al Unigénito encarnado en el mundo, como hombre nacido de mujer —de acuerdo con la divina Escritura—, Dios Padre otorgó a su vez el Espíritu, y Cristo, como primicia de la naturaleza renovada, fue el primero que lo recibió. Y esto fue lo que atestiguó Juan Bautista cuando dijo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo y se posó sobre él.

Decimos que Cristo, por su parte, recibió el Espíritu, en cuanto se había hecho hombre, y en cuanto convenía que el hombre lo recibiera; y, aunque es el Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia, incluso antes de la encarnación —más aún, antes de todos los siglos—, no se da por ofendido de que el Padre le diga, después que se hizo hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.

Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos.

De manera que el Hijo unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo —pues es suyo, habita en él, y por su medio se comunica, como ya dijimos antes—, sino para instaurar y restituir a su integridad a la naturaleza entera, ya que, al haberse hecho hombre, la poseía en su totalidad. Puede, por tanto, entenderse —si es que queremos usar nuestra recta razón, así como los testimonios de la Escritura— que Cristo no recibió el Espíritu para sí, sino más bien para nosotros en sí mismo: pues por su medio nos vienen todos los bienes.

San Cirilo de Alejandría
Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 2, cap 2: PG 73, 751-754)